"Por medio de sus cantos coloridos la alondra se eleva dichosamente en el aire" - Algunas reflexiones acerca del hacer-alma como el hacer de la realidad psíquica

Wolfgang Giegerich, 2006.

Artículo publicado en The Soul Always Thinks [El alma piensa siempre], volumen IV de sus artículos reunidos en inglés, capítulo quince, 379-385.

Traducción de Luis R. Álvarez y Alejandro Bica.
Agradezco al autor su amable permiso para traducir y publicar este artículo en el blog.


(Dedico este texto a James Hillman, que introdujo la idea de "hacer-alma" en la psicología, con profundo agradecimiento y amistad—una amistad caracterizada por la concordia discors. Este artículo fue escrito en el 2006 como una contribución invitando al Festschrift [homenaje] que no llegué a materializar.)

De acuerdo a una suposición profundamente arraigada y casi instintiva, la cual filosóficamente es la base de la escuela del sensualismo, todo conocimiento consiste en impresiones originales provenientes de afuera, es decir, provenientes de la realidad externa. En contraste, C.G. Jung, más en el estilo de la antigua tradición del idealismo, introdujo la noción fundamentalmente diferente de los arquetipos, factores que informan la mente directamente sin venir de los sentidos. Tan incompatibles como son estas dos posiciones, sin embargo en un sentido más profundo, estructuralmente, siguen el mismo patrón. Aquí la mente es 'pática'. Está dominada e informada por algo más. La manera de pensar sensualista opera claramente dentro de la dicotomía sujeto-objeto. Pero, aún en un sentido muy diferente, esto sigue siendo verdadero para la concepción junguiana, en tanto que Jung nos enseña a entender que el sujeto, es decir, aquello que inicialmente se creía a sí mismo como siendo el sujeto, está en verdad sujeto a, y por lo tanto es objeto de, dominantes arquetipales que hasta cierto punto son el verdadero sujeto. La alienación sistemática de la mente inherente en el punto de vista sensualista también continúa de alguna manera en la psicología de Jung, aunque por supuesto de una forma más "sublimada". Aún es una psicología de la otredad. El alma no está en casa con ella misma, está dividida con respecto a sí misma. No es, tal como dice el credo a menudo repetido de la psicología profunda, dueña en su propia casa.

Este tipo de problema también fue la razón por la cual Hegel contradijo la antigua tradición aristotélica que mantenía que el alma nunca piensa sin imagen. Hegel insistió que pensamos en los nombres, en las palabras, del lenguaje. La representación imaginal permanece icónica en el sentido de que mantiene una contigüidad con el objeto al cual se refiere. Mantiene las apariencias naturales de aquello sobre lo que versa. Ésto incluso es verdad en el caso de objetos fantásticos (fantaseados libremente), como dragones, centauros, grifos o arpías. A pesar de su actividad de fantasía libre en el nivel semántico, aquí en última instancia, sintácticamente el alma aún es heterónoma (dependiente de la experiencia visual). Es muy diferente en el caso de las palabras. Los nombres de las cosas en el lenguaje ("árbol", "león", "estrella") no tienen ninguna conexión en absoluto con las apariencias de esas cosas, de hecho con ninguna forma visual. Estos nombres se refieren a cosas sin preservar ninguna contigüidad con la semejanza natural de las cosas, razón por la cual también diferentes lenguajes se pueden referir al mismo objeto usando palabras que suenan completamente diferentes ("tree", "Baum", "arbre", etc.). Los nombres son contingentes. Los fonemas que forman una palabra han sido producidos por la mente misma, la cual arbitrariamente se los asignó a las cosas. Al usar palabras el alma puede de esta manera, ciertamente, referirse a la realidad externa, pero aún así mantiene su morada dentro de sí misma y trata sólo con su propia propiedad. Porque de esta forma el lenguaje empieza a partir de la "unio naturalis" alquímica disuelta, a partir de la "participation mystique" separada, en un verdadero pensamiento que ocurre en el medio de las palabras del lenguaje y que ha dejado atrás el pensar en imágenes, el alma ya no está alienada de sí misma. Parece que el alma sólo puede volver a casa a ella misma pagando el precio de la separatio lógica implacable de la unio naturalis, la cual en el pensamiento imaginal en último análisis aún se preserva.

En conexión con la tesis de Hegel también podríamos pensar en el Génesis 2:19: "Y el SEÑOR Dios formó de la tierra todo animal del campo y toda ave del cielo, y los llevó a Adán para ver cómo los llamaría: y cómo Adán llamase a cada ser viviente, ése fue su nombre a partir de entonces. {Adán: o, el hombre.}" Nombrar las cosas se describe aquí como el acto libre del hombre. El nombre no es precisamente la propiedad de las cosas, no es el resultado, el efecto necesario, la emanación de su apariencia o de su naturaleza interior. No hay ninguna conexión inherente entre el nombre y la cosa, porque si la hubiese Dios no tendría que haber esperado para ver como Adán llamaría a las cosas; el nombre habría estado enraizado en las cosas mismas. En el nombrar de Adán, el alma es productiva, no receptiva.

Y aún así, esta teoría bíblica del lenguaje todavía es deficiente. El Génesis 2:19 nos hace pensar 1. que hay una correspondencia de uno a uno de cada palabra como un nombre, por un lado, y una cosa natural que es nombrada por el otro lado, y 2. que los nombres son secundarios. Primero Dios hace las cosas y luego las lleva ante Adán para nombrarlas. Pero tenemos que revertir esta secuencia. En el lenguaje, el alma es verdadera y plenamente productiva: ella misma es creativa. No es que meramente dé nombres a lo que ya está dado ante nosotros y encontrado por nosotros. Hay un verdadero hacer-alma, un hacer por parte del alma y un producir alma, realidad psíquica. Para poder ser capaces de entender este hacer-alma tenemos que dejarnos enseñar por la alondra.

An ihren bunten Liedern Klettert / Die Lerche selig in die Luft (Nikolaus Lenau, "Liebesfeier"): por medio de sus cantos coloridos la alondra se eleva dichosamente en el aire. Aquí no hay un pájaro que mientras se eleva en el aire también canta. No, sus cantos son para la alondra, por así decirlo, una escalera por medio de la cual ella puede subir. Una escalera no existente, una escalera en el estatus de la absoluta negatividad, tanto en el sentido de que no es un objeto dado que la alondra use para elevarse, sino algo que ella misma produce en, y mediante, el mismo acto de elevarse, y en el sentido de que su producción no produce un producto persistente. Las canciones sólo duran lo que dura el cantar, y sólo mientras duran las canciones puede continuar la ascensión. Podríamos decir que la escalara es performativa. El cantar es en sí mismo el elevarse y el elevarse sólo puede ocurrir en el modo del cantar. (En una esfera más literal, concretística, esto es comparable a como un chamán tamborilea y danza hacia el éxtasis, fuera de éste mundo hacia el cosmos, al mundo de los espíritus superiores o más bajos.) En la subida común trepamos a un árbol, escalamos una montaña, apoyamos una escalera contra la pared de una casa para subir a su tejado. Hay un soporte factual y una meta factual. Pero aquí el elevarse es un elevarse hacia "el aire": hablando concretísticamente hacia la nada. Pero el hecho de que este elevarse no tenga objeto (objetivo) concreto, existente, y no lleve a ninguna parte muestra que en verdad el cantar sólo se "eleva" hacia sí mismo, profundiza en sus propias canciones, en su necesidad interior, su verdad. Las canciones se usan a sí mismas como su propio medio para elevarse ellas mismas hacia su propia profundidad y completitud.

Esto es lo que es el hacer-alma. El único defecto en la descripción de Lenau es que la alondra, como el sujeto del cantar y del elevarse, permanece, como si fuese el agente o el autor de este cantar. En realidad no hay autor, no hay alondra, no hay un alma subsistente que cante y se eleve. Sólo hay canciones, y en su cantarse a sí mismas "el alma" y aquello que llamamos realidad psíquica se produce. El alma no es ontológica (una cosa existente). "El alma" se hace, se produce a sí misma en el cantar las canciones. Esto significa que "el alma" existe sólo como el resultado de su propia auto-producción (no como el agente de esta producción), o más bien, no existe, siempre tiene que darse al ser, siempre tiene que hacerse a sí misma. "El alma" es autopoiética. Y esta también es la razón por la cual el hacer-alma, de acuerdo con las líneas del poema de Lenau, es en sí mismo dichoso. 'Dichoso' no se refiere a una condición emocional de la alondra (o de una persona, por ejemplo, del poeta mismo). Es el estatus lógico de la auto-producción sin sujeto del "alma": la dicha de la autopoiesis, de la absoluta autonomía, del cantar, haciendo música, con ningún otro propósito más que el que la música—el alma—sea. "La alondra" es como mucho el lugar en donde ocurre este hacer-alma.

Una consecuencia de esto es que la realidad psíquica debe ser comprendida como teniendo la naturaleza de las canciones, del "aire". El cosmos del alma que es creado productivamente mediante el hacer-alma es aéreo, vaporoso, flota libremente—nada sino palabras, canciones, un flatus vocis. La palabra o las canciones no son acerca de algo dado, de alguna existencia sustancial. Son sólo acerca de aquello que ellas mismas originariamente crearon; son sólo, podríamos decir, acerca de ellas mismas. No hay nada sólido ni permanente. La realidad psíquica ciertamente no es nada "natural"; es verdaderamente contra naturam y absolutamente negativa. Es vida lógica, donde "lógica" se refiere a la naturaleza de logos de esta vida. Si aún así hablamos de realidad psíquica tenemos que tener en mente que significa precisamente la realidad de este flatus, de algo como pompas de jabón coloridas, la realidad de la virtualidad. Realitas nostra non est realitas vulgi. Por lo tanto tampoco hay arquetipos sustanciales, ni tampoco arquetipos-en-sí-mismos o estructuras arquetipales eternas, resistentes al tiempo. No hay rama en la que sentarse. La única cosa en la que la alondra se puede apoyar es en la realidad efímera, virtual, aérea, de sus propias canciones, y se puede apoyar en ellas sólo en tanto que continúe ascendiendo mediante ellas, en tanto que las continúe cantando y de esta forma profundice en su propia infinitud interior.

Ascender aquí no se refiere al ascender del águila hacia las alturas del espíritu o la trascendencia. La alondra asciende hacia el aire, hacia su nada, en el medio de la virtualidad, no hacia las alturas. Y en su ascenso establece esta nada (como la cual existe) en primer lugar, dando a su virtualidad realidad. Ascender se refiere a la actividad persistente y consistente de la lógica inherente de las canciones y así al despliegue, a la elaboración continua y diferenciación detallada de lo que implican y demandan.

Comúnmente pensamos que el amor apasionado, cuando ocurre, es un hecho instintivo poderoso. Pero como Niklas Luhmann mostró hace 25 años atrás, el amor necesita un código lingüístico. A menudo es necesaria una provisión de tropos y frases sofisticadas para encender el amor. El ritual del cortejo era una actividad altamente retórica. Los poemas de amor, los sonetos, jugaban un rol importante. Pero los códigos retóricos no sólo son esenciales para incitar los sentimientos amorosos en la persona amada, es decir, para permitir que esta persona desarrolle los correspondientes sentimientos en ella. Incluso el despertar original de los sentimientos apasionados solamente en la primera persona, que luego puede cortejar a la otra, depende de las palabras y tropos del lenguaje y requiere una cierta familiaridad directa o indirecta con el tratamiento del amor en la literatura. La emoción sofisticada, diferenciada y humana del amor, necesita la retórica y las canciones de amor para "elevarse", para generarse, hacia la profundidad de su propia realidad aérea, virtual—incluso si este uso de la retórica sólo ocurra en el fondo del trasfondo inconsciente del hablar silencioso del alma consigo misma (el logos psychês pros haytên) de manera que el individuo consciente pueda quedar completamente sorprendido por el resultado que pueda brotar en él. El verdadero lugar del amor apasionado está en el mundo no existente del lenguaje, y no al revés: el lenguaje no es la expresión de una emoción real dada. Los sentimientos amorosos no están dados a nosotros por naturaleza. No son, como los impulsos sexuales, el simple resultado de las hormonas (aunque, es verdad, sin hormonas tampoco podrían darse), no son el resultado de una incursión por parte de "Afrodita" o "Eros" (o cualquier dios o diosa del amor) en la vida de la persona. El potencial para amar en un sentido psicológico es una invención, de hecho una creación, cultural, lingüística. Imaginar una incursión, por ejemplo, por parte de Afrodita, es en sí mismo parte de la retórica del amor. Un Caspar Hauser no podría haber llegado muy lejos en el arte de amar.

Como creación cultural, el potencial para amar también es esencialmente histórico. Por ejemplo, es significativo que la trama de la Ilíada, a pesar de tratar de dos mujeres, Helena y Briseida, gire en torno a ellas sólo como objetos de disputa, pero difícilmente como objetos de amor en el sentido más profundo de implicar la personalidad como un todo. El amor en un sentido más de sentimiento personal sólo empieza a emerger mucho después, hasta cierto punto en el período helenístico. Sabemos lo mucho que le debe la profundización del sentimiento de amor en nuestra tradición occidental, por encima de todo, a la poesía de amor cortés de la Edad Media y a Petrarca, por mencionar sólo estos dos ejemplos, y esta es una poesía de palabras, palabras, palabras. Estas palabras (y las palabras de todos los otros poetas que siguieron) son tesoros culturales hundidos que crearon la infraestructura psicológica sobre la cual el alma, incluso en el individuo corriente moderno, pudo formar sus propios sentimientos sofisticados de amor. Sin estas palabras, sin toda la historia del lenguaje y de alguna manera sin nuestra participación en esta historia cultural a través de nuestra educación explícita o implícita, nuestro amar probablemente aún estaría en el estatus que tenía en la Ilíada.

El amor apasionado es sólo un ejemplo concreto de la virtualidad de la realidad psíquica. Lo he escogido precisamente por el entendimiento fuertemente convencional de que el amor es un hecho natural. La falacia naturalista prevalece no sólo cuando uno ve en el amor algo básicamente biológico. También se manifiesta cuando se lo ve como una "experiencia arquetipal" (posiblemente muy poderosa) en el sentido junguiano. El amor, he intentado sugerir, está hecho, manufacturado, por supuesto no por "el ego", sino en, y por, "el alma". Se hace a sí mismo. Si aparece como siendo una experiencia irresistible, entonces tenemos que recordar, mutatis mutandis, la lógica expresada en la frase de Goethe "Am Ende hängen wir doch ab / Von Kreaturen, die wir machten" (Al final, dependemos de criaturas que nosotros mismos hemos producido). Hacer y experimentar no son lo mismo, de hecho son opuestos. Pero el amor (al igual que cualquier otra realidad psíquica) es su identidad urobórica, dialéctica. Puede ser esta identidad auto-contradictoria porque más que ser algo natural es algo absoluto-negativo. Con la concepción de la identidad urobórica de su propio producir lo que experimenta, la visión del "alma" ha perdido su forma alienada.

La negatividad absoluta o la virtualidad de la realidad psíquica está tan lejos de "un hecho empírico positivo de la naturaleza" como de una experiencia arquetipal junguiana o de un mundus imaginalis en el sentido de Corbin, ambos de los cuales se prestan a algún tipo de entendimiento "metafísico" como realidades preexistentes. Su carácter de negatividad absoluta obviamente excluye cualquier confusión con hechos naturales, y la noción de su propio hacerse a sí misma destruye la concepción "pática" de la naturaleza estrictamente objetiva de la realidad psíquica y el carácter de otro mundo de un mundo preexistente misterioso separado de arquetipos o imágenes. El hacer-alma, en tanto que procede muy concretamente a través de "sus propias canciones", a través de los sonidos del lenguaje de origen humano común, está a la vez en la tierra y no es natural: es un hacer sobrio "extraterrestre terrestre".

Vivimos sobre esta tierra en esta extraterrestrialidad. Incluso esta tierra y nuestros propios cuerpos y toda nuestra experiencia de la realidad y nuestro trato con ella tienen su lugar en su "espacio exterior" (de esta extraterrestrialidad) y no al revés. Esto es lo que está implícito cuando Jung afirmó que estamos rodeados de psique por todos lados y cuando rechazó la idea de que pudiese haber algo que no fuera psíquico, es decir, no virtual/extraterrestre, no nada. No sólo el amor, sino todas nuestras emociones tan reales (como la rabia, alegría, tristeza, depresión), y no sólo nuestras emociones, sino también nuestras percepciones, son aire fabricado lingüísticamente (cosa que es muy obvia en el caso de la percepción del color, la cual depende de los términos del color que provea el propio lenguaje de uno).

Incluso más que eso. La ascensión de la alondra hacia el aire por medio de sus propias canciones es más que el trabajo ocasional de un poeta o la experiencia ocasional de alguna emoción, percepción o fantasía. Esta ascensión hacia la nada es el proceso de elaboración y diferenciación de la civilización humana como un todo—de los lenguajes y especialmente de su vocabulario, de la ley, la moralidad, la religión, la filosofía, el arte y las visiones del mundo. Es la exploración cada vez más profunda, cada vez más detallada, el desarrollo diferenciado y la producción real del potencial intrínseco de la mente.