Jung en Giegerich

Fragmento de la Respuesta a las Respuestas de Mogenson, Miller, Beebe y Pulver. 2004.
Wolfgang Giegerich.

Traducción Alejandro Bica y Enrique Eskenazi.


Desde el momento en que aún estaba en mi formación junguiana, sentía que no era suficiente la necesidad de que los analistas se sometieran a un análisis personal antes de que los pacientes sean sujeto de análisis, sino que también “El Tercero de los dos”, es decir, la teoría psicológica (como el marco para todos los trabajos en la sala de consulta), necesita una similar autocrítica. Por lo tanto, es con gran placer notar que John Beebe en su respuesta pone de manifiesto y hace plena justicia a la motivación y al espíritu de mi crítica a Jung en mi presente ensayo. Me siento completamente entendido cuando reconoce en mi trabajo “no un argumento con alma, sino un argumento desde el alma”, y cuando aprecia mi crítica a la psicología de Jung no como una crítica que viene de fuera sino desplegando sus contradicciones internas.

Mi propósito no es, por supuesto, dejar atrás a Jung, sino avanzar en nuestra comprensión de la lógica interna y del origen de la tradición del pensamiento a la que pertenecemos. Y cuando Beebe hace esta maravillosa afirmación, “siento que nada le hubiera gustado más a Jung que saber que su psicología sería soñada aún más, hasta el momento en que él ya no fuera necesario, y que la consciencia y el conocimiento le hubieran reemplazado”, Beebe no sólo le atribuye -y creo que adecuadamente- un noble espíritu a Jung, sino que también despliega su propio noble pensamiento y sabiduría psicológica. Porque ciertamente: lo que está en juego es la consciencia y no la persona.

La advertencia de Beebe en contra de saltar a la conclusión sobre el fundamento de mi trabajo, “que la práctica del análisis junguiano ha perdido su raison d’être y que a partir de ahora sólo puede ser un anacronismo” está tan justificada como cuando se pregunta acerca de “cuánto del pensamiento de Jung preferiría Giegecich que conservasen sus lectores”. Aunque no deseo expresar ninguna preferencia sobre las opciones intelectual de mis lectores, algunos comentarios de lo que deseo, o necesito, se puede quedar en su lugar. Excluí deliberadamente de mi artículo un debate de los logros duraderos de Jung. En primer lugar, su propósito no había sido una valoración equilibrada del proyecto de la psicología de Jung en su conjunto, sino solamente una discusión de su psicología “a la luz de la cuestión del significado”. En segundo lugar, incluyendo una discusión de los logros positivos de Jung podría haber apoyado la idea errónea de que una crítica es algo tan terrible que exigiría consuelo inmediato. Pero en el mundo de la mente (en contraste con el narcisismo de la personalidad del ego), la crítica siempre es constructiva. En tercer lugar, esto podría haber creado la impresión de que no estaba dispuesto a hacerme cargo de mi implacable crítica de este aspecto de la psicología de Jung que yo soy, y que quería demostrar que soy un "agradable" junguiano, después de todo. La crítica y la alabanza no deben verse compensadas entre sí, porque entonces cada una de ellas neutralizaría a la otra, en lugar de convivir cada una en su propio derecho y con toda su fuerza.

Lo que me queda por encima de todo entre los logros de Jung (aparte de la multitud de sus maravillosas intuiciones psicológicas acerca de los fenómenos individuales) es (1) que tuvo, y que basó su psicología sobre una noción muy clara del alma como una realidad de propio derecho (en contraste a la idea de “la psique del ser humano”), (2) que sabía que la psicología tenía que interesarse en los contenidos, en la sustancia, y no meramente en mecanismos y relaciones formales, (3) que se dio cuenta de que “sin historia no puede haber psicología”, y que dentro de su entendimiento de la profundidad arquetipal de los símbolos abrió el camino para una arqueología del alma, (4) que en el individuo y en la sala de consulta sólo puede verse un aspecto menor de la plena realidad del alma y de que la neurosis personal es mucho más que un problema de una persona particular, y (5) que su idea y su obra como terapeuta estaban informados por un verdadero sentido y compromiso por el Singular (el individuum ineffabile), tanto con respecto a las personas como a cada momento (en contraste con la usual abstracción de “casos”, “historias de casos“, “diagnósticos clínicos”, “técnicas que hay que aplicar”, etc.) Lo que implican todos estos puntos -absolutamente notables y, en su tiempo únicos- requeriría una larga discusión. Puesto que Beebe ha mencionado particularmente “la práctica del análisis junguiano", simplemente quiero afirmar aquí, que es precisamente cuando uno se ve libre de la pesada carga de tener que encontrar “significado” (lo cual es finalmente la carga de tener que “salvar al mundo”), el trabajo con pacientes individuales puede ser profundamente gratificante y excitante y con un poco de suerte llegar a un punto donde el paciente puede comenzar a llevar una vida personal significativa.

El análisis de Beebe de la relación de Jung y Hegel en términos de función función/intuitiva pensamiento extravertido-introvertido es, sin duda instructiva. Pero estoy particularmente contento cuando va más allá de las categorías tipológicas recordando al lector que para mí el pensamiento no es una función de la conciencia (en el sentido de la tipología de Jung). El peligro de aplicar las actitudes tipológicas y las funciones junguianas a los argumentos (psicológicos, teológicos, filosóficos, etc.) es que tiende a colocar a cada uno de los que discuten, por así decirlo, en su propio planeta separado, de manera que en lugar de encontrarse (y posiblemente de entrar en conflicto) las mentes, tenemos distintas visiones encapsuladas dentro de sí mismas e incapaces de entrar en contacto la una con la otra.

Así como por otra parte me gustaría mencionar aquí que en la cita “sin embargo, Jung desarrolló en su ensayo sobre la función trascendente algo que se parece mucho a la dialéctica de Hegel”, las palabras “se parece” debieran tomarse como refiriéndose a la “mera apariencia” en el sentido de una ilusión. Beebe puedo haber hecho este comentario, en el fondo de su mente, con un artículo publicado por un junguiano hace unos años, un artículo que pretendía demostrar que la “función trascendente” de Jung y Hegel, (como se llamaba) “modelo dialéctico” (!) eran de hecho paralelos, pero en realidad ha demostrado una falta de comprensión del pensamiento hegeliano. Sin duda, el esquema mecánico de tesis-antítesis-síntesis es un cliché repetido a menudo, pero eso no es Hegel, quién por el contrario piensa en términos de “mediación” y “sublación” (Vermittlung y Aufhebung).

Me hace especialmente feliz que Beebe se de cuenta y tenga “confianza [percibiendo el sentido del pensamiento de mi artículo] en el proceso del pensamiento que deshace sus propios momentos que le impedirían el pensamiento psicológico”. Uno podría decir que esta es la confianza en el “alquimista” en mí.

Pero ¡ay! Como un observador de lo que hoy está ocurriendo, tengo que admitir que esta confianza mía, es una confianza ante la desesperación. ¿Es que hay todavía alguna oportunidad para la psicología analítica? ¿Siguen siendo el pensamiento, la mente, el alma de la psicología analítica, o acaso nuestro campo (que sin duda ya está en el negocio de vender “alma”) ha perdido su propia alma -“desperdiciando [su] herencia psicológica”? Ciertamente, no todos en la psicología tienen que ser pensadores serios. Uno puede ser un buen practicante sin tener que ser un intelectual. ¿Pero qué significa para un campo si no valora el intelecto, ni considera como su preocupación fundamental producir una nueva generación de intelectuales? ¿Cuánto puede valer y sostenerse como un campo antes de tener que dárselo a los perros si está carente de ideas intelectuales?

¿Y acaso la psicología analítica no se ha vendido en el mercado a la popularidad? ¿No ha descendido hasta llegar a ser nada más que un proveedor de servicios, un proveedor de servicios de salud, por un lado, y por el otro, de la gratificación de las necesidades emocionales y “espiritual” (las necesidades del ego)? Si uno mira lo que están publicando los junguianos en general y lo que se enseña en los institutos de formación junguiana, uno se ve impresionado por la mezcolanza sincretística de ideas y técnicas que brotan de todo tipo de fuentes heterogéneas. Pareciera que casi todo vale y da lo mismo. Y cualquiera que tenga una licencia como analista se siente autorizado a dar opiniones, que son como libres asociaciones de lo que se le antoja. ¿Dónde está la autoridad interior del campo que pudiera darle su medida y su identidad, una autoridad que sería el equivalente de lo que en la vida moral del individuo se llama conciencia? Parece que hoy sólo hay tres autoridades que rigen en el campo de la psicología analítica, y todas las cuales son falsas. Está en el campo de la psicología analítica la autoridad de Jung y lo que enseñó (el concepto dogmático de autoridad), está la autoridad de “lo que vende” (lo que vende tanto en el mercado o lo que vende tanto para el junguiano individual personalmente), y luego está desde afuera la autoridad burocrática de las normas legales y los reglamentos de las sociedades de profesionales, la autoridad de los requerimientos mecánicos de “cualidad de material” o de planes ciegos de evaluación, o de revisiones de colegas, de comités éticos, etc. Esta tercera forma de autoridad no se limita a la psicología; por el contrario, su extensión es poderosa, e incluso abrumadora en la sociedad a gran escala, una tendencia que por un lado aspira a minar sistemáticamente toda responsabilidad personal ética e intelectual, y por el otro lado, el respeto por la mente, y a reemplazarlos a ambos con mecanismos estandarizados de control, en otras palabras, es la victoria final del fascismo, no en una forma cruda y literal, sino en una forma refinada, sublimada. Ciertamente, hay motivos para desesperar.

Pero entonces, teniendo en cuenta la naturaleza de las respuestas de alto nivel que se han dado a mi ensayo y de la recepción que obtengo a partir de esta revista y de su editor, también puedo decir que mi confianza mencionada en el proceso del pensamiento se sigue alimentando.