La pérdida de unidad

Por Enrique Eskenazi,
en el curso Psicología y Verdad. Octubre del 2009.

Transcripción de Alejandro Bica.


A través de cantidad de sacrificios y de evolución histórica el cristianismo se encargó sistemáticamente de desacralizar el mundo natural. En el siglo VII, por ejemplo, hay un acontecimiento decisivo que es cuando San Bonifacio tala en Alemania el roble sagrado de los Celtas, que durante siglos y siglos había sido la presencia viviente de la unión de lo divino y lo natural. Los cristianos lo talan, y lo importante -psicológicamente- no es el hecho de talarlo, no se tala solamente un árbol, sino que se destierra definitivamente un modo de consciencia, aquel tipo de consciencia que podía encontrar la divinidad presente en el árbol directamente, sin tener que decir por un lado "capto la divinidad del árbol" y por el otro lado ver el árbol sin la divinidad (porque para hacer eso ya había que ser cristiano).

Para poder separar el árbol de los dioses en el árbol ya hay que captar el árbol como un objeto no divino que contiene una divinidad. Pero para el pagano, para el politeísta, no había por un lado un árbol y por el otro la divinidad del árbol, porque para poder pensar así hay que imaginarse que por un lado está la divinidad y por el otro lado un objeto vacío de divinidad puramente mecánico llamado "árbol". No lo había antes, se pudo ver un objeto vacío puramente mecánico llamado "árbol" y un significado aparte, a partir y mediante el cristianismo, y no antes.

Y el cuerpo y el mensaje aparecen a la vez, la separación entre cuerpo y mensaje ocurre a una, y antes no había separación entre cuerpo y mensaje, el cuerpo era el mensaje y el mensaje era el cuerpo, no se podía hablar de dos.

En cierto sentido la evolución -el proceso de transformación de la consciencia- es hacer un dos en donde antes había un uno y simultáneamente ver el uno en el dos. Pero donde antes estaba todo unido, simple e ingenuo -el hecho era lo divino y lo divino el hecho- se produce una ruptura y ahora vemos hechos por un lado y significados divinos por el otro.

El pagano que sacrificaba ritualmente un animal o un ser humano no veía el sacrifico por un lado y el sentido del sacrificio por el otro, sino que el acto era el significado. Justamente, el sacrificio como acto que lo contiene todo se empieza a separar en un acto vacío de sentido y en un sentido separado del acto cuando muere el sacrificio, cuando ya el sacrificio se ha vuelto obsoleto, cuando se ha entrado en otra forma de consciencia.

Por ejemplo cuando hablamos de "sincronicidad", que es una idea que jamás se le hubiera ocurrido a un primitivo, también partimos del dos. La idea de "sincronicidad" habla de como unir lo que está separado, y por lo tanto es una consciencia que -aunque tenga la hermosa y respetable nostalgia de restaurar la unidad- ya está tocada por la dualidad, porque si no hubiera experiencia de la separación ni siquiera surgiría el problema de la unión.

La idea de separación y la idea de unidad van a la par, y cuando una persona habla de unidad es porque ya experimenta la separación, y no es que primero hay unidad y luego hay separación, sino que primero no hay nada y surgen a la vez en el acto de la ruptura la unidad por un lado y la separación por el otro. Estar instalado en esa grieta puede llevar a preguntarse "¿cómo lograr la unidad?" pero eso justamente habla, sin que uno lo diga, de la grieta en la que uno está instalado. No se puede hablar de reconciliación si no ha habido separación. Ni siquiera se puede hablar de no-separación sino por la experiencia de la separación. Por lo tanto, no es que hay la experiencia de la separación a partir de la experiencia de la unidad, sino que hay un estado en que no existe ni unidad ni no-unidad, y de repente un momento en que aparecen separación y unidad.

No puede haber experiencia ni noción de unidad que no contenga en sí misma, lógicamente, la separatividad. Ni puede haber experiencia ni noción de separación que no contenga la noción misma ya de unidad. Y unidad y dualidad no son dos, sino que están convocadas por el mismo movimiento, y sólo aparecen como consecuencia de una lógica, que no es ni la una ni la otra sino las dos a la vez. Y cuando no hay esa lógica no hay ni la una ni la otra. Nosotros ya estamos ahí, por eso nos es tan fácil captar unidad sin separatividad y separatividad sin unidad, porque estamos de este lado de la escisión. Lo que nos es muy difícil es captar una dimensión donde ni lo uno ni lo otro.

Esto es pensar, que no es poner rótulos. Este proceso por el cual se ve como una cosa convocaba ya a la otra sólo se puede entender pensando. Y el pensamiento no es "o esto", "o lo otro", sino el movimiento que hace aparecer a ambos. Esto no se puede imaginar, porque al imaginarlo me lo imagino junto o me lo imagino separado. Pero en cuanto pienso, ya no puede hablarse de unidad, porque si hubiera realmente unidad no habría pensamiento de la unidad.

Sólo puedo hablar de la infancia cuando ya no estoy en la infancia. Pero cuando estoy en la infancia soy la infancia, no hay nombre para la infancia. Y cuando uno habla de la infancia -aún pretendiendo estar en la infancia- la consciencia ya no está ahí, se ha salido de ahí, y por eso es apuntable. Solo puedes tener al frente aquello en lo que ya no estás, pero mientras estás no está al frente.

Entonces, si yo puedo hablar de un estado de unión entre lo físico y lo psíquico, o entre lo externo y lo interno, es porque eso ya está consumado, es porque hay una ruptura entre la consciencia y entre aquello de lo que habla. Pero si la unión fuera verdaderamente unión no habría ni siquiera una consciencia que pudiera hablar de la unión.

Por lo tanto, en cuanto hay consciencia, en cuento hay reflexión, hay ruptura, no hay inmediatez. La inmediatez, el estado de identificación total, tal que ni siquiera se podría hablar de identificación total, es un estado de inconsciencia, es un estado del que no se podría hablar. La consciencia y la inconsciencia surgen a la vez, y eso es el "alma". Por lo cual, podríamos decir que el "alma" se hace, no está hecha, y antes de consciencia e inconsciencia no hay "alma", ni hay cultura, ni hay logos, no hay nada. Podríamos decir que el perro y el gato viven ahí, en esa nada, en ese ni arriba ni abajo. El gato y el perro son totalmente y completamente todo lo que son, y por lo tanto ni siquiera puede haber un nombrar lo que son.

Esto cuesta mucho porque hay una especie de añoranza, la del místico que quiere recuperar la unidad. Pero el recuperarla no es volver a donde se estaba, porque sólo puede haber el deseo de recuperar desde la pérdida. La experiencia de la pérdida no se puede tirar por la borda, pues si se regresara se traería consigo la pérdida, y no sería un regreso, sería un nuevo estadio. Y cuando vuelo a mi tierra no vuelvo a mi tierra porque el yo que vuelve no es el yo que no se había ido, y la tierra a la que vuelve no es la tierra que dejó. Sólo la idea de que hay un yo separado de la experiencia y una tierra objetiva separada de la experiencia puede hacer imaginar que yo regreso a aquella tierra. Pero si hablamos de la verdad viviente no se puede regresar, porque el que regresa no es el que se fue, y además no puede regresar porque a donde regresa no es de donde se fue. Por lo tanto, la idea del regreso ya supone que se ha perdido el regreso. No hay regreso, hay otra cosa, y cuando uno vuelve no es uno y a donde se vuelve es otra cosa.

Reconocer que se ha producido un salto es aceptar la muerte, que es lo que la consciencia representativa no quiere aceptar, que es lo que el aferrado a la imagen de la unión, de la niñez incorrupta, no quiere aceptar, no quiere aceptar que ha habido un salto, un corte, una muerte, y ni siquiera puede pensar la muerte, porque sería pensar la negación. Pero justamente la negación es el proceso. Esto también lo dice Hegel en el prólogo a la Fenomenología del Espíritu: "La muerte, sí así queremos llamar a esa irrealidad, es lo más espantoso, y el retener lo muerto lo que requiere una mayor fuerza. La belleza carente de fuerza odia al entendimiento porque éste exige de ella lo que ella no está en condiciones de dar. Pero la vida del espíritu no es la vida que se asusta ante la muerte y se mantiene pura de la desolación, sino la que sabe afrontarla y mantenerse en ella. El espíritu sólo conquista su verdad cuando es capaz de encontrarse a sí mismo en el absoluto desgarramiento. El espíritu no es esta potencia como lo positivo que se aparta de lo negativo, como cuando decimos de algo que no es nada o que es falso y, hecho esto, pasamos sin más a otra cosa, sino que sólo es esta potencia cuando mira cara a cara a lo negativo y permanece cerca de ello. Esta permanencia es la fuerza mágica que hace que lo negativo vuelva al ser."

Por lo tanto no trata de decir "no pasó nada, y es lo mismo", sino que sabe que ha pasado, y no sólo que ha pasado allí, sino que ha pasado en uno, y el poder mantenerse en este desgarramiento es justamente lo que lo transforma en espíritu, en esencia, en "perfume" (si queremos hablar alquímicamente), en algo que se ha sutilizado, que ya no está pegado a la cosa, porque puede ser sutil a través de todos los procesos de "machacamiento", de negación, que no quiere decir tirar por la borda lo que se fue, sino reconocer que ya no se es lo que se fue y sin embargo se es lo que se fue pero de otra manera. Esto es dialéctica. Pero el sentido común (la mente poco entrenada, la representación) dice: "o se es lo que se fue", o "no se es lo que se fue", pero no puede ser que se sea y no se sea. Pero el pensamiento dialéctico es el que dice, precisamente se lo es porque ya no se lo es. Es esta identidad de mismidad y de diferencia, es lo mismo sólo en cuento no es lo mismo. Pero si se quiere decir que es lo mismo porque no ha habido diferencia, esa mismidad es ilusoria. Se puede hablar, por lo tanto, de que sólo puede haber una continuidad en la ruptura. Sólo porque se ha roto forma parte de una historia. Pero no es lo mismo. No. Pero tiene vínculo. Sí, pero a través de la negación.