El psicólogo como predicador del arrepentimiento y evangelizador - Robert Romanyshyn acerca del derretimiento del hielo polar

Por Wolfgang Giegerich.
Berlin, 30 de Octubre del 2009.

Traducido por Alejandro Bica y corregido por Enrique Eskenazi.
Agradezco al autor su amable permiso para publicar esta traducción.


Jung inauguró la obra principal de sus comienzos, Transformaciones y Símbolos de la Libido, revisada más tarde como Símbolos de Transformación, con un capítulo sobre “Dos Tipos de Pensamiento”. Tiene que haber sentido que, para comenzar realmente el trabajo de la psicología, se debía trazar una clara línea divisoria entre el tipo de pensamiento requerido por ésta y el tipo diferente de pensamiento que predomina por lo general. Ésto fue a principios del siglo XX. Pero esta clara demarcación de un estilo particular de pensamiento necesario para la psicología no pudo resolver, de una vez para siempre, la cuestión de la auto-constitución de la psicología. Obviamente, la psicología es un campo verdaderamente precario. A lo largo de su vida, Jung necesitó diferenciar el enfoque y el pensamiento de la propia psicología de los de la teología, la metafísica, la filología, las ciencias naturales, de los enfoques estrictamente técnicos y médicos de la psicoterapia, y de las formas de pensamiento socio-político. Sin embargo, la psicología no sólo necesita delimitar sus fronteras con otros campos. También necesita marcar, una y otra vez, una clara línea divisoria entre los diferentes tipos de pensamiento que se presentan en su terreno. No pude evitar recordar ésto último recientemente al advertir la creciente tendencia, en el campo junguiano, a defender lo que se ha llamado eco-psicología. Esto me ofrece la oportunidad de proponer otra diferenciación distinta entre “dos tipos de pensamiento”.

Aunque no sé si Romanyshyn usaría la etiqueta “eco-psicología” para su trabajo, su bien argumentado artículo sobre “El Derretimiento del Hielo Polar: Revisando la Tecnológica como Síntoma y Sueño” (1) podría considerarse como un óptimo ejemplo de esto. Por lo tanto me permite mostrar un tipo de pensamiento basado en ciertas premisas y principios, exponiendo ciertas actitudes que dan lugar a ciertas movidas estratégicas que me parecen incompatibles con lo que considero una verdadera psicología, una “psicología con alma” en la tradición de C. G. Jung.


Angustia

La primera sección del artículo de Romanyshyn se titula, “Angustia y Hielo”, y ya en el comienzo se nos dice: “Comencé a escribir en este estado de angustia, ... recordando que la angustia también fue el comienzo de mi libro, La Tecnología como Síntoma y Sueño... En aquel momento la angustia era la perspectiva inminente de un invierno nuclear; ahora la angustia es la perspectiva ...” de la nueva catástrofe del derretimiento de los casquetes polares. La angustia como el arché explícito y principio de su escritura, y por lo tanto, como el spiritus rector de todo lo que sigue. El autor no ve ésto como un problema, sino que da una justificación psicológica para comenzar en este estado emocional. Se ennoblece la angustia como “punto de partida correcto para el descubrimiento de la integridad”. Incluso se afirma que estar en contacto con ella es un “proceso ético, en el cual se ‘expresa nuestra infinita obligación para con el otro’” “Permanecer con la angustia del momento es ser responsable, capaz-de-responder, porque así estoy escuchando”. Esta es la visión de uno de los tipos de pensamiento.

El otro tipo de pensamiento diría que las emociones en general inevitablemente nos privan de libertad mientras estemos bajo su hechizo. Tienden a cegarnos. Oigamos expresarse a Jung acerca de las emociones:

“Siempre se tienen emociones cuando no se está adaptado. Si se está adaptado no hace falta la emoción; una emoción es sólo una explosión instintiva que indica que no se ha estado a la altura. Cuando no se sabe cómo hacer frente a una situación o a las personas, uno se vuelve emocional. Al no estar adaptado, se tiene una idea equivocada de la situación ... ... ser emocional es ya estar en camino hacia una condición patológica”. (2)

Al citar a Jung no quisiera sugerir que porque Jung lo dijo tenga que ser lo correcto y todos deban aceptarlo. En su larga vida Jung dijo tantas cosas, de todo tipo, que incluso pueden apoyarse con citas de sus escritos puntos de vista a veces opuestos. Es justamente al revés: cito su afirmación porque aquí da justo en el clavo. Este pasaje nos sirve aquí sólo a fin de demostrar el otro tipo de pensamiento psicológico. De acuerdo con ello, no hay nada ético en permanecer con la propia angustia. Por el contrario, es la obligación ética de cualquier escritor que aspire al conocimiento liberarse primero él mismo de cualquier emoción, a fin de poder ser capaz de estudiar su tema sine ira et studio, para estar “a la altura”.

Además, como terapeuta sé que cuando tengo un nuevo paciente cuya ira profundamente reprimida pero poderosa llena temiblemente el ambiente de la sala de consulta, o parece estar amenazado por una psicosis y me pongo ansioso, he dejado de ser su terapeuta, su analista. En mi miedo de él o de su material amenazante ya no puedo hacerle justicia, porque ya no soy libre. No estoy adaptado a la situación, no estoy a la altura de mi tarea. Es vital para la terapia que luche por superar mi angustia y conquiste mi libertad ante lo que me ha asustado. Si no lo consigo, no puedo continuar esta terapia. De un modo muy semejante, ¿cómo puedo escribir sobre la tecnología si estoy bajo el poder de la angustia causada por la perspectiva inminente de un invierno nuclear o del derretimiento de los hielos? No sería profesional.

Extrañamente, muy extrañamente, la posibilidad de vencer la propia angustia parece no tener lugar en el primer tipo de pensamiento. La única manera en que Romanyshyn puede imaginarse tratar con esta emoción, aparte de quedarse con ella, es “insensibilizándome contra este sentimiento”, “yéndome a dormir, aturdiéndome”, ocupándome de una “ilusión confortable”. En otras palabras, la única alternativa para él sería la represión, la evasión, el escapismo, lo cual, por supuesto, desde el comienzo está psicológicamente fuera de cuestión. Pero existe la posibilidad de superar verdaderamente el propio miedo, de elevarse por encima del él, lo cual significa encarar honestamente la realidad amenazante, sin ilusiones pero precisamente con una mente despierta. Por ejemplo, liberarme en tanto que analista de la angustia que en mí evocan los aspectos amenazantes de mi paciente, sería todo menos irme a dormir, cerrando los ojos a lo que pueden ser ilusiones atesoradas o peligrosas. No, ello significa mi disponibilidad consciente a dejar que lo que ha ocasionado la angustia sea y se muestre tal como es, sin trabas, en la sala de consulta, sin necesidad de defenderme interiormente contra ello, sin ninguna resistencia contra ello por mi parte (y mi angustia, por supuesto, sería una forma de resistencia). Lo dejo ser y me expongo a ello. Con plena consciencia dejo que se abra la caja de Pandora.

Pero por supuesto, como dijo Jung, “No nos gusta controlar nuestras emociones porque disfrutamos de ellas”. (3) La gente se deleita con la angustia. Se regodean con ella –tan sólo basta recordar como casi todo Estados Unidos se revolcaba en angustia después de los ataques terroristas contra las Torres Gemelas en Nueva York. Histeria. ¿Y por qué disfrutamos de nuestras emociones? Probablemente porque las emociones nos hacen sentir más intensamente vivos que de normal. Fortalecen la unio naturalis para nosotros. Por esto Jung estaba en lo cierto al continuar diciendo (ibid.) que se siente como “un suicidio parcial cuando las controlamos”. Porque ello corta y disuelve nuestra unidad natural con nosotros mismos, y así “nos lamentamos (4); sentimos pena por nosotros...

Antes, por el contrario, generalmente se esperaba como algo dado por supuesto de la gente que controlase sus emociones, que se dominase, como parte del hecho de ser civilizado, educado. Y en el espíritu de ésto último, el segundo tipo de pensamiento psicológico aún ahora cree que el primer paso, y el sine qua non del opus psicológico, es la disolución de la unio naturalis, y que la Obra misma es un opus contra naturam.

En 1975 James Hillman, en la primer página de su Re-visión de la Psicología, citó a Ortega y Gasset, quién decía: “¿Para qué escribir si a esta operación demasiado fácil de empujar una pluma a través del papel no se le da cierto riesgo tauromáquico, y no nos enfrentamos con temas peligroso, ágiles, bicornes?” Es difícil imaginar una diferencia más grande que la que hay entre el espíritu tauromáquico enfrentándose a un asunto peligroso, por un lado, y establecerse, en tanto que autor, intencionadamente en la propia angustia, por el otro. Con la admisión de la propia angustia, desde el principio, uno ha sucumbido psicológicamente y se ha entregado a lo que temía. Ya no se toman más riesgos, no hay disponibilidad para mantener intelectualmente el propio lugar frente a ello. La mente se ha dado por vencida. Y así, no es sorprendente que el artículo de Romanyshyn termine con su confesión de que está escribiendo “desde este lugar cercano a la desesperación”. “La atracción hacia el aturdimiento, a quedarse dormido ... es fuerte”. Uno se ve tentado de consolarlo diciéndole requiescat in pace. La búsqueda de conocimiento se ahoga en la emotividad, en un humor siniestro.

He mencionado que la primera parte del artículo de Romanyshyn se titula “Angustia y Hielo”. Pero éste es un título equivocado. No hay hielo en esta sección. Sólo hay el humor de la angustia. Los humores son tibios, las emociones calientes. Para empezar, el hielo, la frialdad helada del alma, está ya derretida, psicológicamente; se disolvió antes que el temido derretimiento del hielo polar ahí afuera. El hielo es frío, duro, cristalino, con bordes afilados. Y pienso que se requiere una mente helada para hacer justicia al tema del hielo polar, porque sólo lo semejante puede conocer lo semejante. Pero en ese artículo lo “semejante” en ambos lados no es el hielo, sino el derretimiento, el desmoronamiento. Una mente que tiene un poco de hielo, una mente que está dispuesta a tomar riesgos tauromáquicos, no necesita ponerse histérica o deprimirse por la idea de que el derretimiento del hielo polar pueda tener efectos terribles, desastrosos. Durante milenios, en casi todo el mundo la gente ha vivido con la firme creencia de que habría un final del mundo, un apocalipsis, el día del juicio final, Ragnarók, el gran final del Kali Yuga. ¿Qué hay de especial en esta fatalidad? Media in vita in morte sumus. Todos sabemos que tendremos que morir. ¿Es esta una razón para hacer, de antemano, un alboroto enorme y preocuparnos por ello? Mantengamos ambos pies sobre el suelo.

Toda esta cuestión de la angustia es, en mi opinión, un caso de lo que una vez Jung llamó, con una expresión enérgica, vulgar, Hosenscheißerei des Ich.

“Pregunta: ¿es un objeto digno de angustia o una cobardía del ego que se caga en sus pantalones [eine Erbärmlichkeit i.e. Hosenscheißerei des Ich]? (Comparar Freud, ‘El ego es el asiento de la angustia', con Job 28:28, ‘El temor del Señor, que es sabiduría.’) ¿Qué es la ‘angustia del ego’, esta ‘modestamente modesta’ preocupación imaginaria y esta presunción de un pequeño dios de hojalata, en comparación con la sombra todopoderosa del Señor, que es el temor que llena el cielo y la tierra? La primera es concomitante con una filosofía defensiva apotropaica, la segunda con la gnosis theou”. (5)

En esta cita se contrastan muy bien los dos tipos de pensamiento sobre los que hablo, aunque sólo en el área específica del miedo, a saber, la angustia del ego frente “al temor que llena el cielo y la tierra”. Es un pequeño ejemplo de la diferencia general entre una psicología construida como ego-psicología y otra como una psicología del alma.

Un proverbio alemán afirma que la angustia no es una buena consejera. Pero la tesis misma de Romanyshyn es justamente lo opuesto, a saber: que permanecer con la angustia es una obligación ética y que precisamente nos conecta con el otro. Esto lo vuelve a uno, según dice él, “responsable, capaz-de-responder, porque entonces estoy escuchando”. Creo que todo esto es una gran ilusión. Por supuesto, reconozco que la angustia, puesto que es un miedo de algo, de un modo literal y superficial nos conecta con ésto, con esto otro. Pero esto es psicológicamente del todo irrelevante. Psicológicamente la angustia nos hace dar vueltas inevitablemente alrededor de nosotros mismos, constela el ego que quiere sobrevivir y que teme por su vida. La angustia nos hace ego-céntricos, cuando no totalmente interesados, egoístas; precisamente no abre los oídos psicológicos al otro. En la misma y exacta medida en que reina la angustia, el otro no tiene oportunidad. Sólo tiene una oportunidad en la medida en que uno ha superado la propia angustia y está dispuesto, en el sentido de Ortega y Gasset, a enfrentar al toro. ¿No es símbolo de este egocentrismo el que tanto el primer como el último párrafo de su artículo comiencen con la palabra yo, y atención, no con el yo del autor, quien al principio puede desear subrayar lo que se propone hacer en su artículo, o presentar su primer argumento, o algo semejante, sino con el yo privado, el del ser humano empírico común y con su estado interior subjetivo?


Pecado

En el artículo de Romanyshyn este ego-centrismo no se muestra ciertamente como egoísmo o egolatría, ni siquiera como centrándose en sí mismo. No, en el nivel de los contenidos se aleja de sí mismo y realmente basa sus reflexiones en una exploración substancial y muy interesante de importantes acontecimientos del alma objetiva, sobre todo la de la invención de la perspectiva lineal durante el Renacimiento. Más adelante sus reflexiones están aún más respaldadas por debates más o menos detallados de los aspectos de las obras de la literatura de la época del Romanticismo. De modo que en su caso la forma en que se muestra el ego debe ser diferente. Aparece en la manera de ver, en la perspectiva con la que estudia la perspectiva lineal. Su reconocimiento e interpretación están conformados por “la angustia del ego” y están por tanto guiados por una perspectiva egoica. No percibe los fenómenos que estudia desde el punto de vista del alma, es decir, como el ulterior desarrollo del alma misma, su ulterior-determinación, su avance hacia nuevos estadios de sí misma, sino desde un prejuicio del ego. En lugar de describir y analizar simplemente lo sucedido, dejando que el mismo material le proporcione las categorías y criterios con los que ha de ser interpretado, él interfiere con su propio juicio subjetivo moralista inmpuesto desde fuera al material.

Observa adecuadamente ciertos cambios históricos esenciales, pero la evaluación condenatoria que les da a estos cambios son de su propia cosecha. Por supuesto, niega que esté condenando algo, o, por el contrario, que juzgue la condición previa de estos cambios como siendo mejores. “No estoy argumentando aquí que el mundo de la perspectiva-pre-lineal fuese un mundo mejor. Por el contrario, mi argumento es que mientras esta forma de soñar el mundo a medida que se mueve hacia el punto fuga ha producido muchos beneficios y nos ha dado mucho poder y control, se ha cobrado un precio. Ante el derretimiento del hielo, es tarea nuestra conocer ese precio”. (6) Sin embargo, esta forma de decirlo no corresponde con lo que en realidad presenta en su artículo. El precio a pagar difiere de lo que está diciendo. Cuando deseo un objeto y lo compro, a continuación tengo ese objeto, pero tengo menos dinero que antes, porque he tenido que pagar el precio de lo que cuesta. Del mismo modo, cuando dejo la casa de mis padres a fin de hacerme cargo por mi mismo, adquiero un cierto grado de adultez o madurez, pero tengo que pagar por ello con la pérdida de todas las ventajas de estar contenido en una familia. El precio es la pérdida particular concomitante con una ganancia o una adquisición.

Pero el derretimiento de los casquetes polares en el siglo XXI no es el precio por la invención de la perspectiva lineal en el siglo XV. En su esquema ésto es más bien como el castigo por un delito. Un criminal usualmente comete su delito con la esperanza de poder cosechar sólo sus beneficios y, cegado por el sueño de los beneficios, o bien escotomiza su conocimiento de que podría haber un castigo o al menos está bastante seguro de que escapará del castigo por sus inteligentes precauciones. Si a pesar de todo lo capturan, este castigo le llega como un acontecimiento ulterior nuevo, separado y externo. Por esta razón (la naturaleza externa de un castigo) tampoco es completamente adecuado en nuestro contexto el modelo de delito y castigo. Más bien, la fantasía en la que parece operar Romanyshyn se describe más adecuadamente como la de un pecado que tiene su castigo como una inherente consecuencia no esperada dentro de sí misma. Un ejemplo podría ser el caso de alguien que comienza a tomar drogas buscando una experiencia excitante y más tarde se encuentra irremediablemente adicto, en un inevitable camino a la ruina. De acuerdo con la lógica de Romanyshyn, podríamos decir que la gente que inventó la perspectiva lineal cedió a una tentación extremadamente prometedora pero pecaminosa, que él llama “un sueño”, sin tener ni siquiera idea de adónde se encaminaba (y, con ella, todas las generaciones futuras), y sólo ahora, seiscientos años más tarde, lo advertimos cuando ya nos encontramos atrapados en las desastrosas consecuencias del desarrollo que desencadenaron.

Romanyshyn percibe los logros de los artistas del Renacimiento que inventaron la perspectiva lineal a la luz de esas desastrosas consecuencias. La amenaza de un desastre inminente que hoy sentimos (el cambio climático y el derretimiento del hielo) proporciona la medida con la cual, en retrospectiva, han de juzgarse los antiguos orígenes. Así es como “la angustia del ego” se convierte en la lente a través de la cual se puede evaluar la fenomenología histórica del alma –y, por supuesto, evaluarla como un pecado terrible.

El mismo Romanyshyn generalmente no habla de pecado (excepto que dice que The Rime of the Ancient Mariner de Coleridge [La Balada del Viejo Marinero] “peca contra la naturaleza”). Sin embargo, nombra el pecado, y con numerosos nombres: abandonar el cuerpo de la tierra, huir de la naturaleza, abandonar la carne y los sentidos, romper los lazos eróticos con la naturaleza (y congelar nuestra conexión emocional con ella), olvidar lo importante, un tipo de imperialismo, una forzada colonización del mundo natural por la luz de una mente que no conoce oscuridad, una mente exclusivamente masculina que crea aparte de lo femenino, el despotismo de un ojo que no derrama lágrimas, una conciencia sin carne, la naturaleza soñada como inanimada y el alma como in-natural, la conexión rota entre el cuerpo y el mundo, la fragmentación del mundo en sus partes divisibles, estar por encima, sin conmoverse, de lo que se experimenta, y así sucesivamente. El resultado final es: “Nos hemos vuelto llaneros solitarios, preparados a fijar nuestra mirada, sin parpadear, y a apuntar a lo que es ajeno a nosotros”: asesinos a quemarropa.

Todo ésto lee Romanyshyn en la invención y el cultivo de la perspectiva lineal en el arte del Renacimiento, que para él se materializa en figuras imaginales a las que llama la Mente Espectadora y el “ojo despótico”. Su visión es puro moralismo, pero también creo que es un terrible malentendido del telos histórico y del logro de la invención de la perspectiva lineal, un malentendido que debe ser refutado (aunque este no es mi punto principal ni lo que me interesa en mi crítica a su artículo). Histórica y fenomenológicamente esta valoración es insostenible.

Si bien es por supuesto verdad que la perspectiva lineal va acompañada de un distanciamiento y un punto de vista fijo e inamovible, uno no debe destacar este único aspecto abstracto, verlo de manera aislada, completamente separado de todo el contexto y del espíritu del arte, la filosofía, la ciencia, del Renacimiento, separado también de los tratados de los propios artistas, y resaltarlo como rasgo central y exclusivo. Semejante interpretación ni siquiera mejora aún cuando está respaldada por citas (igualmente insostenibles) de un historiador del arte, Samuel Edgerton.

Romanyshyn y Edgerton son incapaces de ver la dialéctica de la creación de la distancia, la dialéctica de las líneas de fuga. Es como si ninguno de ellos hubiera mirado pinturas reales inspiradas por el espíritu inherente y subyacente a la invención de la perspectiva lineal y no hubieran leído a Nicolás de Cusa, Ficino, Pico della Mirandola, Durero, Leonardo da Vinci, etc. ¿Huida de la naturaleza? ¿Abandono de la carne y de los sentidos? ¿Un sueño de la naturaleza como inanimada? Justamente lo contrario puede verse en la obra (y el pensamiento) de los artistas. Mientras que en la Edad Media en las primeras pinturas anteriores a la perspectiva lineal, se representaban figuras bastantes rígidas como tipos abstractos, ahora de repente hay un interés en el aspecto real de las personas como individuos. Por primera vez los pintores trataron de capturar el tono exacto del color de la piel, así como la expresión facial real de las personas con todas sus emociones, así como sus arrugas y sus hendiduras. Muchos de los desnudos que se dibujaron y se pintaron a partir de entonces (algo absolutamente impensable durante el comienzo de la Edad Media) muestran la celebración de la sensualidad; basta con pensar, por ejemplo, en Giorgione, Lucas Cranach, Rubens.

La meticulosa atención al detalle, a cada uno de los pelos de las pieles, a la superficie de los materiales tales como la seda, el brocado, el lino, el mármol, la madera, muestran la gran dedicación al mundo natural que inspiraba a aquellos pintores, y los numerosos estudios de las manos, pies, caras, de los árboles, rocas, e incluso algo tan trivial como la hierba pintada o dibujada del natural, son una prueba inequívoca de una devoción amorosa por la naturaleza. El objetivo del artista era el de aprender, el de ser enseñado por la naturaleza. Mientras que en la Edad Media, a diferencia de nuestro mundo natural terrenal, las escenas eran representadas usualmente contra un fondo dorado que denotaba que la luz divina era de otro mundo, la pintura del Renacimiento muestra que el alma ha descendido a tierra e incluso sitúa las escenas sagradas aquí, en el mundo real, tales como la Anunciación en un interior real del siglo XV, equipado con todos los enseres prácticos de la vida cotidiana, y otras escenas en paisajes o sitios arquitectónicos realistas.

Al hablar de un “ojo despótico”, ya en la misma denominación del fenómeno a describir, Romanyshyn mete de contrabando su juicio subjetivo de valor, su condenación moral que es, por supuesto, manipuladora, sobre todo porque fenomenológicamente no hay nada realmente despótico en el ojo en el grabado de Durero, en el cual Romanyshyn afirma ver este despotismo. Todo lo que uno puede decir fenomenológicamente es que el artista representado practica una mirada disciplinada, concentrada y controlada. La disciplina que alguien practique no es despotismo. Sí, este ojo está mantenido fijamente en un sitio. Sí, de esa manera se crea la distancia. Pero en sí mismo no hay nada de malo en eso. La distancia es la condición a priori de la posibilidad humana de tener un mundo y de estar en un “mundo”, en lugar de estar, como los animales, meramente metidos fácticamente en el entorno, como parte integral de el.

Romanyshyn encuentra un fallo en el hecho de que Alberti, cuando pinta, primero dibuja un rectángulo, un rectángulo del cual Alberti dice que lo considera como una ventana abierta a través de la cual se ve el tema a pintar. Aunque en un nivel y en un contexto muy diferentes, este acto parece ser estructuralmente análogo, por ejemplo, al antiguo ritual de construcción de ciudades, en los que primeramente se dibujaba un surco sagrado en la tierra alrededor de una plaza donde iba a construirse la ciudad (como por ejemplo, el practicado por Rómulo en la fundación de Roma), o análogo al del alquimista que encerraba (¡incluso encarcelaba!) la materia cuidadosamente en una vasija de vidrio herméticamente sellada, a fin de trabajarla y observarla. Romanyshyn parece olvidar que un artista es un artista, que su trabajo per definitionem es algo “artificial” y que, por descontado, no vive en la “proximidad sensual a las cosas”, no tiene una relación inmediata con el mundo, sino reflexiva. ¿Y es acaso asombroso que un pintor privilegie el ojo como el modo de relación? Después de todo hace cuadros. C´est son métier. Los músicos y poetas de la época no privilegiaban el ojo.

El punto de fuga, afirma Romanyshyn, “era el requisito previo para huir de la tierra”. Pero no, el abandono de la tierra, el anhelo por el más allá, y la mortificación de la carne, habían sido el ardiente deseo del alma medieval durante siglos antes de la invención renacentista de la perspectiva lineal, y ahora al contrario, con esta invención el alma, por primera vez verdaderamente entró en el mundo, arraigó en la tierra realmente, cuidadosamente abrió sus ojos a ella en su belleza sensual. Lo que comienza aquí es una relación consciente con la naturaleza, en lugar de la vida meramente inconsciente en ella y con ella, dándola por supuesta (porque sus ojos y su alma estaban vueltos hacia arriba, hacia el cielo, hacia la eternidad).

Es la dialéctica de las líneas de fuga que vayan en ambos sentidos. Apuntan al infinito, pero también muestran el mundo real natural en contacto continuo e ininterrumpido con lo infinito, lo finito como impregnado por lo infinito y lo infinito como la fuente última de todo lo creado. Es por ello que el mundo natural se había convertido en una explicatio dei, como dijo Nicolás de Cusa.

Pero Romanyshyn cae en la trampa de Edgerton a quien cita diciendo: “cápsulas espaciales construidas para la gravedad cero, equipos astronómicos para demarcar los así llamados agujeros negros, aceleradores de partículas que demuestran la existencia de la anti-materia –estos son los productos finales del descubrimiento del punto de fuga”. En otras palabras, para Edgerton el punto de fuga ya es, in nuce y avant la lettre, en sí mismo, un agujero negro. ¡Qué falta de sensibilidad histórica! Un caso claro de una retroyección de la lógica de la modernidad en la psicología de épocas más antiguas y estructuradas de manera totalmente diferente. Una retroyección a través de la escisión fundamental, de la gran ruptura histórica que separa todas las eras en la tradición occidental anteriores al siglo XIX del mundo moderno. A lo largo del siglo XVIII el mundo como un todo era un orden intacto impregnado por el espíritu de Dios. Sin conexión rota. Sin vacío, sin nada en el punto de fuga y, por ende, sin fugarse en la nada de un agujero negro. La vida humana y todo el esfuerzo humano tenían en última instancia un claro objetivo substancial. El punto de fuga era el símbolo del irrepresentable infinito y de la plenitud del Dios creador, cuyo espíritu impregnaba todo el mundo natural y era –potencialmente– revelado a la mens humana a través de su lumen naturale (de la mens). Spinoza más tarde hablaría incluso de deus sive natura. (7)

Es necio retroyectar nuestro ateísmo moderno, nuestro nihilismo y descentramiento, y nuestra lógica disyuntiva de la diferencia infranqueable y différance a la época de la invención de la perspectiva lineal, considerando esta última como el punto de partida del primero y el primero como el producto final de la última. Una falsa genealogía. Los “agujeros negros” como nuestros “puntos de fuga” modernos (¡entre comillas!) y los puntos de fuga de las pinturas del Renacimiento son cosas totalmente diferentes, sin relación. La conexión rota con la naturaleza tiene un origen fundamentalmente diferente. El requisito previo para la posibilidad de la conexión rota con la naturaleza es precisamente que el orden divino del mundo, del cual son expresión la perspectiva lineal y todo el arte llevado a cabo en su espíritu, y también por lo tanto el punto de fuga de la perspectiva lineal (infinito cumplido), se hubiera desmoronado absolutamente y hubiera dejado así un gran agujero, una carencia fundamental, una diferencia infranqueable. De hecho ésto ocurrió –en la profundidad del alma– alrededor del 1800-1830, con la transición del modo de producción artesanal al modo de producción industrial y con la transición de la lógica de la cópula (que había imperado durante la metafísica clásica) a la moderna lógica sin cópula de la función (como más tarde sería llamada por Frege).

Vale por supuesto la pena advertir que para Edgerton y Romanyshyn hay, por un lado, una conexión histórica en el fondo, la continuidad ininterrumpida de un sueño predominante desde el siglo XV hasta el presente, mientras que, por el otro lado, lo que para ellos da su continuidad a esta historia es precisamente el hecho de que es la historia del sueño de una conexión rota. La ruptura histórica de la conexión entre el hombre y la naturaleza, que había ocurrido en el siglo XIX, reaparece en su teoría, seguramente encapsulada, como el contenido, el proyecto, y la naturaleza del sueño continuo desde la invención de la perspectiva lineal hasta el presente. Un desplazamiento.

A la luz de lo que mostraré abajo, creo que es probable que la razón inconsciente más profunda para este desplazamiento es el deseo del ego de escapar al reconocimiento doloroso de que, en efecto, ha habido una ruptura real e irrevocable de la conexión con la naturaleza, de que "nos" ha ocurrido verdaderamente una ruptura irreparable que aconteció en el alma, y que simplemente debe ser soportada por nosotros (en lugar de ser el resultado de un “sueño” o un designio del mundo por parte de la Mente Espectadora), y de sustituirla por una desconexión hecha por el hombre como un desarrollo defectuoso al cual podemos condenar (y quizás corregir). Un cambio sintáctico es reducido así a uno semántico. De hecho, por supuesto que Romanyshyn y Edgerton también tienen que aceptar y soportar la ruptura histórica. Pero psicológicamente, intentan rescatar para sí la antigua conciencia, la idea de una unidad entre el hombre y la naturaleza, rechazando moralmente la conexión rota como un mero error o delito. “Ontológicamente” o lógicamente, nada fundamental ha cambiado: la naturaleza, la carne, los sentidos, la tierra, son aún tan reales como siempre; sólo nuestros puntos de vista, actitudes, comportamientos humanos han cambiado en la dirección de la “Mente Espectadora” y del “ojo despótico”. El problema es meramente nuestro abandono humano del cuerpo de la tierra, nuestra huida de la carne y de los sentidos, en otras palabras, nuestro pecado, y no una ruptura real de la unio naturalis misma. En lugar de tener que vivir con una ruptura fundamental en la misma lógica del alma objetiva, tanto en su propio proceso histórico como entre los opuestos psíquicos, tenemos así una gran narrativa de una historia de degeneración y aberración psicológica.

Curiosamente, la segunda mitad del artículo de Romanyshyn se centra en un poema de Percy Shelley, Manfred de Lord Byron, Frankenstein de Mary Shelley, y The Rime of the Ancient Mariner de Coleridge [La Balada del Viejo Marinero]– todas obras de principios del siglo XIX y, como tal, reflejo de la gran ruptura de la unio naturalis que ocurrió en ese tiempo y que fue percibida como una profunda conmoción por las mentes más creativas de la época. Es la conmoción absoluta para la mente poética sensitiva por lo que había ocurrido en la profundidad del alma (o en la profundidad de la lógica del mundo) en la época de estos escritores, lo que llevó a una primera interpretación de este cambio en términos de una atrocidad, de un crimen, así como el siglo XIX en general es el tiempo de la invención de las novelas de crimen y de detectives, que antes no hubieran sido posibles porque no habrían tenido ningún sentido, ya que el “crimen” –la disociación de la cópula del alma, la disociación entre los opuestos psíquicos– aún no había ocurrido. La unidad todavía estaba intacta. Sólo con este material poético del Romanticismo, la tesis de Romanyshyn sobre nuestra situación actual adquiere algún tipo de respaldo fenomenológico, ya que este material, en contraste con la perspectiva lineal, está en sí mismo implicado en la moderna condición disociada. Pero en vez de darse cuenta a partir de su propio material que la fisura decisiva había ocurrido al comienzo del siglo XIX, pretende verla como una continuación de lo que había comenzado en el siglo XIV. Y por supuesto, también interpreta el acontecimiento moralmente, desde el punto de vista del ego moderno, en lugar del punto de vista del alma objetiva, y toma literalmente y se apropia del malentendido inducido por la conmoción del comienzo del siglo XIX de aquello que había ocurrido como si fuera un crimen.

Imaginemos por un momento que fuera verdad todo lo que afirmó acerca de la Mente Espectadora y del “ojo despótico” a comienzo del Renacimiento –la conexión rota entre el cuerpo y el mundo, la exclusión de lo femenino y la oscuridad, la dicotomía entre interior y exterior, la huida de la tierra, el abandono de los sentidos y de la carne, etc. ¿Qué nos justificaría, en tanto psicólogos, a condenar eso? ¿Quiénes somos nosotros para decir que sabemos lo que es bueno o malo para el alma? ¿Tiene el alma que seguir nuestros ideales, nuestras ideas normativas de salud, de integridad, de unidad de lo masculino y lo femenino, y la conexión sentimental con el cuerpo y los sentidos...? ¿Somos nosotros los que decretamos el programa que el alma debería seguir en su historia, o acaso no estamos más bien en el extremo receptor, y simplemente debiéramos tomar nota de cómo se ha desarrollado y se desarrolla históricamente de hecho el alma, a fin de seguirla a partir de ahí? Creo que debemos dejar que cada nuevo acontecimiento y cada manifestación del alma nos enseñe de nuevo qué significa “alma” y “lleno de alma”. Cadidad [eachness] en lugar de definiciones estándares preconcebidas.

No hay ninguna buena razón, excepto nuestra propia ingenuidad aniñada (que no es una buena razón), por la que el alma en ciertos puntos de su historia no tendría que volverse intencionadamente unilateral e insistir, por ejemplo, en abandonar la tierra, separarse de la naturaleza, vencer la carne y los sentidos, desterrar lo femenino. ¿Por qué no tendría, en algunos momentos, que marginar ciertos aspectos? Es absurdo esperar que el alma siga nuestros principios modernos de corrección política. Toda esta insistencia en el curso equivocado de la historia sólo demuestra, citando a Jung otra vez, “la intensidad de nuestro prejuicio en contra del desarrollo actual, el cual queremos obstinadamente que sea como esperamos. Nosotros decidimos, como si supiéramos”. (Letters 2, p. 591, a Read, 2 Sept. 1960, adaptada). ¿No nos enseñó ya Pseudo-Demócrito que “La naturaleza se regocija en la naturaleza. La naturaleza se somete a la naturaleza. La naturaleza gobierna sobre la naturaleza”, en otras palabras, que es inherente a la dinámica del alma negarse y superarse, de modo que este volverse contra sí es parte de su hacer-alma?

Además, cuando se habla acerca del alma, ¿queremos decir el alma como algo realmente real en éste nuestro mundo real, en tanto que dinámica posiblemente implacable y terrorífica que sigue su camino sin preocuparse por nuestros deseos humanos y que a veces nos pone en apuros inesperados e indeseados, el alma como el espíritu mercurial dinámico en el desarrollo histórico efectivo –o tan sólo queremos decir un alma imaginada e ideal aparte, por encima y en contra del desarrollo real, como un segundo mundo, un ideal del ego –el alma como agradable y dulce, moralmente buena, con los opuestos luz y oscuridad, masculino y femenino, mente y materia siempre perfectamente equilibrados en el maravilloso sentido pop de “totalidad”, de modo que cualquier desviación de esta totalidad sólo podría ser un error humano y, por ello, psicológicamente equivocado (sin alma)?

En el artículo de Romanyshyn podemos sentir un gran deseo y esfuerzo para interpretar la historia de los últimos 600 años como un desarrollo equivocado. También vemos esta misma necesidad en Jung, el teólogo (no el psicólogo) (8), es decir, cuando acusa al cristianismo de unilateral, con la escisión radical de la sombra, el mal, la oscuridad, y lo femenino (lo cual, por cierto, es señal de que Jung simplemente se había resistido a seguir el movimiento lógico revolucionario del cristianismo más allá de la psicología del paganismo, y no comprendió de qué se trataba en realidad, no entró en el espíritu del cristianismo; en cambio enfocó este movimiento lógico con burdas categorías pre-cristianas; pero no es este nuestro tema aquí). Romanyshyn cita alegremente estos puntos de vista de Jung. Sin embargo, Jung, el psicólogo sabía que semejantes juicios de valor estaban fuera de lugar. Llamar equivocada o deficiente a una religión históricamente real es un ego-trip. En psicología las categorías de bueno o malo, correcto o incorrecto equivalen a una “escisión artificial de una sabiduría verdadera y una falsa”. Jung habla de sucumbir “al engaño redentor de que esta sabiduría era buena y aquella era mala”. (9) Con frecuencia ataca la vieja idea de omne bonum a Deo, omne malum ab homine, que sigue la misma lógica. ¿Por qué es una falsa ilusión de redención, un mecanismo de defensa? Porque al culpar un fenómeno real o un desarrollo del alma de ser malo, equivocado, unilateral, el ego logra salvar su propio ideal, sus ilusiones, su propio programa, su sistema de valores y sus categorías a fin de que no sean refutados y sublados por el desarrollo efectivo del alma e ipso facto elude el desafío psicológico del presente, la tarea psicológica con que lo confronta su propia localización histórica.

Como ya señalé, Romanyshyn afirmó que el desarrollo que discutió ha tenido un precio. Pero me parece que hace todo lo posible para evitar pagar realmente el precio, donde “pagar” podría entenderse tanto psicológicamente como literalmente. Psicológicamente significaría permitir, sin reservas ni resistencia, que la ruptura irrevocable de la unio naturalis o la pérdida del vínculo de unión entre los opuestos vuelva plenamente a casa, a la conciencia, en tanto que verdad del alma de la modernidad, permitiéndole operar, descomponer, y destilar la forma lógica heredada de consciencia, con sus expectativas tradicionales. Esto equivaldría a renunciar a la ilusión narcisista de que nuestra situación es sólo el resultado de un desarrollo equivocado, de nuestro escandaloso alejamiento del alma, de nuestro crimen (nostra culpa, nostra maxima culpa), así como a renunciar a la ilusión del unus mundus. Literalmente significaría hacer frente, por ejemplo, al derretimiento de los casquetes de hielo sin pestañear (10) y comprendiendo que nuestra respuesta a esta amenaza sólo debe ser sobria y pragmática (tecnológica, científica, racional), con los pies sobre la tierra, sin ningún tipo de aura superior de comportar un significado para el alma.

Pero Romanyshyn procede en sentido contrario. Comienza con el derretimiento del hielo (o con la perspectiva de un invierno nuclear) y lo reconoce a priori como un corpus delicti, la prueba de un delito. En otras palabras, la suya no es una consciencia psicológica, fenomenológica, sino una conciencia criminológica y, naturalmente, un corpus delicti estimula inmediatamente los intereses de tal conciencia por ¿Quién tiene la culpa? Después de una búsqueda cuidadosa de “pistas” y “huellas”, a la vez “carbono y lunar”, dejadas por el delincuente y que ahora “nos conducen al derretimiento del hielo”, se encuentra al sospechoso culpable y se le arresta rápidamente: es la Mente Espectadora con su ojo despótico que, siendo aún joven, durante el comienzo del siglo XV con la invención de la perspectiva lineal –supuestamente– cometió el primer delito de un largo historial criminal.

Sin embargo, un buen policía, (a) no sólo atraparía a los que hacen el trabajo sucio, sino que intentaría atrapar al cerebro detrás de toda la operación, y (b) no arrestaría arbitrariamente a cualquiera de los sospechosos habituales, sino que identificaría al verdadero culpable. En cuanto a (a), si el “delito” es el distanciamiento de la tierra y la aparición en la historia de la Mente Espectadora, para encontrar el “cerebro detrás de todo” un buen detective tendría que retroceder a Adán y Eva y a su pecado original –al momento de la hominización, es decir, de la emergencia inicial de una consciencia reflexiva, una emergencia que equivale a lo que en la jerga mitológica se llama la expulsión del paraíso. Desde el momento mismo en que el homo sapiens se volvió humano y comenzó a hablar, como zôion logon echon, ya había abandonado la “proximidad sensual a las cosas”, también había aprendido a “matar a distancia”, y vivía, muy por encima de “la tierra”, en el lenguaje, el mito, las ideas, los conceptos. Ya entonces y no sólo a partir del 1400 A.C. en adelante “el mundo (se volvió) un doble de sí mismo, de modo que lo que [la mente] piensa acerca del mundo es lo que el mundo es”. Así es como siempre fue. El alma es “in-natural” desde el inicio. Si no fuera “in-natural”, si ella misma fuera una parte de la naturaleza, no habría alma en absoluto. Como Jung nunca se cansaba de señalar, estamos encerrados sin remedio en un mundo exclusivamente psíquico (ej., MDR p. 352, CW 8 § 680); vivimos en imágenes, y sólo vemos el mundo a través de ellas. Lo que ha pasado posteriormente en diferentes momentos a lo largo del curso de la historia, como durante el Renacimiento, ha sido sólo el ulterior despliegue de este “pecado original”, si se quiere considerarlo un pecado. (11)

En la medida en que este “pecado original” es el hecho de la hominización, “el pecado” en este caso no es una categoría moral, sino lógica, el haberse ya-siempre salido lógicamente (no biológicamente) del estado animal por parte del hombre o, en términos mitológicos, la expulsión del paraíso de la existencia animal; este no es un hecho particular, sino la naturaleza misma del hombre (en tanto que logon echôn), parte de la lógica de ser humano. Es inherente a la idea misma de pecado original el que sea inevitable, tiene que ser soportado por cada ser humano como un hecho que está absolutamente fuera de nuestro alcance, porque es nuestro a priori lógico.

Y en cuanto a (b), el problema psicológico real de una escisión en la lógica misma de nuestro ser-en-el-mundo, de la pérdida de la cópula que une cielo y tierra, hombre y naturaleza, etc. ocurrió tan tarde como a comienzos del siglo XIX después del final de la metafísica occidental y junto con la Revolución Industrial, y no antes. De modo semejante, es inherente al concepto mismo de esta ruptura histórica el que a la vez sea inevitable y esté fuera de nuestro alcance, porque es una ruptura provocada por el alma objetiva y equivale así, como se indicó, a un cambio radical en la constitución lógica de nuestro moderno ser-en-el-mundo. No hay posibilidad de retroceder más allá de la pérdida radical de la mater natura ni más allá de la conexión rota entre los opuestos psíquicos provocada por esta ruptura histórica ni tampoco hay posibilidad de deshacerlas o corregirlas. Las cartas del juego de la vida han sido barajadas nuevamente para nosotros por el alma, y son las únicas cartas que tenemos. Como siempre fue, lo es hoy para nosotros: tenemos que ponernos a prueba en esta nueva situación. Hic Rhodus, hic salta. Es todo lo que hay. Lo demás es deseo ilusorio y especulación ilícita.

Contra el fondo de este contraste, se vuelven claros la función y el logro de la condenación moralista, por parte de la mente criminológica, de la escisión (que fue un acontecimiento en la historia del alma) como si fuera un supuesto hacer (la “disolución” por parte de la Mente Espectadora de la tensión entre la mente y la naturaleza y su “alinearse del lado de la mente escindida de la naturaleza”), y la búsqueda de un criminal responsable de esta acción. Es el deseo de revivir lo que supuestamente se perdió o destruyó por la invención de la perspectiva lineal.


Arrepentimiento

La tarea y el propósito de la policía es asegurar y restablecer el viejo orden. El equivalente psicológico de la policía, la mente moralista y criminológica, tiene en la misma medida la tarea de rescatar una consciencia obsoleta. En el caso de nuestro material, la condena moralista tiene la función psicológica de interpretar lo ocurrido como causado meramente por una actitud falsa, por puntos de vista falsos. En la medida en que las actitudes y los puntos de vista son sólo percepciones o interpretaciones del ego, perspectivas e ideas humanas, son sólo un añadido a la realidad. Se producen en y pertenecen al ego, al intelecto humano, pero no reflejan necesariamente la verdad. Dado que según Romanyshyn lo que ocurrió fue simplemente causado por puntos de vista falsos, la verdad subyacente no se ve realmente afectada, sino sólo oscurecida, olvidada, descartada e ignorada, equivocada. Así que lógicamente, en el alma, no sucedió realmente la ruptura de la unión entre la mente y la materia. En el fondo, el viejo orden, la conexión, el unus mundus, todavía existen intactos, y sólo haría falta “cambiar radicalmente nuestra visión del mundo”. La función de este moralismo es preservar el sueño del paraíso no del todo perdido, el sueño de la unidad de la mente y la materia, del hombre y la naturaleza, de la luz y la oscuridad. Para que este sueño se vuelva poderoso, es necesaria conceptualizar la historia como un desarrollo defectuoso y moralmente malo. Porque sólo si hay pecado –en este caso el pecado del “sueño” por parte de la Mente Espectadora de una espiritualidad ideal, de poder, control e imperio dominante sobre las fuerzas del mundo natural, del abandono de la tierra, etc.– habrá entonces necesidad de arrepentimiento. Y sólo en la prédica del arrepentimiento se hace psíquicamente efectivo el nuevo sueño, el sueño de que no ha habido una ruptura en la lógica objetiva del mundo y de que el mundo continúa sin estar escindido.

El sueño de Romanyshyn es un sueño opuesto a lo que él piensa que fue el “sueño” de la Mente Espectadora, del cual dice, “Somos los herederos de ese sueño”. Pero el suyo, creo, no es sólo un sueño opuesto al anterior “sueño”, también es un sueño que va contra los hechos mismos, una ego ficción vacía sin ninguna base psicológica, fenomenológica. Tan sólo deseos ilusorios. Un nuevo sistema de creencias o ideología.

San Juan Bautista predicaba, “Arrepentíos; porque el reino de los cielos está cerca”. (El griego tiene para “Arrepentíos” metanoeite: “¡volved atrás!, cambiad radicalmente vuestras mentes”.) Romanyshyn predica: debemos modificar radicalmente nuestros puntos de vista: porque el derretimiento de los casquetes polares está muy cerca. Y así como los predicadores medievales del arrepentimiento aprovechaban alegremente las terribles plagas epidémicas en su tiempo para presentarlas como una clara señal del castigo de Dios por nuestros pecados y como prueba del inminente fin del mundo, así Romanyshyn usa el derretimiento del hielo como prueba del delito de la Mente Espectadora y como una amenaza apocalíptica que da fuerza a su llamado al arrepentimiento.

Escuchemos un poco de su sermón. “No puede haber solución a esta crisis sin algún cambio radical en la actitud fija de la Mente Espectadora, ... ninguna solución sin ... algún tipo de ego-cidio ... Para que esta transformación tenga lugar, tendremos que desarrollar nuevos rituales que hagan sitio para lo que ha sido desechado e ignorado ...” Quién habla aquí es claramente el ego activista, la mente tecnológica. Hay una voluntad de cambiar las cosas, de solucionar el problema, de corregir y mejorar (si no salvar) al mundo. Este impulso, por supuesto, es muy normal (por ejemplo, también se muestra claramente en el título del libro de Hillman y Ventura, citado por Romanyshyn, Hemos Tenido Cien Años de Psicoterapia– y el Mundo Va Peor), pero no es un impulso psicológico; incluso es incompatible con la psicología y la psicoterapia (verdaderamente psicológica). ¿Qué ha de hacer un psicólogo –en tanto que es realmente el representante del punto de vista del alma– si el mundo empeora o mejora? El psicólogo sabe que no es el curador, el hacedor. Tan solo acompaña y “sirve” al proceso real. Sabe que si ha de haber una curación que merezca tal nombre tiene que venir del alma, ser el trabajo del alma misma.

Aunque el mismo Jung no siempre está libre del impulso a salvar el mundo, sin embargo, expresó la actitud psicológica muy claramente cuando dijo, “deseamos ver el mundo tal como es y dejar las cosas en paz. No queremos cambiar nada. El mundo está bien tal como es.” (CW 18 § 278). El mundo está bien tal como es, incluso ante el derretimiento del hielo y otros posibles desastres. Esta afirmación sobre la bondad del mundo no es ni un signo de ceguera total hacia la enfermedad, la miseria, los peligros, todo lo que está mal en el mundo, ni un dogma religioso o una afirmación metafísica, sino simplemente una articulación del principio psicológico, psicoterapéutico, metodológico, así como ético, de dejar las cosas en paz, abstenerse de inmiscuirse en el proceso entrometiéndonos con nuestras normas morales, recetas, deseos o activismo. Así como el zapatero debe dedicarse a sus zapatos, el psicólogo debe dejar que el alma haga su propio trabajo, ya sea patologizando o curando una patología. Esa máxima de Jung aplicada también al trabajo en la consulta se destaca en su repetida narración de que cuando los pacientes angustiados le preguntaban qué tenían que hacer, él solía contestar que tampoco lo sabía y que lo único que podían hacer era mirar y atender los sueños. El psicólogo no es un arreglador de entuertos, ni un político, un técnico, un ingeniero social, ni un sanador ni salvador, un educador o un reformador, no es un bienhechor. Es sólo un “cuidadoso observador” y servidor a los productos y procesos del alma, sin un programa propio de salvación.

Sólo el ego quiere soluciones. Sólo el ego puede pensar que nosotros tenemos o debemos desarrollar rituales. Un psicólogo sabe que los verdaderos rituales tienen que venir del alma, de la psique objetiva, a fin de que sean rituales en primer lugar. Al igual que los dioses, los rituales no están hechos por nosotros, no son invenciones nuestras. ¿Y cómo podríamos desarrollar rituales si su propósito es primero hacer sitio para lo que es la condición a priori de la posibilidad misma de los rituales, es decir, la conexión perdida? Una petitio principii. Sin la cópula entre los opuestos, sin la conexión viva real entre lo sensible y lo nocional, cualquier pretendido ritual sólo podía ser una ego ceremonia vacía. Sin embargo, para Romanyshyn nosotros tenemos que hacer esta conexión. “El derretimiento del hielo es un síntoma que requiere una vez más que atravesemos el bache entre adentro y afuera.” Pero los puentes del alma no se pueden hacer. Son puentes lógicos. Y si no existen para nosotros, como es el caso en la modernidad, entonces todos nuestros intentos de reducir la brecha son acrobacias improductivas a un lado de ella. Un Pontifex maximus sólo puede construir puentes que ya existan lógicamente y que le permitan estar lógicamente en ambos lados a la vez.

“Tendríamos que”, “no puede haber solución sin”: retóricamente formas suaves de expresar un mandamiento, un “Tú debes”. Aquí está hablando el ego; y este ego, con su exigencia de un cambio radical también constela sólo el ego en el lector y a él le habla; y además intenta imponer su propio programa egoico en este último, del mismo modo que surgió de una emoción egoica (la angustia) y enfocó a su tema con ego-moralismo. Esta postura es puro ego, un ego completamente envuelto en sí mismo. El alma no figura aquí. En todos los aspectos es lo opuesto mismo de la postura de la psicología: la psicología como la escucha cuidadosa del habla del alma a sí misma sobre sí misma y sólo por su propio interés (no a nosotros y sobre nosotros o sobre el mundo y por nuestro bien, nuestra mejora.) “En los mitos y cuentos de hadas, como en los sueños, el alma habla acerca de sí misma, y los arquetipos se revelan en su interacción natural, como ‘formación, transformación / eterna recreación de la Mente eterna’” (CW 9i § 400, traducción modificada).

No es de extrañar que un punto de vista que está tan exclusivamente arraigado en el ego aparezca con la exigencia de un ego-cidio. Esta idea sería absurda en esa posición que inspiró la frase de Jung recién citada, porque en ella el ego, desde el principio, no figura para nada. El ego se había retirado por completo. Esta postura fue psicológica desde el comienzo. Había tomado su posición sobre el punto de vista del alma. Pero el hecho es que el ego-cidio requerido no cambiaría nada, no podría alcanzar su objetivo. De ningún modo pondría fin al ego y nos llevaría a la tierra del alma. Paradójicamente, un ego-cidio sólo confirmaría y fortalecería una vez más ese mismo ego que se pretende matar, porque toda esta fantasía es en sí misma una movida desesperada del ego, de una mentalidad que resuelve los problemas técnicamente. Sólo se puede llegar al alma si ya se está en ella, si se ha comenzado con ella, si se ha dejado atrás el ego.


La quinta columna del ego socavando la psicología desde dentro.

Pero el alma no es la preocupación de nuestro autor. No tiene ningún interés en la “interacción” auto-contenida, que Jung, con una alusión poética, caracterizó como “eterna recreación de la Mente eterna”. Esta alma está fundamentalmente “ausente”, distante, fría. E incluso requiere distancia. Por el contrario, Romanyshyn quiere nuestra implicación inmediata con los hechos de este mundo, la crisis ecológica.

“El derretimiento del hielo es, en términos de Al Gore, ‘una verdad incómoda’ porque el alma y su discurso sintomático siguen siendo una verdad incómoda.” Puedo dejar pasar que un político llame “verdad” al derretimiento del hielo polar. Pero en psicología éste sería un uso frívolo de la palabra. El derretimiento del hielo no es una verdad, sino un hecho empírico externo, una positividad. Sin embargo, el propósito mismo del artículo de Romanyshyn, es precisamente el de anular la diferencia psicológica entre las verdades del alma y los hechos externos de la naturaleza, como podemos ver en la declaración citada acerca de la verdad incómoda, que trata de sugerir que el derretimiento del hielo es el “discurso sintomático” del alma, así como también en las últimas frases de su artículo: “El inconsciente colectivo arquetipal en el centro del derretimiento del hielo es una verdad incómoda. Pero es una verdad que no podemos permitirnos ignorar. La psicología profunda tiene una obligación especial hacia esta verdad.”

¡Un hecho de la naturaleza, así como así, se vuelve una expresión del inconsciente colectivo arquetipal, y, atención, ésto no se debe a ese principio de conexión al que Jung llamó sincronicidad, raro, misterioso, ya que está definido como acausal, sino directa y, según el autor, obviamente provocado por las actitudes y el comportamiento humano! Aquí un hecho positivo de la naturaleza no ocurre simplemente como un acontecimiento, sino que también habla, como el alma en tiempos animistas, mágicos, o mitológicos hablaba a través de rayos, árboles, ríos, el vuelo de las aves, terremotos. En lugar de ver el derretimiento del hielo como una consecuencia no intencional del comportamiento humano, se lo reclama inmediatamente para el alma, como la voz del inconsciente colectivo arquetipal. Yo llamaría a esto una superstición o un engaño. Sin ninguna necesidad, lo que puede explicarse plena y satisfactoriamente como consecuencia práctica de determinadas acciones a largo plazo (12) se infla con la importancia del alma. Aquí incluso el fundador de la teoría del inconsciente colectivo arquetipal sentiría la necesidad de aplicar la navaja de Occam (principia non sunt multiplicanda praeter necessitatem).

Pero malinterpretaríamos a Romanyshyn si viéramos ésto como un desliz. No, este es su programa. Quiere reducir y retrotraer la relación entre el hombre y el alma a un nivel positivista, el nivel de la relación entre la actitud interior y el hecho exterior. Un síntoma elocuente de esto es su empleo de la idea de un Axis Mundi.

“Los casquetes de hielo polar son el Axis Mundi del mundo y las Regiones Polares del alma.” Es extraño que se diga que los casquetes de hielo, amplias y gruesas masas de hielo, sean un “eje”, algo lineal que normalmente atraviesa y conecta dos ruedas o, en sentido figurado, también dos regiones o acaso dos polos. Pero es muy posible que esta extraña mezcolanza de imágenes sea ya indicativa de una tendencia en el artículo de Romanyshyn a identificar una idea imaginal o lógica con la materialidad espesa de un hecho externo, y a embutirla en ella. El Axis Mundi es en realidad una idea mitológica muy antigua, santificada y casi universal, de un árbol cósmico que atravesaba las tres regiones del cosmos: el inframundo, la tierra y el cielo, y que por encima de todo a la vez conectaba y separaba (¡distanciaba!) el cielo y la tierra. Por supuesto, este árbol no existía en ninguna parte como una realidad biológica positiva en la naturaleza. Era exclusivamente propiedad de la mente, una realidad imaginal que era el equivalente mitológico antiguo de la cópula lógica ulterior que conectaba y separaba sujeto y predicado, lo particular y lo universal. En la versión de Romanyshyn el Axis Mundi se embute en la realidad geográfica o geológica literal de la Tierra, los casquetes de hielo positivamente existentes. Los arquetipos están ahora ahí afuera en las cosas reales.

Esta positivización es un problema. El otro problema es que ahora el Axis Mundi ya no mantiene más apartados y conectados dos reinos lógicamente diferentes, tierra frente a cielo, lo particular frente a lo universal. La tensión entera ha desaparecido. Se ha cancelado la diferencia psicológica. Las regiones polares de la Tierra son “el Axis Mundi del Alma del Mundo”. Ha desaparecido de este planteo toda la dimensión del cielo, la mente, el logos, la trascendencia, Dios. El Axis Mundi se ha vuelto chato, terrenal, absolutamente sinsentido. Ya no tiene ningún otro. Con la pérdida de su función de puente de los opuestos psíquicos también ha perdido su alma. Si todavía separa y conecta dos “opuestos”, son las realidades literales de los casquetes de hielo polar, que son dos veces la misma cosa, sólo que en lugares diferentes de esta Tierra empírica factual.

A propósito del tema de la interpretación de los sueños Jung una vez dijo, “...vemos que detrás de las impresiones de la vida cotidiana –detrás del escenario– aparece otra imagen, cubierta por un delgado velo de hechos reales. A fin de comprender los sueños, debemos aprender a pensar así. No debiéramos juzgar los sueños a partir de las realidades, porque a la larga eso no lleva a ninguna parte”. (13) Lo mismo se aplica a toda interpretación psicológica. Sin embargo, nuestro autor ve las piezas importantes de la poesía del período Romántico, a las que se consagra, y la invención de la perspectiva lineal, precisamente a la luz de las realidades actuales comunes, y a la inversa, aplica los motivos poéticos directamente a nuestros hechos empíricos modernos, como si “hielo” en un sentido y “hielo” en el otro fueran la misma cosa. Es su expreso propósito “unir ese bache entre interior y exterior”, proclamar que “El problema ecológico ... es un problema psicológico...”, y su angustia ecológica es su psicopompos, su único puente, declaradamente así: “en este momento de angustia, sé, de un modo que aumenta su inquietud, que el derretimiento del hielo es más que un problema razonable...” “No podemos encerrar el derretimiento del hielo dentro de los límites de nuestras ideas tecnológicas y tratarlo sólo como un problema que está ahí fuera.” Como ya hemos visto, los casquetes polares SON para él, muy literalmente, las regiones polares del alma. El alma es un hecho literal ahí afuera. Ahora está enterrada en mater natura, o mejor aún, no en la divina Madre Naturaleza de antaño, sino en la moderna realidad física. Lo que para Jung todavía era un delgado velo de hechos reales, se ha solidificado completamente y se supone tel quel que es el alma, como impresiones prima facie de la vida cotidiana. Y así, el nuevo bache a franquear ya no es entre cielo y tierra, Dios y mundo natural, lo universal y lo particular, sino, de un modo completamente secular y positivista, entre dentro y fuera.

En cuanto a lo que sucedió en el Renacimiento a diferencia de la antigua Edad Media, Jung escribió que la meta celestial fue cambiada por una terrenal y la orientación vertical del estilo Gótico se transformó en la horizontal del descubrimiento del mundo y de la naturaleza. Y supone que este cambio condujo a través de la Ilustración francesa y la Revolución francesa directamente a nuestra presente condición claramente “anticristiana” (CW 9ii § 78). Aunque no creo que esta concepción haga justicia a la psicología de este cambio, en la superficie esta es una descripción adecuada, y la menciono aquí porque nos puede servir como una imagen de lo que le ocurrió al Axis Mundi en manos de Romanyshyn. Es un cambio de verticalidad (cielo–tierra) a horizontalidad (los polos de la Tierra, así como interior–exterior, sujeto–objeto, consciencia–mundo natural).

La diferencia psicológica no es entre interior y exterior, lo cual es sólo un problema del ego, un problema de la psicología personalista y también de la “psicología ecológica” (que es un oxímoron, o incluso una completa contradicción en los términos). ¿Cómo podría interior/exterior ser un problema para una psicología basada en la idea de que “el alma habla sobre sí misma, y los arquetipos se revelan en su interacción natural, como ‘formación, transformación / eterna recreación de la Mente eterna’”? Tal psicología descarta toda la cuestión interior/exterior, y con ello, tanto el interior como el exterior. Porque “interior” es lo opuesto de, y como tal depende de lo “exterior”, lo que está “adentro” es en sí mismo ineludiblemente externo e inadecuado para una psicología que se define como la disciplina de la interioridad. Una “psicología ecológica” hace incluso de la exterioridad –en términos recién citados de Jung, la orientación horizontal, terrenal, las banalidades de la vida cotidiana– su mismo principio. Festeja exclusivamente los intereses del ego por su propia supervivencia y por la de la Tierra, y los transfigura como si fueran un interés del alma, erosionado así el concepto mismo de alma. La interioridad de la psicología es absoluta, es decir, absuelta, liberada de toda la oposición interior-exterior. Se produce mediante el proceso metodológico de la interiorización absoluto-negativa de cualquier fenómeno que resulte ser de interés psicológico, dentro de sí mismo, dentro de su concepto, de su alma.

Por lo tanto, las imágenes del alma tienen todo lo que necesitan dentro suyo. No se refieren a nada fuera, solamente a sí mismas. La diferencia psicológica correctamente entendida es, por ejemplo, la diferencia entre “el delgado velo de los hechos reales” y “la otra imagen que asoma detrás de ello”, o aquella entre aurum nostrum y aurum vulgi, y así también entre “nuestro hielo que se derrite” y “el hielo que se derrite, en tanto que problema ecológico”.

Pero el nuevo dogma es precisamente: aurum nostrum ES aurum vulgi y el problema ecológico ES un problema psicológico (y viceversa), el derretimiento del hielo ES en sí mismo “un síntoma y un sueño”. Este es el dogma de una doctrina de salvación secular, pero pseudo-religiosa, cuyos componentes estériles son inflados y avivados solamente por las emociones del ego y por los deseos del ego de darles la apariencia de verdad. Emociones: miedo, desesperación, esperanza, condena moral, sentimientos de culpa. Deseo: que nuestra chata realidad positivista sea “más que un problema razonable”, más que consecuencias no buscadas. La exigencia de MÁS como sustituto de la diferencia psicológica eliminada, de la interioridad absoluto-negativa, de la verticalidad del alma y de lo que hay “detrás del escenario”. Más significa: que lo que por definición se reconoce secular y sistemáticamente como un problema externo (“afuera”) sin embargo debe tener un aura religiosa, y lo nihilista debe tener una profundidad de significado.

La respuesta psicológica a este deseo sería que el alma (como lo que está detrás de las impresiones de la vida cotidiana, detrás del escenario) nos haría dar cuenta de que el derretimiento del hielo afuera es “¡sólo eso!”, sólo uno de los hechos empíricos o de las banalidades de la vida que forman el “delgado velo” de Jung.


Salvación

El objetivo último del artículo de Romanyshyn es cultivar el sueño de la posibilidad de salvación (psicológica), la posibilidad de restaurar y revivir todo lo que se perdió y se destruyó por la Mente Espectadora. Nos enteramos con más detalle de que todo puede ser restaurado, porque se nos dice que el derretimiento del hielo no es sólo una amenaza terrible, sino también

“una oportunidad de curar la escisión entre la mente y la naturaleza, una oportunidad para reanimar una sensibilidad estética que deshiele la conexión sentimental que se ha perdido..., una oportunidad de recordar el principio femenino en la obra de la creación, una oportunidad de recuperar un sentido de lo sagrado dentro de una espiritualidad integral que honre la oscuridad en la luz, y una oportunidad para restablecer la actitud simbólica que ... pueda reconocer en la dificultad [alusión a The Rime of the Ancient Mariner de Coleridge [La Balada del Viejo Marinero]] lo extraordinario en lo común, el milagro en lo mundano, lo numinoso en la naturaleza.”

Kitsch típico de la new-age. Aquí se reúnen todos los lemas a la moda de la variedad ecológica de la psicología pop.

Así se nos dice que ahora tenemos todas estas oportunidades maravillosas. Pero, ¿qué tiene que ofrecer el autor para respaldar sus enormes promesas de salvación, aparte de su sermón dirigido al ego, a fin de que se arrepienta, para que “cambie radicalmente nuestra visión del mundo”? ¿Qué tiene para mostrar que eleve todas estas maravillosas oportunidades más allá de meras ilusiones y las transforme en oportunidades reales, opciones concretas, cuyas condiciones de posibilidad se ofrezcan? ¿Dice cómo podríamos de hecho alterar radicalmente nuestra visión del mundo y cómo podríamos realmente lograrlo? Porque obviamente, no podemos cambiar nuestros puntos de vista como cambiamos nuestras chaquetas. Los puntos de vista están profundamente arraigados en nosotros, en nuestras instituciones, y en toda la organización de la vida social. Jung podría haber dicho: no tenemos estos puntos de vista, ellos nos tienen.

Aparte de la culpa por lo que considera un desarrollo equivocado y aparte de la llamada al arrepentimiento, no se oye nada que dé realidad convincente a las supuestas oportunidades mencionadas, a menos que se considere que es algo la elucubración de un “mundo del alma inconsciente y profundo del unus mundus, donde psique y materia sean uno”. Pero esta idea no hace más creíbles esas oportunidades. Tanto “el inconsciente” (por no hablar de un inconsciente “profundo”) y el unus mundus son ficciones, afirmaciones “metafísicas” sin fundamento empírico o fenomenológico, clichés irresponsables que aparecen aquí sólo como un deus ex machina. Puesto que hablo como psicólogo y no como metafísico, por supuesto no pretendo sostener por mi parte que no sería posible que en algún punto de la historia futura resultara que psique y materia, de algún modo, sean una. Simplemente no tengo conocimiento sobre ese tema en cualquier sentido, y no es asunto mío en absoluto, puesto que la tarea de la psicología es dedicarse a lo que realmente se muestra (se ha mostrado) por sí mismo. Pero en nuestra situación actual está completamente fuera de la cuestión que yo afirme frívolamente la unidad de psique y materia cuando, en esta nuestra situación actual, esta idea es contraria a nuestra experiencia real y permanece absolutamente especulativa, mera ideología, una cosa-pensada. (14) Al confiar en este producto espurio de los deseos ilusorios del intelecto, el mismo Romanyshyn precisamente, “[se] pone del lado de la mente separada de la naturaleza”, ¡separado de lo real! Los deseos del ego de retour à le paradis de la unidad absoluta se nos dan como “el fundamento profundo de la existencia, el mundo del alma inconsciente y profundo del unus mundus, donde psique y materia sean uno”. Se reemplaza el bache efectivamente existente por una afirmación, una creencia ideológica.

Este nuevo sistema de creencias suyo ES su abandono a la misma “atracción hacia el aturdimiento, a quedarse dormido, ... a buscar ... soluciones fáciles”, las cuales él decía que quería resistir. Porque la “solución” más fácil es entregarse al pensamiento ilusorio y convertirlo en una doctrina. Es el volverse inconsciente de la consciencia.

Hay un pasaje en su texto en el que parece darnos una pista acerca de cómo se imagina posiblemente que se vería la escisión curada. Habla de lo que llama la “gnosis negativa de una sensibilidad metafórica” que “responde a esta influencia desestabilizadora del inconsciente. Es una alquimia lingüística, que siempre disuelve la certeza del ‘es’ en las posibilidades del ‘no es’ y por lo tanto sostiene la tensión entre la arrogancia dogmática de la mente fija y la desesperación cínica de la mente postmoderna”. Esto me suena muy semejante a la posición del último hombre de Nietzsche, quien, por cierto –Romanyshyn se alegrará– parpadea (en contraste con su “ojo despótico” que no parpadea). El ideal aquí es: un poquito de ésto y un poco de lo opuesto, de “es” y “no es”, de “arrogancia dogmática de la mente fija” y de “la desesperación cínica de la mente postmoderna”. Es el truco de oscilar una y otra vez entre dos posiciones rígidas desconectadas, tomando partido por la una en contra de la otra y viceversa, y creando así la impresión de flexibilidad y de vida. Es este “ondular” lo que él llama “sensibilidad metafórica”.

La ondulación es la manifestación de que el yo se reserva. No se compromete con ninguna posición, lo que le expondría destinalmente a la negación que proviene de su propio opuesto interno. En cambio, el yo permanece distante, sin implicarse, y mantiene su sitio ante las dos posiciones como un tercer partido separado, que así se ve libre para alternar a voluntad entre ellos, intocado. Dado que el yo sólo oscila de aquí para allá, preserva el “es” y el “no es” en su forma inicial, bloqueándolos firmemente en una oposición no-dialéctica, e impidiendo su posible choque y con ello la resolución de la contradicción. El dogmatismo de la mente fija aquí se preserva intacto, igual que el de la mente cínica postmoderna allí; de hecho, el ego se subscribe a ambas posiciones (alternativamente), pero a la vez se mantienen abstractas, sin-yo: para nada mentes reales, sino posiciones teóricas abstractas. Puesto que el yo no toma posición, no se pone a juego y se adhiere a su dogmatismo (o, conversamente, a su cinismo) como su propia posición, no puede ni debe morir como yo dogmático (o como yo cínico, respectivamente) para de este modo volverse un yo verdaderamente psicológico. El yo psicológico no es dogmático (no se complace, por ejemplo, en ideologías como la del unus mundus) y no es cínico (no oscila entre posiciones sin comprometerse). Es comprometido, determinado. Hic Rhodus, hic salta. Pero sabe que la posición que toma con determinación es “¡únicamente (tan sólo) ésto!”: éste punto de vista personal del yo mortal hoy.

He mencionado que el artículo de Romanyshyn termina con una nota más bien pesimista, “casi desesperada”. Se pregunta, “¿Hay aún tiempo para enfocar el derretimiento de los hielos polares del mundo como un síntoma y un sueño?” Probablemente no. Pero creo que sea como fuere, sólo es de importancia subjetiva, psíquica. Independientemente de que suceda de hecho, todo lo que importa psicológicamente es que ha establecido y confirmado para sí la creencia en la unio naturalis como una posibilidad presente y ha descuidado la escisión realmente existente condenándola como falsa. Que se cumplan o no las posibilidades que él ve es indiferente psicológicamente. Una idea o una ilusión, tal como el sueño de la unidad con la naturaleza, es psicológicamente “verdadero” en la medida en que existe. No necesita corroboración por los hechos. Aún si esta creencia fuese refutada por la realidad y tuviese que haber total desesperación en el plano psíquico (es decir, para la ego personalidad) –en el plano psicológico, para la salvación del alma (siempre que ésta se inclinara así), bastaría perfectamente con que se sostenga y se difundan la ideología eco-psicológica de esas posibilidades.

© Wolfgang Giegerich


Notas

(1) Robert D. Romanyshyn, “The Melting Polar Ice: Revisiting Technology as Sympton and Dream" (El derretimiento del hielo polar: revisando La Tecnología como Síntoma y Sueño), en: Spring, A Journal of Archetype and Culture, vol. 80, Otoño de 2008.

(2) C.G. Jung. Nietzsche's Zarathustra. Notes of the Seminar Given on 1934-1939. (El Zaratustra de Nietzsche. Notas del Seminario Dado en 1934–1939), ed. por James L. Jarrett, vol. 2, Princeton University Press 1988, pp. 1497f.

(3) Obra citada vol. 1, p. 158.

(4) “Lamento”: Jung probablemente estaba pensando en bedauern del alemán que puede significar tanto “lamentar” como “sentir pena por”.

(5) Letters 2, p. 333, para Arnold Künzli, 16 de Marzo de 1943.

(6) Yo diría, pagar ese precio.

(7) Mucho tendría que decirse acerca de estas cosas, pero en la medida en que lo que yo quiero mostrar es otro tema, tendré que dejarlo en estos pocos indicios.

(8) James Hillman fue probablemente el primero en marcar la diferencia significativa entre la teología de Jung y su psicología.

(9) CW 9i § 31, traducción modificada.

(10) Curiosamente, Romanyshyn acusa al “ojo despótico” de la Mente Espectadora de no parpadear (que, por cierto, no es convincente, en vista de lo que vemos en el grabado de Durero; no hay ninguna razón por la que el artista pintado no pudiera parpadear). La condenación de “no parpadear” va de acuerdo con que no enfrente nuestra situación sin estremecerse.

(11) En la p. 107 Romanyshyn escribe: “Mi punto, por lo tanto, no ha sido que sólo con el desarrollo de la perspectiva lineal ha surgido esta capacidad [de distanciarse de la naturaleza]. Por el contrario, mi punto ha sido que con ese desarrollo hemos transformado una posibilidad en una metafísica, una condición en un método, ...” Este comentario aparece inserto en una discusión sobre el motivo de la flecha en El Viejo Marinero, después de unas 27 páginas (de las 34) de tratar de convencernos de que esta capacidad sí surgió con el desarrollo de la perspectiva lineal. Su punto sin duda no fue lo que ahora de repente pretende, pretensiones a modo de un mero pensamiento ulterior requerido por el repentino reconocimiento de que las flechas y la matanza a distancia preceden por milenios a la invención de la perspectiva lineal. Si este hubiera sido su punto de vista (y así “por el contrario”), tendría que haber habido algún rastro de ello antes, mejor dicho, tendría que haber comenzado con ello y describir el “sueño” de la perspectiva lineal contra el telón de fondo de esta verdad siempre predominante de la condición humana, lo cual lo habría mostrado bajo una luz muy diferente. Pero él hace lo que puede para hacer que aparezca como absolutamente singular aquello que comenzó con la perspectiva lineal. Y además, la distancia de la naturaleza no era una “posibilidad” sino que es la realidad humana, y la metafísica es la reflexión y la articulación de la verdad interior del modo real de ser-en-el-mundo (y la constitución lógica del mundo) en una época histórica determinada y no algo que “nosotros” hagamos a partir de una posibilidad.

(12) Que el derretimiento del hielo esté provocado por las acciones humanas parece ser por lo menos, lo que la mayoría de los científicos piensan.

(13) C.G. Jung, The Visions Seminars, De las Notas Completas de Mary Foote, Libro Uno, Zürich (Spring Publications) 1976, Primera Parte (Lecciones Octubre 30 – Noviembre 5, 1930), pp. 7f.

(14) El hecho mismo de que aunque cambiáramos radicalmente nuestra visión del mundo no haría ninguna diferencia respecto al derretimiento del hielo, apunta a la desunión realmente experimentada de psique y materia.