El significado de nuestro problema nuclear para la psicología analítica y de la psicología analítica para nuestro problema nuclear

Por Wolfgang Giegerich, 1988.

Artículo publicado en Technology and the Soul. From the Nuclear Bomb to the World Wide Web, Collected English Papers, vol. 2, Spring Journals, 2007.

Traducción de Enrique Eskenazi.
Agradezco al autor su amable permiso para traducir y publicar este artículo.


Las ideas psicológicas de Jung han estado durante más de ochenta años entre nosotros. Mientras mayor se vuelve nuestra distancia temporal con su psicología analítica, más ésta deviene verdaderamente histórica para nosotros. Esto implica la gran ventaja de que, a diferencia de la primera generación de junguianos, acaso estamos un poco más libres de compromisos partisanos en las controversias de los movimientos antiguos de la psicología profunda, y de un enfoque dogmático de las afirmaciones de Jung. Una lectura dogmática siempre se queda atrapada en el mensaje literal de un enunciado dado y en la cuestión de si es verdadero o falso. La mente dogmática quiere algo seguro y confiable, una doctrina a la cual adherirse. El dogmatismo deriva finalmente de una necesidad "biológica" del alma, la necesidad de autopreservación (o supervivencia) del ego en su constitución presente. A medida que ganamos una distancia histórica de Jung, sin embargo, ya no necesitamos involucrar o proyectar las necesidades de nuestro ego sobre las enseñanzas de Jung, lo cual necesariamente ocurre siempre que una nueva teoría está en el estadio de su primer desarrollo y es, hasta cierto punto, revolucionaria con respecto a la mentalidad vigente de la época. Tal es el don que nos hace la historicidad. La historicidad nos permite contemplar más desapasionadamente nuestra propia tradición intelectual y, lo que es más importante, al hacerlo nos libera a su vez para aplicar un enfoque psicológico a la misma psicología analítica.

Así, cuando ahora consideramos la obra de Jung, nuestro primer interés ya no es la cuestión de qué fue lo que Jung enseñó exactamente y qué fue lo que efectivamente quiso decir con sus tesis y cómo puede demostrarse. Ahora podemos preguntar qué inspiró al pensamiento de Jung, independientemente de si es "verdad" o no (en cualquier sentido en que la palabra "verdad" pueda entenderse aquí). ¿Qué visión impulsaba el origen y el desarrollo de la psicología analítica de Jung, cuáles fueron las fantasías arquetipales de la psique o las necesidades imaginales que le hicieron proponer las ideas y argumentos centrales de su teoría?

A fin de tener alguna idea acerca de las necesidades intelectuales que impulsaron la psicología analítica tenemos que considerar, dentro de los límites del tema de este artículo, cinco motivos o movimientos fundamentales que dan su empuje al pensamiento psicológico de Jung: a) la orientación sintética o "finalista", b) la revaluación de la neurosis como psicológicamente legítima y terapéutica, c) el interés por la individuación, d) el trascender las limitaciones personalistas hacia la idea de una psique transpersonal, y e) la auto-reflexión crítica de la psicología. Diré unas pocas palabras sobre cada uno de estos puntos, pero sólo en tanto tienen importancia para mis ulteriores observaciones sobre la psicología de la Bomba. Tenemos que considerar estos cinco puntos dinámicamente, como movimientos hechos por Jung, más que como tesis estáticas, pues sólo así se vuelve visible el impulso imaginal detrás o en ellas.

El punto de vista finalista o sintético fue acentuado por Jung por distinción al enfoque reductivo-causal y analítico, que Jung atribuía principalmente al psicoanálisis freudiano. Fiel a nuestro interés por la visión que inspiró a Jung, no pregunto la cuestión de si la interpretación de Jung de la visión de Freud le hace justicia a Freud en todos los sentidos. Sea como fuere, el modo de interpretación reductivo-causal freudiano le proporcionó a Jung la pista de despegue, de la que partió para llegar a su propio enfoque. ¿Cuál era el problema que subyacía a la insatisfacción de Jung con el enfoque reductivo-causal? Creo que Jung entendió, más instintiva que explícitamente, que un análisis del pasado estrictamente reductivo-causal, al igual que en todos los intentos científicos de explicar cómo ocurren las cosas, no hacen justicia a los fenómenos del modo en que son, ni pueden realmente considerarse conocimiento en el antiguo sentido de una adaequatio rei et intellectus. Más bien es "interpretación" o, mejor aún, construcciones guiadas por el único punto de vista de "hacer encajar las cosas", es decir, por cómo puedan manipularse. Son una técnica y tienen un objetivo técnico, por ejemplo, permitirnos liberar al paciente de sus síntomas. En el enfoque sintético-finalista de Jung podemos percibir un compromiso con el conocimiento y con la verdad, en el sentido de un deseo de alcanzar al fenómeno en su propio derecho, es decir, en su verdadera esencia.

El enfoque técnico de la realidad sólo reconoce al ego humano como sujeto, y a los deseos del ego como la intención real. La psique sufriente se reduce a una función que, en sí misma, no tiene significado, o a un objeto para nuestra acción intencional. El enfoque sintético-finalista en cambio garantizaba también subjetividad e intencionalidad al fenómeno. Jung quería averiguar lo que la patología quiere o busca, en contra de lo que yo, el analista, o él, el ego del paciente, quiere. El enfoque finalista implica la idea de la realidad de la psique y la idea de la psique objetiva, que puede llamarse real y objetiva precisamente porque se le garantiza su propia subjetividad, e incluso personalidad. Todo pensamiento analítico-reductivo, por contraste, tiene que haber negado la autenticidad de lo real desde el comienzo. No quiere conocer el fenómeno en su verdadera esencia. Sólo quiere saber cómo tratarlo. Las ciencias modernas en el fondo son autoeróticas.

Jung contempló al paciente con la idea en la mente de que en su neurosis, o a través de ella, algo quiere emerger, algo que tiene dignidad ontológica. A ello dirigió su principal atención terapéutica y su fidelidad, al fenómeno y a su finalidad. Su actitud podría por tanto llamarse mayéutica y experimental o exploratoria, en el sentido más profundo de estas palabras. Puesto que aquí el "finis" no debe entenderse tanto como fin temporal que yace en el futuro por delante nuestro, en el sentido de la concepción lineal del tiempo como sucesión, sino más bien que se extiende en la profundidad o en la altura de la esencia oculta o en el contenido esencial del presente, el enfoque sintético-finalista condujo directamente al interés de Jung por los arquetipos, los símbolos - esencias generales intemporales que trascienden el aquí y el ahora, y a la naturaleza predominantemente hermenéutica de su método.

El segundo movimiento de Jung, referente a la evaluación de la neurosis, es más o menos inherente ya en la visión sintética-finalista de la psique. Si la neurosis es el primer signo, incluso hasta distorsionado, de la emergencia de una nueva intencionalidad o significado, es por así decir la emergencia de una personalidad nueva, hasta ahora no realizada, y ya no más sólo un mero desorden a eliminar. La neurosis es legítima, incluso necesaria y, de hecho, verdaderamente productiva. Lo oculto en ella es el Portador de lo Nuevo forzando a la ego-consciencia a ir más allá de sí misma y, como tal, sirviendo como un verdadero psicopompos. El verdadero terapeuta no es el analista, sino la enfermedad. Por esto Jung pudo incluso llegar tan lejos como para afirmar que en la neurosis se oculta nuestro mejor amigo o enemigo. Con esta metáfora, se le da expresión definitiva a la subjetividad e intencionalidad del fenómeno discutido bajo el primer movimiento de Jung. El fenómeno es visto como una verdadera personalidad. Finalmente, si no al principio, tenemos que considerar la patología como nuestro mejor amigo. El desorden es el advenimiento de un extraño (ciertamente no querido) o un enemigo (hostis) a recibir en nuestra casa como huésped (hospes), y a cuentas de la cual recepción hospitalaria puede revelarse como el amigo que todo el tiempo había sido.

Esto equivale a una inversión de la actitud común respecto a la neurosis. Aquí Jung presionó más allá de la mente "natural" en el sentido alquímico del opus contra naturam. Inversión no significa aquí un simple dar la vuelta en el mismo nivel, un intercambio de más por menos o de pros por contras - sería absurdo enfocar la neurosis de este modo no dialéctico. Más bien, este es un caso de superación dialéctica (Aufhebung) por la cual el nivel íntegro de la mente "natural" es sobrepasado y se alcanza un nivel de reflexión completamente nuevo. La actitud teórica básica hacia la condición neurótica prefigura así la meta anhelada en la práctica de la terapia, la meta de una transformación, de nuevo en el sentido de la alquimia. La transformación, también, es más que un mero cambio. Es una verdadera revolución, la destrucción de la constitución presente de la consciencia como un todo y su reconstitución en un nivel enteramente nuevo. Es esa muerte o catastrophé (descenso al submundo) que en sí misma es una resurrección o un camino hacia arriba, como sabía Heráclito. El nuevo nivel alcanzado mediante una destrucción que es una construcción, se imagina aquí sólo en el contexto de la actitud hacia la neurosis y la terapia personal. Sin embargo podría ser equivalente a aquello que en un contexto cultural o colectivo más amplio hoy está de moda referir como "post-moderno". ¿No es acaso la meta de la terapia vencer finalmente la conciencia "moderna" en el individuo?

¿Cuál es el impulso psicológico que reclama este movimiento de Jung? Sólo mediante la idea de la neurosis como un huésped hay una apertura hacia un verdadero futuro, un estado verdaderamente nuevo. Sin ello la terapia estaría al servicio del objetivo de restauración que, como sabemos por la vida política, significa una condición estéril, incluso mortal. Mediante la idea de la patología como nuestro enemigo o amigo el hombre ya no tendría que estar solo en su aislamiento autista y adquiere un auténtico sentido de algún Otro allí afuera. Sólo si hay algo así como nuestro mejor enemigo asaltándonos, o nuestro mejor amigo visitándonos, puede haber un sentido real de ser afectado, de encuentro y de contacto. Sólo entonces podemos también esperar abandonar el modo de manipulación de los fenómenos como única actitud hacia el mundo, y volver a ganar un sentido de nuestro ser en el mundo como una conversación, un hablar con el Otro. La psicología entonces ya no estaría más bajo la regla de la mano (manipulación, Behanbdlung, tratamiento) sino bajo la regla suprema del oído y de la lengua, en otras palabras, del lenguaje, del escuchar y del hablar.

El tercer movimiento de Jung se refiere a su idea del "proceso de individuación". La intención o la función de la idea de individuación está oscurecida por nuestra parcialidad sociológica y existencialista del siglo XX, que hace que interpretemos esta noción primariamente en términos de individualismo moderno y del contraste entre la sociedad y el individuo. Tenemos que despejar este malentendido existencialista antes de poder ver la preocupación indispensable que aspiraba a salir a primer plano mediante la noción de Jung de individuación, un término que Jung heredó de la tradición filosófica y que le fue transmitido primariamente a través de Schopenhauer.

En tanto individuación se entienda como lo opuesto de socialización o adaptación y en términos del contraste yo versus ellos, podríamos decir que nos movemos en un plano horizontal, el plano de la relación-sujeto-objeto o introversión versus extraversión. Por el contrario, la noción de Jung de individuación tiene una dirección vertical. Su dinámica es de descenso a las profundidades. La fantasía detrás de esta noción es que la vida humana en tanto existencia psicológica comienza arriba en las nubes, en el reino supraterrestre de las generalidades abstractas o de las idealizaciones arquetipales. Aún cuando la mente natural nos llama Erdenbürger (habitantes de la tierra, terrícolas) desde el momento en que nacemos (y esto es correcto en cuanto se refiere a nuestra existencia literal), Jung entendió que psicológicamente el ser terrícolas no comienza en absoluto con nuestra vida en la tierra y en la realidad concreta. Es en cambio nuestra tarea a lo largo de toda nuestra vida descender lentamente de las sublimes alturas para arraigar en la realidad singular por primera vez. No somos "reales" en el sentido de concreción, tenemos que volvernos reales. La auto-realización, en el sentido de Jung de individuación, está así a enorme distancia de lo que este término sugiere normalmente: una especie de sublime auto-indulgencia, auto-expansión, un morar en y un desarrollo de los propios sentimientos, ideas, inclinaciones, habilidades privadas, etc. En cambio auto-realización es básicamente el movimiento hacia abajo, de aterrizaje, el fundar nuestra existencia psicológica u ontológica en lo singular, el abrumar nuestro brillante idealismo mediante la realidad de la oscura sombra.

Más allá del significado inmediato para el individuo, la idea de individuación tiene que verse en el contexto más amplio de la situación colectiva del hombre moderno. Vivimos en la abstracción del platonismo de nuestra tradición occidental y este platonismo está apoyando ante todo por, y celebrado en, las ciencias modernas. Aquí llega a su plenitud. Las ciencias construyen una red cada vez más estrecha de construcciones abstractas, y al hacer pasar sus resultados como el mundo real, nos encapsulan más y más en una esfera platónica de esencias intemporales (leyes generales) y nos divorcian del mundo concreto, aún más de lo que ya lo estábamos desde el comienzo. La claridad de los descubrimientos científicos y el hecho de que nos permitan manipular tan exitosamente la naturaleza no cambia el hecho de que psicológicamente nos mantienen alejados e inconscientes de lo real. Ponen una niebla entre nosotros y el cosmos. La niebla es tan densa que somos empujados a pensar que no hay nada allí. No podemos verla como una niebla que esconde el mundo real.

Más próximos a casa encontramos en la misma psicología junguiana algo que se presta a un entendimiento platónico. Me refiero al acento en los arquetipos y los símbolos. Amplificando siempre las imágenes con vistas a llegar al significado arquetipal, uno por supuesto se aleja de lo real efectivo hacia las esencias intemporales, abstractas. Aún cuando mucho en Jung se ha interpretado como apoyando esta tendencia platónica, como podríamos llamarla, y aún cuando Jung no siempre parece haber sido el mejor intérprete de su propia visión, Jung entendió básicamente que con el modo platónico o esencialista de mirar al mundo no se puede alcanzar el mundo real y la realidad efectiva del ser humano; de hecho, no sólo se los pierde, sino que se los aniquila activamente. Y por esto Jung propuso su idea de individuación como una especie de contra-programa para salvar el fenómeno efectivo, que siempre es un individuum ineffabile en un momento concreto. Esto, el individuo inefable debajo de la infima species de Aristóteles como la verdadera realidad, es a lo que aspiraba la idea de Jung de individuación.

No pretendo que Jung lo viera de este modo o lo expresara explícitamente, pero sostengo que la preocupación por la individuación fue un ingrediente indispensable en su psicología como contrapeso al acento igualmente indispensable en lo arquetipal. Tenemos que ver y sostener nuestra base en medio de la absoluta tensión de la dialéctica que prevalece en la definición de Jung de existencia psicológica. Esta definición se mueve a la vez en direcciones opuestas, la dirección de una epistrophé ascendente hacia lo intemporal, arquetipal general, y una katastrophé descendente bajo la especie más baja, hacia el individuo concreto, de acuerdo con la visión de Heráclito de que el camino hacia arriba es el camino hacia abajo.

En la psicología junguiana convencional, el empalme dialéctico entre lo arquetipal y la individuación se oscurece, por un lado, con la interpretación personalista de la individuación, y por el otro con la interpretación platónica del arquetipo como arquetipo en sí mismo. En la psicología arquetipal esta dialéctica se ha vuelto evidente. Fue el mismo movimiento que obligó a Hillman a acentuar lo "arquetipal" por encima de lo "analítico" o "complejo" en el nombre de esta psicología el que más tarde le hizo acentuar, como "psicología de las imágenes", la respuesta estética al rostro o imagen de mi situación concreta que se presenta aquí y ahora. La individuación no tiene que referirse a la individualidad personalista del ser humano, mi yo-idad. Va más allá de eso hacia una individualidad ontológica. Puede verse que detrás de la idea de Jung de individuación está el impulso a rescatar la individualidad en el sentido de la unicidad de la experiencia sensible, no intercambiable, como el constitutivo final de la realidad. Pero esta individualidad no es lo "meramente individual", separado de la profundidad o altura arquetipal de la psique, como ocurre en todas las interpretaciones empiristas y existencialistas de la individualidad. Aquí la individualidad puede entenderse sólo como la contradicción existente de lo arquetipal y lo sensorialmente singular.

Con esto inadvertidamente ya hemos llegado al cuarto movimiento de Jung: el movimiento fuera de los límites personalistas de la psicología convencional hacia la extensión abierta del mundo y la historia. Así como el trabajo de la terapia individual nos involucra en la dimensión transpersonal arquetipal, así la preocupación por mi alma es en sí misma también una preocupación por el alma del mundo. La idea de Jung de la individuación de la humanidad y obras de su vida como Aion muestran cómo Jung enfoca la psicología del individuo en el contexto de nuestra época y de los milenios de nuestra tradición. Por íntima e individual que pueda ser la terapia, en tanto que tal empresa íntima, es más que un asunto privado. La psicología se extiende hacia una dimensión cosmogónica y cósmica. Y puede hacer esto porque ya no es más el Fach (campo compartimentalizado de estudio, especialidad) científico que trata un compartimento de la realidad llamado "el interior del hombre" junto a otras disciplinas o ciencias que tratan todos los otros compartimentos, sino que ha alcanzado un nivel totalmente nuevo de consciencia en el que se ha vencido todo pensamiento compartimental. La psicología implica una posición muy diferente y fresca respecto al mundo como un todo, dejando detrás las posiciones científica y religiosa, al llevar consigo sus contenidos, como un momento superado.

La quinta preocupación de Jung fue la autorreflexión crítica de la psicología. Más allá de la intuición, común a todas las escuelas analíticas de psicología, de que el analista en tanto que persona ha de someterse él mismo a un análisis y tiene que reflexionar constantemente sus propias reacciones contra transferenciales, Jung sintió la necesidad de que la psicología, como disciplina o cuerpo de teoría, se diera vuelta sobre sí misma a fin de volverse consciente de su propia parcialidad. La psicología no es simplemente la respuesta a los problemas psicológicos del hombre (también es eso), sino que además es un producto de la psique y como tal un problema psicológico en sí mismo. Jung inventó al principio su teoría de los tipos psicológicos y luego su teoría arquetipal como herramientas para la reflexión del prejuicio inconsciente en los diversos puntos de vista psicológicos.

La salida del autoerotismo científico hacia un verdadero conocimiento de los fenómenos en su propio derecho, es decir, en su esencia arquetipal; nuestro preservar el fundamento a la vez que somos afectados y transformados por el fenómeno como un huésped; el descenso hacia la realidad como la unicidad de la situación concreta; la salida de la prisión del interior hacia el mundo real a nuestro alrededor; y el retorno ourobórico hacia nosotros mismos – estos son los motivos principales del pensamiento de Jung.

Es relativamente fácil trabajar en el espíritu de la psicológica analítica cuando uno está en la sala de consulta. Allí sólo nos vemos enfrentados con los "pequeños" problemas del paciente. Digo "pequeños" no porque quiera disminuir aquello que padecen mis pacientes. No, quiero decir "pequeños" en un sentido ontológico: son siempre los problemas de la persona ante mí; son lo suficientemente pequeños como para adecuarse al cuarto de consulta. La Bomba, por contraste, es un problema de una magnitud totalmente diferente. Es un problema que está alrededor nuestro en todas partes. La Bomba amenaza no sólo al paciente, ni tan sólo a él y a mí mismo, sino que amenaza a la humanidad y a la base misma de nuestra existencia, la Tierra. Mantener nuestra base como psicólogos ante tal monstruoso fenómeno es mucho más difícil. Pero al contemplar la Bomba tendremos que mantener las mismas actitudes que tenemos ante los síntomas del paciente, porque no podemos neuróticamente darnos el lujo de hacer uso de dos conjuntos diferentes de respuestas psicológicas, una cuando estamos con un paciente, la otra cuando estamos con nosotros mismos.

Si traemos a la Bomba lo que hemos aprendido de Jung, ya no podemos despachar psicológicamente la Bomba como un "problema" que debe tratarse técnicamente – mediante la ciencia, la política y la moralidad. Todo esto no sería sino un mero actuar compulsivo. Nuestra cuestión no es cómo liberarnos de las armas nucleares existentes o cómo evitar que se usen o cómo proteger a la humanidad de ellas. Ante todo, la idea de nuestra responsabilidad moral es un mecanismo de defensa contra el fenómeno. Lo realmente necesario es salvar el fenómeno de lo que la Bomba sea. Tenemos que preguntar con Jung (quien se preguntó por el contenido de la neurosis, por el contenido de la psicosis), cuál es el contenido esencial o la sustancia imaginal de la Bomba. Aún tratándose de lo que podría destruirnos, no debemos desertar del interés psicológico por conocer y por la verdad "teórica" en el sentido de la theoría griega. La Bomba quiere ser conocida, y no sólo ser tratada prácticamente.

La actitud de la psicología analítica hacia el síntoma neurótico puede ayudarnos a ver que la Bomba como síntoma colectivo es legítima. La idea corriente acerca de la bomba nuclear es que es un tipo de desgracia o de error. Pero es completamente apropiado psicológicamente que tengamos que vivir con la Bomba. Como aquello que traería una total destrucción al mundo natural y transformaría la tierra en un yermo, saca a lo abierto lo que ha sido el motor de toda nuestra historia en Occidente. Nos trae a casa lo que ha sido la causa final de las acciones del hombre occidental: la destrucción de la naturaleza. Al comienzo de la historia de Occidente está la matanza de los dioses naturales. Fueron desacreditados ontológicamente y así se rompió el columna vertebral ontológica de la naturaleza. El tiempo fue reducido a sólo uno de sus modos, la sucesión. La experiencia del momento grávido fue trascendida en favor de los universales lógicos, metafísicos y científicos. Más tarde las ciencias y el Iluminismo comenzaron sistemáticamente la destrucción intelectual de la visión natural de las cosas y de toda tradición, declarándolas supersticiones, ilusiones primitivas, sustitutos imaginarios del conocimiento real, o medios de opresión de los pueblos a cargo de las clases dominantes. La tecnología añadió la destrucción práctica del mundo natural a la aniquilación ontológica e intelectual. Luz artificial, energía artificial y máquinas, sustancias artificiales como el plástico, incluso órganos artificiales e inseminaciones artificiales, para mencionar sólo unos pocos ejemplos, equivalen juntos a una anulación radical del mundo natural. Esta anulación se vuelve aún más obvia en la destrucción de las selvas húmedas, la desertización de muchas tierras, la polución de las aguas, la tierra y la atmósfera. Y por supuesto políticamente la conquista colonial de las Américas, África, Australia, implicó la destrucción de los "Naturvölker" (pueblos indígenas) diezmándolos literalmente o invadiendo sus culturas indígenas. Lo que se les hizo, no sólo se les hizo a ellos. Se nos hizo también a nosotros, al hombre natural en nosotros mismos.

El telos global de la aniquilación del mundo natural que una vez informara nuestra consciencia y nuestras acciones inadvertidamente desde detrás, aparece ahora en forma pura y como presencia material desde fuera y ante nosotros, como siempre ocurre cuando la "tarea" de toda una época se aproxima a su completamiento y junto con ello arrastra un estadio de consciencia hacia su fin. Ahora el tiempo está maduro para que sepamos de qué iba toda la empresa llamada la historia del Occidente cristiano. La Bomba como el síntoma y símbolo de las más elevadas aspiraciones el hombre occidental lo conjura y lo hace explícito. Antes, sólo podíamos ver acciones destructivas o acontecimientos que posiblemente podían explicarse como meros errores o equivocaciones en un camino que era, salvo por ello, "inofensivo". La Bomba cristaliza para nosotros el spiritus rector de Occidente en su totalidad. Ahora podemos ver con nuestros ojos que nuestra tradición cristiana no ha sido tan inofensiva e inocente como le gustaba creer a la gente. Ahora ya no puede haber negación. La Bomba como hecho literal habla por sí misma. "Por sus frutos les conoceréis".

Si la Bomba trae a casa ante nosotros visiblemente la fuerza inconsciente que impulsó por detrás nuestras acciones colectivas en la historia, entonces la Bomba es su auto-reflejo incorporado y objetivado.

Con la aparición explícita desde fuera del telos interior de nuestros hechos colectivos, y al retrotraernos la Bomba de nuevo hacia nosotros mismos, toma lugar una inversión, similar a la que ocurre con la aparición del síntoma neurótico en el individuo. Ahora nos hemos vuelto las víctimas en lugar de los hacedores, pero de tal modo que deviene evidente que en nuestras acciones todo el tiempo habíamos sido las víctimas de lo que nos empujaba. La Bomba es una amenaza constante y así tenemos que padecerla. Nos afecta como un Otro real. Con respecto a ella, hemos llegado a un estado de pathos extremo. La mera existencia de la Bomba vence la vanidad del ego humano, una vez considerado el sujeto exclusivo y supremo. En tanto la Bomba nos amenaza con la destrucción total, demuestra ser un sujeto-demasiado-real cuyo objeto somos nosotros.

La psicología analítica puede ayudarnos a ver la Bomba como más que un mero sujeto. Puede hacérnosla ver como el huésped que debiera ser acogido por nosotros. Jung una vez planteó la cuestión en una carta a Sir Herbert Read, "¿Quién es el huésped temible que golpea portentosamente a nuestra puerta? El miedo le precede e indica que los supremos valores ya fluyen hacia él". (1) En la amenaza de la Bomba podemos escuchar uno de los golpes más sonoros y portentosos a nuestra puerta. La cuestión que debe preguntarse de hecho es, "¿Quién es? ¿Quién quiere entrar?" "Quién" también en el sentido de "¿Qué trae este huésped? ¿Qué significaría para la consciencia si ello tuviera un lugar en ella?"

Hasta ahora he intentado responder a la pregunta: ¿Qué pueden contribuir los puntos de vista fundamentales de la psicología analítica de Jung a nuestro enfoque y entendimiento de nuestro problema nuclear? Pero en el momento en que esta psicología nos hace ver que hay un huésped en la Bomba, el proceso de responder lleva, desde su interior, a una inversión de la misma pregunta a la que estaba respondiendo. La nueva pregunta, como acabamos de ver, es, "¿Qué trae la Bomba a la psicología analítica? ¿Cómo se ve afectada, transformada, enriquecida la psicología analítica por la existencia de la Bomba?" La psicología ya no está en la posición del conocedor que aplica su conocimiento a cualquier situación dada tal como nuestra situación nuclear. Está en la posición del estudiante a ser enseñado o del iniciado que ha de pasar una iniciación, con la Bomba como el psicopompos.

Como siempre, el psicopompos conduce hacia abajo, hacia el submundo, y no nos lleva hacia el submundo únicamente si la Bomba debiera efectivamente explotar y traer la destrucción total. Ya ahora, en tanto que amenaza constante de tal destrucción, la Bomba necesita nuestro descenso, el descenso de la humanidad. Esta es la real devotio de consciencia. En virtud de la Bomba ya hemos sido consagrados al submundo y vivimos nuestra vida entera bajo esta dedicación. De hecho, ¿no sería charla vacía todo hablar en la psicología junguiana acerca de la psique y el submundo si no fuera por la Bomba que autentifica tal hablar? Nuestra existencia en la paz y en el lujo está ‘fundada’ y ‘ensombrecida’ por la inminente amenaza de aniquilación total. Así, estamos psicológica u ontológicamente rodeados por todos los lados por la destrucción.

Nuestra situación es muy diferente a la del hombre antiguo. Este sólo tenía que vivir con el conocimiento de su muerte personal. Nuestra Bomba, por contraste, mantiene la promesa de la aniquilación de todo el mundo habitable. Como tal es un símbolo, no del declive de este o aquel contenido de consciencia o de este o aquel portador de consciencia, sino el símbolo de la decadencia del "mundo" entero, es decir, del nivel o constitución imperante de la consciencia como un todo. En cuanto tal, la Bomba es nuestra única oportunidad real de un futuro verdadero.

Un futuro verdadero implica una apertura hacia un nivel enteramente nuevo de consciencia. Sin el declive de la consciencia presente ontológicamente estaríamos viviendo en el pasado. Por supuesto, pueden hacerse todo tipo de cambios y adiciones dentro de la antigua casa de la consciencia, pero de todos modos permaneceríamos encerrados en la antigua estructura para morir este otro tipo estéril de muerte que fue descrito por Nietzsche como la vida del Último de los Hombres:

"La tierra se ha vuelto pequeña, y sobre ella salta el último hombre, que todo lo empequeñece. Su raza es inextirpable como el pulgón; el último de los hombres es el que más vive. "Hemos inventado la felicidad", dicen los últimos hombres, y parpadean..."

La psicología junguiana no está libre de la presencia del último de los hombres. Sólo tenemos que mirar a la inundación de publicaciones psicológicas que han aparecido en los últimos años para paladear abrumadoramente la vergonzosa autocomplacencia del último hombre. Todos estos libros parecen decir "Hemos inventado la felicidad, conocemos las respuestas", y también parpadean los ojos. Vuelven todo pequeño y barato, incluso lo más sagrado, al inflarlo: Dioses, significado, símbolos, sueños, creatividad, individuación, arquetipos. Quisieran enjaularnos en el sentimentalismo y nostalgia de una disponibilidad consumista de los tesoros espirituales del pasado como si fueran drogas para crear algún tipo de "subidón" psicológico. Es penoso ver cuánto de la psicología es ilusorio. Pero en esta ilusión, que es la felicidad del último de los hombres, la Bomba golpea como un rayo. ¿Qué otra cosa sino la temible Bomba puede atravesar toda la caparazón en la que el último de los hombres se ha asentado, y traerle a casa el hecho de que lo que cree que es su felicidad es de hecho una muerte lenta, su momificación de por vida?

La Bomba es nuestra (¿única?) avenida hacia un futuro y hacia lo abierto precisamente porque su inminente amenaza nos dice constantemente, traducido al lenguaje: "no hay salida, no hay futuro". Nos encierra ontológicamente en el presente, en la situación concreta y así le devuelve su aguijón a la vida al devolver la muerte a la vida. El momento actual recibe de nuevo su filo sensible, si ya no hay más huida hacia un más allá, no hay más esperanza de un futuro mejor. No hay alternativa a esta vida real aquí y ahora. "¡Ésto es!" La Bomba ya ha cerrado todas las rutas lógicas y metafísicas de huida del presente concreto, reduciendo al absurdo cualquier esperanza en esa dirección. Y así puede traer, como un don a la psicología, la misma realidad que Jung buscaba mediante el proceso de individuación.

En la mayoría de las ciudades occidentales se han creado calles peatonales en los últimos diez o veinte años. Esto es paradigmático. ¿Cuál es la fantasía inconsciente o el deseo que se expresa en la necesidad de este cambio? En las zonas peatonales, la diferencia entre la acera y la calle ha sido nivelada y se ha prohibido el tráfico de coches y camiones. Los peatones quieren estar entre ellos, sin que les moleste el flujo de la vida autónoma, objetiva, de nuestra civilización tecnológica. Este es sólo el mundo de-uno-mismo-subjetivo-autocontenido de los egos humanos. Como lo viera Jung, las máquinas tecnológicas, los coches, los aviones, etc., son el equivalente psicológico moderno de los monstruos, dragones y otros animales del alma de la mitología antigua. Ahora el hombre quiere aislarse de los humos venenosos de nuestros dragones, el ruido y el hedor del tráfico. Psicológicamente se retira a la inocencia e inofensividad de una isla humana-demasiado-humana de los bienaventurados, de la cual la zona peatonal es un símbolo externo. Esto es más que una mera alegoría. Revela la fantasía dominante hoy, la fantasía dominante probablemente también detrás de gran parte de la psicología con su interés autista por la introspección, la auto-realización, el auto-desarrollo, grupos de encuentros, experiencias pico, etc. En contra de este humanismo auto-complaciente, la Bomba es el Portador de lo Inconsciente, en el sentido de Jung. Es una idea acogedora que lo inconsciente se manifieste primariamente en nosotros como nuestros deseos instintivos, sexuales, nuestras fantasías y síntomas. El verdadero inconsciente, como siempre, está afuera, a nuestro alrededor. Hoy está en nuestra tecnología y en la condición económica del mundo.

Aun cuando Jung dijo que el proceso de individuación tal como lo concibió no excluye, sino que incluye al mundo, la psicología hoy todavía tiene el mundo fuera de sí. La psicología es ciega y muda respecto a las grandes cuestiones de nuestra era. No tiene nada que decir del dinero, la banca, la economía; de los nuevos descubrimientos en las ciencias; de la industrialización; del desempleo y la distribución del trabajo. Todo ello permanece fuera de las premisas confortables de la psicología. Si "el hombre moderno (está) en busca de un alma", entonces alma aquí significa el interior privatizado del individuo, separado del flujo principal de los acontecimientos.

Aquí también la Bomba irrumpe y nos obliga a atender a lo que está afuera. Cuestiona radicalmente la significación de nuestro trabajo en la sala de consulta. En vista de la Bomba, ¿podemos honestamente decir que la psicoterapia es algo más que, o bien un tipo de trabajo de reparación, o bien un hobby para los ricos, acaso algo así como los movimientos del siglo XVIII para la liberación de los esclavos americanos entre la nobleza de Francia antes de la Revolución Francesa? La Bomba hace explotar la prisión de la psicología del interior y abre nuestros ojos a lo que hay ahí afuera de nosotros como el Otro real, el inconsciente real, el mundo real. Revela que la tarea de introspección – en un tiempo de acontecimientos increíblemente revolucionarios en la ciencia, un tiempo de millones de personas hambrientas y refugiadas – es una loca auto-indulgencia, una retirada hacia la forma post-natural del jardín epicúreo: un centro comercial de imágenes, símbolos, mitos, significados.

Jung dijo que no somos nosotros quienes tienen que tratar la neurosis, sino que la neurosis nos trata a nosotros, trata la constitución inapropiada de consciencia. Del mismo modo podemos decir que la Bomba es más que legítima. Es indispensable, en tanto es nuestro verdadero terapeuta, porque autentifica todas aquella preocupaciones que Jung trató de traer de nuevo mediante su psicología.

© Wolfgang Giegerich.


Notas

(1) Cartas 2, Septiembre 2, 1960, a Read, p. 590.