"¡Prohibida la Entrada!" La entrada en la psicología y el estilo del discurso psicológico. El "quién" del discurso psicológico

Por Wolfgang Giegerich.
Fragmento tomado del capítulo 1 de "La Vida Lógica del Alma", 1998.

Traducción de Enrique Eskenazi y Alejandro Bica.

...

En una parábola de Kafka llamada “Ante la Ley” un hombre del campo llega hasta un guardián que está de pie ante la ley y le pide que le deje entrar. Pero el guardián le dice que por ahora no se le puede dejar entrar. El texto nos cuenta que el hombre del campo no había esperado tales dificultades; había pensado que después de todo, la ley debería ser siempre accesible para todos. – En la ópera de Mozart La Flauta Mágica, Tamino se acerca a la puerta del Templo de la Sabiduría sólo para ser recibido por voces que le dicen “¡Retroceded!”. – Se nos cuenta que sobre la entrada a la Academia de Platón había una inscripción que decía ... “¡Prohibida la entrada si no se es matemático!” o, de manera más generalizada, “¡No se admite personal que no esté cualificado!”, “¡Personal no cualificado mantenerse fuera!”.

En los tres casos, el recién llegado no llega como intruso, con malas intensiones o con actitudes inapropiadas. Está motivado por el idealismo. Quiere adquirir lo que las instituciones a las que ha llegado precisamente pueden ofrecer, es decir, rectitud y sabiduría. Pero su idealismo no es recibido con los brazos abiertos. Se ve ofendido, frustrado. Hay una violenta denegación. No hay elogios para una intención noble, no hay ningún intento de utilizar su ansia y de incrementar sus motivaciones. No hay promesas de enseñanzas gratuitas ni de puestos de trabajo más adelante.

Sabemos de reacciones similares de los maestros Zen o de los grandes maestros artesanos en el Asia Oriental con los novatos que llegan para aprender de ellos. El primer encuentro siempre tiene el carácter de un “¡No!”. De manera semejante, los templos de Asia encuentran al visitante con terribles imágenes de guardianes, a menudo bajo la forma de demonios amenazantes. Entrar en el templo requiere que uno venza la herida narcisista que implica tal resentimiento de las propias piadosas intenciones. En todos estos casos, como podría decirse, uno se encuentra con una política de disuasión; hay un límite; hay obstáculos que se levantan. Jung, también tuvo esta política, cuando en una carta escribió: “Mi intención era escribir de tal manera que los tontos se asustaran y sólo los verdaderos estudiosos pudieran disfrutar con la lectura” (C. G. Jung, Cartas I, p. 425, para Wilfrid Lay, 20 de Abril de 1946.). Curiosamente nos encontramos con ideas similares en la Biblia. Una de las ideas cristianas que corresponde al umbral o al obstáculo es la del pasillo angosto (“Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja...”). Otra historia, la parábola de la boda real, muestra que a los que entran no se les permite entrar como la gente común que siempre fueron, sino que tenían que pasar por un cambio radical: “Y cuándo el rey llegó a ver a los huéspedes, vio que había un hombre que no se había vestido para la boda”, en otras palabras, todavía llevaba sus ropas de calles. “Y el Rey dijo a sus servidores, Atadlo de pies y manos, y llevároslo lejos de aquí, y arrojadlo en la más profunda oscuridad exterior; allí llorará y crujirán sus dientes”. (Mateo. 22,11-14.)

La psicología conoce como imágenes arquetipales los motivos del umbral, del guardián, de las rocas de Escila y Caribdis, sobre iniciación, etc. en otras palabras, los conoce como contenidos de su reflexión. Pero en su propio estilo intelectual, trata de hacerlos accesibles a todo el mundo, tal como llegan de la calle, vestidos con sus conciencias viejas, vulgares, de todos los días. Nada en el modo en que la psicología habla y piensa indica que uno tenga que volverse radicalmente distinto, ni que tenga que cambiar sus “vestiduras”. Por así decirlo, no hay ningún umbral a ser cruzado con riesgo de perder la vida. No hay ninguna muerte que morir antes de entrar en la psicología. (Con los variados procedimientos y admisión para nuevos candidatos para formarse en psicoanálisis -y también con los exámenes de ingreso de las universidades- la idea del umbral es meramente representada compulsivamente. No son más que una barrera literal empírica.) Aún incluso cuando se hable mucho de transformación y cambio, en realidad sobre iniciación, de muerte y submundo, la psicología misma y tal como ésta habla y escribe sobre éstos y otros temas, apoya la continuidad ininterrumpida del antiguo ego. No hay ninguna barrera lógica fundamental en su propio estilo de pensamiento que equivaliera a un “¡Fuera de aquí!” o “¡Retroceded!”. La literatura psicológica quiere promulgar los conocimientos obtenidos, quiere conseguir tanta audiencia como le sea posible.

...

El “quién” del discurso psicológico.

La parábola del Nuevo Testamento de la boda real es particularmente útil de dos maneras. Primero, porque centrándose en las vestiduras nos ayuda a cambiar nuestras ideas interpersonales sobre el rechazo inicial de los recién llegados a una comprensión intrapersonal. Aquí no hay gente privilegiada ni no privilegiada. La selección no se dirige a la persona particular, sino a la “vestidura” de todos los días que lleva. En principio, todos son igualmente elegibles o no elegibles. La línea divisoria entre elegibilidad y no elegibilidad corre dentro de cada individuo; es una división ya psicologizada. El criterio es si se ha roto o no se ha roto radicalmente con su antigua identidad. El único requerimiento es que haya una ruptura en la propia identidad. Aquél que quiere ser admitido tiene que haber dejado fuera su antigua identidad y tiene que entrar con o como una identidad nueva. No: A mí no se me permite entrar a dónde los demás están, sino: mi yo ordinario con sus ropas de calle no puede entrar, mientras que alguna otra parte de mi personalidad (hasta ahora probablemente desconocida para mi) sí puede entrar.

De modo que la cuestión se reduce a “¿quién en mi es aceptado para hacer psicología?” y “¿quién en cada miembro del publico de una lección o de una conferencia ha de ser al que se dirige la psicología?” Tenemos al menos tres distinciones tradicionales diferentes que podemos usar para ponerles un nombre a las distintas personalidades en nosotros. Una es la distinción de Jung entre el ego (o la ego-personlidad) y el Self (en el sentido estricto junguiano); otra es la distinción entre el yo empírico y el alma; una tercera, para la cual Hillman ha hecho un caso muy fuerte recientemente, es la distinción entre la personalidad egoica y la semilla interior, o el daimon o el genio (James Hillman, El Código del Alma, 1996.). Para nuestros propósitos no es necesario entrar en las diferencias que hay entre Self, alma, daimon y genio. Tampoco tenemos que tomar las teorías específicas que subyacen a estos conceptos. Todo lo que se necesita aquí es tener la visión de que hay una idea de una duplicidad fundamental de personalidad o de subjetividad en la psicología y que esto nos obliga a plantear las siguientes preguntas, ¿quién ha de ser el sujeto en la persona que hace psicología (y que escribe o habla en este campo)? y ¿a quién se le ha de dirigir en cada miembro del público?

La respuesta es obvia. La persona que hace psicología tiene que ser la nueva o la otra personalidad. El daimon, el Self, el alma: ellos son los únicos que pueden producir una psicología que merezca ese nombre. Tienes que haberte puesto tu traje de bodas. Simplemente no tendrá sentido permitir que la ego personalidad desarrolle una “psicología”. No tendría sentido tener una psicología producida por el ego, que le dice a la gente que ellos “deberían” desarrollar su Self, porque no hay puente que conduzca del ego al Self. El ego puede en el mejor de los casos, sólo predicar la individuación (volverse Self), y sabemos cuán desvalida es la prédica. Predicar transporta continuamente, y restablece otra vez, el mismo golfo que pide ser vencido. Si quieres desarrollar tu Self, tienes que haber cruzado el umbral; tienes que haber dejado detrás al ego (no en todo los aspectos, por supuesto, pero al menos en el punto en que quieres desarrollar el Self) y tienes que haber permitido que el Self tome las riendas (¡nótese el pretérito perfecto!). El Self es real sólo en el punto en que el ego ha sido negado, vencido; uno podría incluso decir que sólo existe como una realidad “sobre el cuerpo muerto del ego”.

Por lo mismo, no hace sentido hablar sobre el daimon mientras uno dirige los propios pensamientos acerca del daimon a la ego personalidad de la audiencia y trata de persuadir a que este ego “compre” la teoría del daimon. El ego puede “comprar” todo tipo de teorías, pero psicológicamente esto no hace ninguna diferencia. Una ego personalidad que cree y que disfruta en la teoría del “genius interior” permanece tan ego personalidad tanto como si se la vende a la “psicología del ego” o a cualquier otra de la variedad de sistemas de creencias psicológicas. No es suficiente defender las ideas correctas (el Self, el alma, el daimon, o, en otros casos, los derechos humanos, el cristianismo, la democracia, o lo que sea) y rechazar las ideas erradas (racismo, fascismo, psicología del ego, etc.). Esto es demasiado barato. Lo que es mucho más importante es si el estilo de tu lenguaje psicológico al hablar del Self, (por mencionar sólo esto) pone en juego el mismo Self que estás defendiendo, y si pide de los lectores o de los oyentes que ya estén leyendo, o escuchando, oír hablar del texto como el Self que ellos son. Para que el daimon tenga alguna oportunidad, es inevitable que haya un corte doloroso. Tu manera de hablar o de escribir tiene que confrontar a la audiencia con la experiencia del no-ego (por ejemplo, en el sentido de “no tú como has sido hasta ahora”); tiene que imponer en la audiencia la herida narcisista de que a ti no te importa lo que ellos piensan y que no les estás hablando a ellos, sino a su Otro en ellos.

La segunda ayuda la provee la parábola de la boda real que hace obviamente evidente el momento de violencia que las otras imágenes o ideas (el límite pasivo o estático, el guardián más bien amable de Kafka, etc.) no llegan a expresar tan claramente. El visitante de esta historia será “arrojado en la oscuridad exterior” dónde abran “llantos y crujido de dientes”. ¡Qué castigo tan extremo! Uno esperaría que éste sería el castigo para un crimen terrible. Pero no hay ningún crimen real que se haya cometido. Lo más que uno podría decir es que ese hombre cometió una falta de etiqueta, el no haberse vestido con la ropa adecuada. Pero el hecho de que en esta historia el intento de entrar sin haberse cambiado se castigue como si fuera un crimen terrible, muestra que el ingreso exige un cambio completo. ¡Y el castigo de la violenta expulsión a la “oscuridad exterior” muestra lo que está en juego! La violencia del castigo, a la cual el hombre de nuestra historia omitió pasar, hecha luz sobre la violencia de la discontinuidad o división a la que tiene que someterse cualquiera que pretenda entrar. Entrar no se puede hacer sin alguna violencia: o bien tiene que haber un cambio radical en la propia identidad, o bien la violencia literal de un castigo. Entrar, es lo que aprendemos de la parábola bíblica, no es una simple transición, una evolución o desarrollo, no es un crecimiento lento en algo mejor o en algo más, ni es una expansión más armoniosa del yo habitual.

La entrada es una transgresión. Y paradójicamente, el crimen del hombre fue que realmente no hizo la transgresión, no fue lo suficientemente transgresor. Solo empujó su cuerpo más allá del límite, sin que este movimiento exterior hiciera alguna diferencia para él y le llevara de verdad (psicológicamente, lógicamente) más allá del límite. Fue tan solo una farsa transgresión.

En las historias que he citado al comienzo, los buscadores idealistas fueron rechazados. En la historia del Nuevo Testamento una persona astuta quería tener los beneficios del entrar sin tener que pagar el precio existencial requerido y fue castigado por ello. Hay otra parábola famosa sobre el problema del entrar. Sin embargo, en este caso se trata de personas que de ninguna manera tratan de llegar a ningún lugar y que no quieren dejar la condición familiar en la que se encuentran y que por lo tanto tienen que ser arrancadas y literalmente ser “dadas vuelta” 180 grados por una fuerza violenta. Me estoy refiriendo a la Parábola de la Caverna de Platón. Platón quiere mostrar que la educación, específicamente la entrada desde la conciencia común a la consciencia (no psicológica, sino) filosófica, requiere de una violenta revolución, un cambio total de orientación, que se conoce con una resistencia feroz literal por parte de la conciencia convencional. Una vez más: no es una simple transición, no es una continuidad, no es un crecimiento armonioso, no es una edificación o un añadido gradual. Y de nuevo una vez más: la conexión de un momento determinado de violencia con el entrar.

Uno puede revisar todas estas historias e imágenes respecto a cual de ellas revela más de cerca la realidad de la psicología. Pienso que ésta es la parábola de la boda real. A la psicología le gusta festejar todo tipo de ideas hermosas, el alma, el Self, la individuación y la totalidad, la creatividad, el crecimiento personal, el anima mundi, los Dioses en cada hombre y en cada mujer y el divino encantamiento de la vida cotidiana –pero no quiere pagar el precio. Niega rotundamente que haya que pagar una entrada. Ha encontrado un modo de colarse y espera pasar de esta manera. La psicología confraterniza con la personalidad común del público. Sin tomar en cuenta la sofisticación de estas ideas y visiones, esto es lo que inevitablemente la transforma en psicología pop. Un poco como la televisión, que arroja sus imágenes a la persona que esta sentada, instalada cómodamente en sus zapatillas y ropas de entre casa frente al TV, la psicología quiere enseñar, conmover emocionalmente, persuadir, consolar, conquistar al ego habitual. No hay necesidad de un cambio de ropas. Si uno entiende por “mensaje” no lo que se está predicando explícitamente, sino lo que el propio estilo y la conducta actual están implicando, malgré del mensaje preciado, entonces hoy, el mensaje de la psicología parece ser, igual que el de la televisión, en el que puedes permanecer con tus ropas de entre casa, en tu mentalidad de sentido-común, y sólo tienes que mirar todas las imágenes psicológicas e ideas (que pueden ser ideas acerca de la iniciación, la transformación, la individuación, etc.), la literatura psicológica que hay por ahí y tus sueños, y las visiones que se presentan dentro de ti. Pero realmente no tienes que llegar allí. No tienes que sufrir la experiencia de una división en ti mismo, de tu no identidad contigo mismo. La psicología confirma y estabiliza la auto-identidad convencional. Ello (a menudo y sin advertirlo) fortalece la poderosa necesidad de auto-preservación que tiene el ego.

Pero como Jung sabía, de un modo u otro tienes que pagar el precio. Y de hecho, tal como en la parábola de Mateo, ¿acaso la psicología no ha estado ya desde hace tiempo en el estado de verse atada de pies y manos y arrojada en la oscuridad exterior? ¿Acaso la oscuridad exterior no consiste en el hecho de que la psicología toma como real todos los mitos e ideas hermosas que ha puesto ante sí como si fueran proyectos fantasmas, o imágenes de televisión, o sombras en la caverna platónica, no siendo capaz de ver a través de su condición de televisión?

El alquimista sabía del opus contra naturam, sobre la disolución de la unio naturalis. En tanto que siga a la alquimia, la psicología enseña estas ideas, pero en cambio se aferra a la unio naturalis. En general, usualmente la psicología quiere que seamos naturales, espontáneos. Hace pocos años, como resultado del culto de la espontaneidad de la psicología, y de la sociedad, muchas personas sintieron que debían ir a la ópera en sus antiguos pantalones vaqueros y camisetas gastadas, a fin de demostrar (lo cual después de todo no es tan espontáneo) que querían entrar en el teatro de la ópera como personas de la vida cotidiana que “naturalmente” eran, y que no querían, como dice la parábola bíblica, cambiarse ni ponerse ninguna “vestidura de bodas”. ¿Y qué hay del extendido deseo, incluso entre las escuelas de psicología analítica de situarse como otra “ciencia”, que es una fraternización con el ego y su mentalidad de sentido común, que no es sino una insistencia en la no ruptura, en que tampoco debe romperse la continuidad de la “conciencia natural”?

La psicología enseña acerca del Self y del daimon interior, pero no quiere realmente llegar allí. Y acaso enseña tales ideas para no tener realmente que llegar allí, y sin embargo se puede sentir orgullosa de apoyar las ideas correctas. En el mismo sentido Jung una vez dijo que la iglesia “sirve como una fortaleza para protegernos en contra de Dios y de su Espíritu” (C. G. Jung, CW 18, § 1534) de modo que uno tendría que considerar la posibilidad de que las enseñanzas de la psicología tengan la función secreta de excusarnos de habernos vuelto (¡pretérito perfecto!) y de tener que ser aquello de lo que hablan estas enseñanzas. Enseñar y predicar por un lado, y mirar, expiar, creer y abandonarse en estas enseñanzas, por otro lado, son una excusa, para una transgresión real del otro lado. La psicología del Self, del alma, del daimon, es un enorme mecanismo de defensa contra el alma, contra el Self, contra el daimon.

En alemán hay un dicho que dice, “von nichts kommt nichts” (si comienzas con nada, el resultado será nada). Una verdadera psicología del Self tiene que comenzar desde el Self consumado, de otra manera no puede haber Self-desarrollo. El Self tiene que estar allí desde el comienzo, es decir, antes del intento de realizar el Self, si es que el Self ha de ser realizado en absoluto. Esto es una obvia contradicción. Pero es justamente de esta contradicción de lo que trata el problema de la entrada. La transgresión contra el límite no es otra cosa sino este hysteron proteron, esta inversión “enloquecida” del orden del tiempo: lo que es más ‘tarde’ (hysteron) en el tiempo (en este caso la realización o el encuentro del Self) tiene que ser proteron, ‘anterior’, ‘previo’; ésta tiene que ser la pre-condición de una búsqueda del Self. Tienes que estar allí si quieres llegar allí. Tienes que haber llegado antes de ponerte en marcha en el camino que ha de llevarte a dónde quieres llegar. En esta cuestión de “hysteron proteron” arde todo el tema de la realidad (actualidad) o la irrealidad de la obra psicológica. Sin ello, uno se condena a una posición donde uno sólo puede espiar a través de la puerta, mirando las imágenes, enseñando el mensaje de lo que hay más allá, pero nunca llegar al otro lado del umbral.

Ahora entendemos mejor por qué hay un momento de violencia en nuestras historias de ingreso. La violencia no es la expresión de una especial maldad, de una inclinación por la crueldad y por un placer sádico en herir o castigar a otros. Nada de eso. Es simplemente la imagen (la representación pictórica) de lo que realmente es la contradicción lógica, o la dialéctica, del “ingreso real”. El ingreso real no puede ser imaginado en términos de un movimiento gradual de avance en el espacio. La verdadera transgresión no puede ser comprendida si meramente se la imagina en términos de pasar a través de una línea. Se requiere algo mucho más violento: la completa inversión del mundo (compare el “Mundo Invertido” de Hegel. [ver también: El “mundo al revés” en Hegel y Heidegger, por Raúl Gabás Pallás]), la reversión radical de la secuencia natural de principio y final o de causa y efecto. Por eso no es suficiente que los mitos y los cuentos arquetípicos presenten el problema de la entrada meramente en la forma de un portal o de un límite. También tiene que haber un guardián lanzando al recién llegado su implacable “¡No se puede entrar!”. O tiene que haber un cambio de ropas, o una total reversión en la propia orientación. La imaginación tiene que traducir la contradicción lógica en conducta empírica. El “¡No!” del guardián, que le lanza el idealismo del buscador de vuelta a sí mismo es un intento de representar pictóricamente la necesidad del hysteron proteron, cuando el buscador todavía está atrapado en la lógica cotidiana según la cual el idealismo de la búsqueda como proteron debería ser recompensado con un hallazgo como hysteron. El “¡No!” le dice al recién llegado que sólo puede dejar de buscar, una vez que sea capaz de proceder su búsqueda en la base de un encuentro logrado.

También podemos ver por qué está justificada mi afirmación de que la psicología “no quiere realmente llegar hasta allí”. Si quisiere llegar allí, el momento de violencia tendría que mostrarse en el estilo de hablar mismo de la psicología. Pero la psicología evita la violencia. No quiere herir los sentimientos de la gente. No quiere dividir, no quiere ser el límite ni el guardián que dice, “¡No se puede entrar!”. Prefiere persuadir (“endulzar”), “vender” sus ideas, expresarse de tal modo que la gente pueda aceptarla tal como es y también de tal manera que la psicología llegue tal como es. En una psicología que realmente representa lo que dice, la forma de hablar y de escribir tendrían que ser tales que sus afirmaciones tendrían que ser ellas mismas el filo cortante de una espada o una especie de continuo Juicio Final, dividiendo dentro de cada lector o de cada oyente (y por supuesto también dentro del orador) el daimon del ego y asignando al primero el lugar después del umbral y al último el lugar anterior.

La negación del ego no ha de ser confundida con una subversión simple, no dialéctica, en la cual el hombre moderno suele deleitarse. Ser el filo de la espada o tener que asentarse en el mismo límite implica estar a la vez en el otro lado del umbral. De lo que estoy hablando es de la negación realizada. “Realizada” se refiere, en primer lugar, al pretérito perfecto, que ya ha tomado lugar la negación del yo natural, y en segundo lugar se refiere a la perfección o terminación de la negación, es decir, a una negación que va hasta el final del camino y que por lo tanto ni siquiera se detiene en la negación de sí misma (en el sentido de una “negación de la negación” [Hegel]). Haber hecho todo el camino hasta el final, quiere decir, no permanecer atrapado en este lado del límite en un interminable pero impotente acto de subversión, sino, volverse verdadera negatividad, haber pasado verdaderamente a través del guardián y su “¡No se puede entrar!”. Por el contrario, el tipo de subversión que hoy muchos círculos aclaman no es más que un tipo de “identificación con el agresor”, es decir, un continuo demorar el encuentro con el guardián. Aplican el “¡No!” del guardián a todos los valores tradicionales que han tenido hasta el momento, en lugar de elevarse al desafío de volver este “¡No!” contra sí mismos exponiéndose implacablemente a él, es decir, pasando verdaderamente a través del “¡No!”, a fin de que éste pueda permearlos por todos lados. Ésta sería la verdadera transgresión a través del umbral, así como la verdadera negación (despedida) de la afirmación habitual. ¡El mismo “¡No!” es la puerta, es la entrada!

La forma en que he redactado algunas de mis últimas declaraciones necesita ser modificada. Voy a hacer ésto discutiendo cuatro ilusiones que normalmente tenemos. La primera ilusión fue cuando dije que “ellos” debieran exponerse implacablemente al “¡No!”. Esta es la falacia personalista. La ilusión es que “ellos” o “nosotros” como personas tendríamos que pasar por la puerta. Pero es nuestra psicología la que ha de pasar a través, para poder acceder finalmente a la tierra del alma y para volverse así verdadera psicología. (Hay solo un modo en que nosotros pudiéramos entrar en la tierra del alma, y esto sería nuestra muerte [literal]. Pero entonces la persona que podría hacer psicología ya no existiría. La psicología no requiere nuestra muerte literal pero sí nuestra muerte lógica.)

La segunda ilusión es la idea de que el Juicio Final yace después de nuestra muerte en algún futuro utópico. Pero el tiempo o el pretérito de Juicio Final es el pretérito perfecto. Es siempre ahora. O mejor dicho, en cada momento acaba de ser y está siendo. La puerta y el “¡No!” están (potencialmente) en todas partes y en cualquier momento.

La tercera ilusión es que la puerta (como apertura, entrada) y el guardián (como un obstáculo) son dos factores separados. Pensamos que el “¡No se puede entrar!” del guardián es una complicación adicional e innecesaria. Si el guardián no estuviera allí, podríamos directamente pasar caminando. Pero como he dicho, en el Mundo Invertido del alma, el “¡No!” del guardián es en sí mismo la entrada; la única entrada. Sin este impedimento no habría una apertura en absoluto. La misma frase “¡No se puede entrar!”, “¡Retroceded!” es el único “hueco” en una puerta que de otra manera permanecería cerrada. Entrar significa, por así decirlo, bañarse en la negación.

La cuarta ilusión es la idea de que la puerta y que aquello de lo que la puerta es la entrada son dos realidades separadas. La puerta es imaginada como el obstáculo a vencer a fin de entrar, ya sea el paraíso, el cielo o el infierno, el teatro de la ópera, la universidad, el estadio de fútbol, o lo que sea a dónde quieras entrar. Así es como funciona la puerta en la realidad común. Pero en el Mundo Invertido del alma, la entrada o la apertura es en sí misma la meta. No hay nada adicional después o detrás de ello. La apertura es en sí misma el cielo y el infierno. El “¡No se puede entrar!” o el Juicio Final son, por así decirlo, el modus vivendi [el modo de ser] constante de la psicología. No es un momento inicial que ha de ser atravesado, sino la forma lógica del discurso por el cual se constituye la psicología. La psicología es como un Juicio Final permanente que divide “las ovejas de las cabras”, el cielo del infierno, manteniendo continuamente separados el ego del Self (alma, daimon). No es ni el uno ni el otro. Es la división, la diferencia, la contradicción, es el mantener separados. Pero el mantener separados es también lo que mantiene conectados los opuestos, así como el mantener el Cielo separado de la Tierra de Atlas en la mitología griega es también la conexión viviente entre ellos.

La psicología tiene que pasar directamente al Juicio Final que implica el “¡Prohibido entrar!” a fin de ser “bautizada” por él, es decir, permeada por la negación. Sólo entonces puede ella misma ser el Juicio Final o, para poner lo mismo en un lenguaje menos imaginal, ser absoluta negatividad.

...