Jung y el programa de una "vida simbólica"

Fragmento de una clase dada por Enrique Eskenazi acerca del pensamiento de Wolfgang Giegerich. 2009. Transcripción Alejandro Bica.


A diferencia del mundo egoico, donde “la psicología” ha de responder a las inquietudes personales, ha de sustituir a las religiones, ha de dar una dirección espiritual a la vida, la psicología como la propone Giegerich, que corresponde a este estadio de la consciencia, no tiene nada que ver con las inquietudes del individuo -que han perdido importancia en términos de decisión histórica- sino que tiene que ver con un conocimiento desapasionado, -no no-apasionante, apasionante, sí, pero desapasionado- desinteresado, en una búsqueda de la verdad, y no con un intento de resolver problemas “trascendentes” y del “individuo”.

En Jung la psicología viene a suplir a la religión. Para él “los dioses hoy se han vuelto síntomas”, entonces hoy ya no puedo buscar a los dioses ahí afuera porque dónde están los dioses es dentro, en la psique. Hacer psicología analítica es, por lo tanto, estar en contacto con los dioses tal como hoy se manifiestan. Pero hoy no hay dioses, hoy todo hablar de dioses es entrar en contradicción con el dónde se presenta hoy el alma. Hoy la búsqueda de dioses es una cuestión del ego, la persona puede buscar dioses, pero el “alma” como tal ya integró a los dioses en su propia dinámica, -como el azúcar disuelta en el café, dónde ya no hay terrones que buscar- ya incorporó el poder creador que antiguamente se le otorgaba a los dioses.

Hoy no podemos explicar el mundo ni la verdad de las cosas apelando a Dios. Claro que el ego puede buscar dioses para sentirse mejor, pero cuando se trata de enfrentar un problema objetivo, ni siquiera el ego apela a los dioses. Por ejemplo, cuando se trata de una infección poderosa, el ego inmediatamente va a buscar un antibiótico. Y ¡es lógico! Los dioses quedan para respuestas a problemas que ni siquiera son problemas del alma de hoy, como “qué sentido tiene mi vida”, “necesito sentirme más trascendente, más importante”, “me siento fatal”, “me cuesta vivir sin un para qué”: todos temas personales. Hoy el alma ha dejado atrás al individuo y tiene otros problemas. La pasión del alma occidental no está invertida es estos temas, y si hoy estos temas tienen peso colectivamente es solamente por el dinero que generan. La pasión del alma occidental se encuentra mucho más cerca de la tecnología y de la economía que de los temas subjetivos e individuales, los cuales, en el caso de que se alienten, son sólo en la medida en que sirvan a los fines económicos.

Si hoy en la física un físico dijera que el mundo es como es porque dios así lo quiere, lo echarían. Hoy ya no explicamos el mundo por los dioses, necesitamos otro tipo de explicación. El “alma” colectiva, el intelecto colectivo, -no el mío o el tuyo particular- no se satisface con ese tipo de respuesta, que sí satisfacía en otro momento histórico. Hubo una época que era imprescindible hacerlo, porque era tanta la pasión colectiva -no individual- puesta allí, que no se podía intentar ni siquiera una aproximación al mundo que no fuera a través de la experiencia de Dios. Hoy en cambio Dios es un tema de “coto abierto a la caza del ego”, el ego decide si quiere o no quiere tener dioses, pero colectivamente los dioses ya no entran, se acabaron.

Hoy la psicología ya no puede estar al servicio de las necesidades individuales de significado, sino que la psicología, al estar al servicio del alma, ha dejado atrás estos temas y se encuentra con otras problemáticas.

La gran tesis de la psicología junguiana es que lo que enferma es la falta de significado. Giegerich va a decir que “la enfermedad no es que nos falte significado, la enfermedad es la búsqueda de significado”. Pero la psicología de Jung surge como la oferta de curar la enfermedad del alma contemporánea dándole significado. Jung haría que esa mujer que viaja sin sentido por la vida, descubriría un sentido en sentirse “hija de la luna”.

“En mis muchos viajes he encontrado gente que estaba dando ya su tercer vuelta al mundo -ininterrumpidamente. Sólo viajando, viajando, buscando, buscando.” A una mujer así, Jung le preguntó, “‘¿Para qué? ... ¿Qué está tratando de hacer con esto?’ Y me sorprendí cuando miré en sus ojos -los ojos de un animal acorralado, cazado. ... Casi poseída.” Pero luego continúa “¿Y por qué estaba poseída? Porque no vive una vida que haga sentido. La suya es una vida totalmente, grotescamente banal, completamente pobre, sin significado, sin sentido en absoluto. Si muriera hoy, nada habría ocurrido, nada habría desaparecido- porque ella no es nada. Pero si pudiera decir, ‘Soy la hija de la Luna. Cada noche tengo que ayudar a la Luna, mi Madre, a que cruce el horizonte’ -¡ah, entonces sería otra cosa! Entonces estaría viva, entonces su vida haría sentido, y haría sentido en toda su continuidad, y para toda la humanidad” (Jung, 1939, § 630). Y, podríamos añadir, entonces estaría curada.” (El Final del Significado y el Nacimiento del Hombre 2004, Wolfgang Giegerich.)

Giegerich muestra que necesitar ser hija de la Luna para vivir es estar enfermo. Y que el tema no es que no se sienta hija de la Luna, sino que no pueda vivir sin algo tan importante, y que la vida tal como es, tan maravillosa como es, le parezca insignificante porque no es algo grandioso.

El individuo ya caducó, el individuo no es el centro del alma ni mucho menos. Antes del siglo XVII lo importante eran la naturaleza y los dioses, y luego fue el individuo, -una etapa muy corta que tomó lugar en la historia del alma entre el siglo XVIII y el siglo XX- pero hoy vuelve a estar fuera, en los grandes procesos que mueven al mundo. El individuo ha sido el gozne que permitió la transición del alma desde la naturaleza a la cultura, y tanto el mundo de la naturaleza como el mundo de la cultura no son nada individuales. Si bien es cierto que el individuo antes estaba sumergido en la naturaleza y ahora está sumergido en la cultura, lo que hace la modernidad es hacer el gozne para superar la naturaleza -que ha perdido todo valor psicológico- y despertar a la realidad de la dimensión lógica del alma. Y en todo esto el individuo ha sido un perno. Y en todo esto mucha gente –pero no así el espíritu de occidente– se ha quedado atrás, en la añoranza de ser el centro del mundo, en la búsqueda de un significado y en la contradicción de tener que vivir en un tiempo que les va muy por delante, y situándose en cambio, en un tiempo imaginario y viviendo la realidad como algo que da disgusto. Evidentemente, visto desde ahí todo va muy mal, porque nada va como según tú, como según ese individuo lleno de importancia decreta que debería ir la historia. Ese individuo ya no esta dispuesto a aprender de la historia, porque ese individuo se cree lo más importante que existe.

En este sentido Wolfgang Giegerich (en Respuesta a las Respuestas de Mogenson, Miller, Beebe y Pulver. 2004.) escribe:

“Hay una diferencia entre el mito sublado (lo cual significa que como sublado dejaría de ser un mito) y el pseudo-mito (el programa o la ideología del significado mítico [que se pretende recuperar]). Para ser más precisos, tenemos que hacer las siguientes distinciones. Tenemos que distinguir entre:

- el mito y los símbolos sublados, que podrían imaginarse como “pececitos en un acuario” (previas verdades culturales que ya están sumergidas como hermosas imágenes oníricas para contemplar, y experiencias imaginales espontáneas de la conciencia [dentro] del individuo moderno, todo sólo de significación estrictamente privada, a pesar de su posible contenido “arquetipal” y su elevado tono emocional);

- el mito sublado, que ahora es una cosa de un pasado caducado, que fue la teología cristiana y la metafísica occidental, la cual a su vez, cuando estaban vivas, solían ser de importancia pública, cultural y solían ser la verdad general en la cual estaban “incluidos” los individuos, sus pensamientos y la experiencia misma de la vida;

- la teología cristiana y la metafísica sublada, que es el mundo moderno (en gran escala “positivista” y “nihilista”), el mundo de la modernidad, primero industrial y ahora mediática; esta última (pensando que la modernidad mediática comenzó alrededor de 1970) es lo que hoy algunos llaman “postmodernismo”. ... Es un mundo que ya no necesita ni busca el Significado, y en el cual el mito sólo sirve meramente al propósito del espectáculo y la diversión (La guerra de las galaxias, E.T., El Señor de los Anillos), para la publicidad, es decir, la manifestación más explícita de su obsolescencia y de su absorción cada vez más profunda y continuada en consumismo.”

Para la psicología analítica los mitos son experiencias internas, singulares, llenas de significado, pero que no tienen peso colectivo, que no se pueden discutir, porque son para contemplación privada, como bienes de consumo personales. Esto también son las religiones hoy. Pero hubo un tiempo en que no lo era, más bien el individuo dependía íntegramente del espíritu religioso de la época.

Por lo tanto, hay una diferencia entre considerar que un mito superado es una especie de pececillo en un acuario, es decir, formas culturales antiguas que se han transformado en hermosas imágenes que contemplar, en sueños que aparecen y que tienen solamente existencia en el individuo con significación estrictamente privada y personal, aunque tengan un alto valor emocional, a considerar el mito como lo que fue una verdad histórica, un estadio en lo cual lo que contaba era la verdad, no la del individuo sino la de la comunidad, compartida por todos, y que determinaba la cualidad de la vida de cada individuo. No era algo que el individuo elegía, sino algo que no dependía de ninguna elección.

Otra distinción es entender que la teología cristiana y la metafísica sublada, -transformada, trascendida, verticalizada- hoy aparece ya no como teología, ya no como metafísica, hoy aparece como el mundo de la tecnología, de la mentalidad positivista y nihilista en el que vivimos todos. Esta es la tesis fuerte de Giegerich. Hoy vivimos la realidad del cristianismo. Y la realidad del cristianismo no es el mensaje consciente del cristianismo, sino la dinámica que lo ha empujado históricamente, que ha sido la superación de la naturaleza, de tal manera que todo lo natural ha perdido valor y sólo tiene valor lo que es transformado en logos. Hoy vemos lo que contenía el cristianismo cuando se realiza. Y está realizado en el mundo de la tecnología y en el nihilismo, que es lo más opuesto al mensaje. En general la gente dice que la ciencia es opuesta a la teología, que el nihilismo es opuesto a la teología, que la ciencia dejó atrás al cristianismo. Lo que ve Giegerich es que la ciencia es la realización de la dinámica interna del cristianismo, y el contenido que había en el mensaje cristiano ya no está guardado en la fórmula “el logos se hizo carne”, sino en la realidad misma en la que vivimos hoy, en la cual el logos se ha encarnado. La carne no vale nada si no está logicizada, la lógica no vale nada si no está materializada: software, y el software es logos materializado. Es una materia especial, no es una materia densa y pura, ni es una razón intangible y abstracta. Es una razón viviente, con vida propia. Esto es lo que anunciaba sin saberlo el cristianismo, siendo la tecnología su realización, su último fruto y no lo opuesto al mensaje cristiano. La tecnología es lo que ha nacido de ello, por lo cual ahora todos los símbolos cristianos están vacíos, porque ya nació el significado que contenían.

En contraste con estas tres posibilidades auténticas -los símbolos y los mitos como objetos individuales para llenar la propia vida, pero que no tienen verdad colectiva, los símbolos y los mitos como un modo de pasado que puede servir para entender lo que fue verdad en otros tiempos, o los símbolos y los mitos como cristianismo superado y transformado- existe también la posibilidad impostada:

“- el mito simulado [como simuladores de vuelo] o el seudo-mito como un sustituto moderno para compensar o satisfacer un sentimiento de carencia o, como la objetivación vacía de la propia insistencia subjetiva en encontrar un “significado”, un programa de una “vida simbólica”. En la versión de la psicología profunda de esta posibilidad (donde hay también otras, políticas, religiosas, cosmológicas: ideologías), sería cualquier “pececito del acuario” inflado hasta alcanzar el estatus de un Moby Dick en el océano.” (Ibid.)

Ésta sería la posibilidad falsa, tomar cualquier contenido que hay hoy por ahí e inflarlo y "vivenciarlo subjetivamente" como una experiencia trascendental y que resulta de la necesidad del individuo de superar lo que experimenta como vaciedad al tener que vivir en una época en que ya no hay significado individual.

Si lo que te mueve es que quieres llenar tu vacío individual, hay miles de ofertas para colmar imaginativamente esa carencia, o la posibilidad de entender y entrar en un proceso de qué significa esta experiencia de vacío, y eso es entrar en otra dinámica, es ser llevado a aprender a acoger el tiempo que te toca vivir.

“El problema de “los arquetipos” de Jung era la necesidad de vivirlos como presencias reales, (como la presencia del Significado) y por lo tanto usar de ellos, y abusar de ellos para (sus, nuestras) carencias y deseos existenciales, en lugar de dejarlos ser (liberados en su propio ser) como presencias histórica y usarlos meramente, por así decirlo, como “arqueología” para obtener conocimiento de los estados previos en la historia del alma.” (Ibid.)

Para Jung el arquetipo era la forma en que se presentaban los dioses, y podías vivir a los dioses inmediatamente como presencias reales. Esto es lo que critica Giegerich. Porque los arquetipos en todo caso serían lo que los dioses fueron, pero hoy ya no pueden ser. Zeus ya no puede ser. Si Zeus fuera realmente hoy, a Zeus se le sacrificarían toros. Ese Zeus al que hoy no se le sacrifican toros es un adorno personal de mi sala privada de cosas personales. Pero no fue el Zeus de los griegos. El Zeus de los griegos era colectivo y exigía actos ante los cuales el individuo se sometía. El Zeus de hoy es mi dios personal para cuando lo necesito, y me gusta, y lo llamo mi experiencia Zeus. Son dioses para mi conveniencia.

Cuando hacemos del pasado lo presente ¿qué está pasando con lo realmente presente? No está siendo atendido. Entonces uno puede hablar de disponibilidad para con los dioses pero al dios que ha golpeado la puerta del siglo XX nadie lo quiere recibir, y ese dios es el nihilismo. Muy disponible para los dioses que te gustan, pero no para el que se ha presentado.