Acerca del símbolo

Por Enrique Eskenazi.

Un signo es una señal cuyo significado se puede agotar plenamente en una explicación verbal. Por ejemplo, si cuando van por una carretera, ven un triángulo con una flecha y una línea curva pintada, eso es un signo, que no quiere decir ni más ni menos, que se aproxima una curva. Un signo por lo tanto, quiere decir eso y nada más que eso. Puede ser convencional como en este caso o puede ser natural como cuando uno ve una nube negra y la lee como signo de que va a llover.

En cambio, un símbolo según Jung, mientras está vivo, lo que sugiere no se puede agotar en ninguna, ni en una suma infinita de expresiones verbales.

Una alegoría es una imagen cuyo símbolo está previamente codificado. Por ejemplo, una estatua de una señora con los ojos vendados, con una balanza y una espada es una alegoría para la idea abstracta de justicia. Y se puede intercambiar. Un símbolo, según Jung, mientras está vivo, no se puede intercambiar por ningún código.

Cada vez que se interpreta un dios ya no es un dios. El dios viviente es viviente y por lo tanto no es símbolo de nada: es. Cuando se ha vuelto símbolo o señal de otra cosa es porque ya se murió. Lo que realmente vive no necesita ser interpretado: se impone. Caemos fascinados por lo viviente, pero en cuanto nos ponemos a interpretarlo, eso ya en sí ha perdido la vida y por eso hablamos del significado que puede tener. Por eso, preguntarse por el significado de la vida, sólo es posible a partir del nihilismo. Cuando la vida ya no tiene, ni puede tener más significado, surge el tema del significado de la vida. Antes no surgía, no se planteaba la vida como algo que podía o no tener significado. Estaba tan dado que no había cuestionamiento. Cuando uno se cuestiona si la vida tiene o no significado, el mismo cuestionamiento ya es la manifestación de que se ha perdido toda posibilidad de significado.

Cuando se interpretan los dioses, lo que son ahora estos dioses, ya no es lo que fueron. Y han quedado como postales, como objetos de decoración, como bienes de consumo. Y un dios que se puede consumir no es un dios. Usamos semánticamente la palabra dios, pero el valor de lo divino ya no está ahí.

En el momento en que un dios o una religión es un bien de consumo, ello tiene el nombre de religión pero ya no tiene el estatus lógico que tenía la religión cuando los dioses estaban vivos. Y ¿qué es lo que ahora tiene el estatus que entonces tenía la religión? A lo que hoy está vivo como antes estaba viva la religión hoy no lo llamamos religión. Usamos la palabra y buscamos lo antiguo, y creemos que religión es cristianismo, islamismo... No nos damos cuenta que hoy, la religión viviente ya no está bajo la forma de religión. Pero implica la misma pasión, fascinación, dedicación de energía creativa, de tiempo por parte del occidental, que antes tuvo la religión.