El reino de la negatividad o el mundo invertido

Por Enrique Eskenazi, junio de 2010.
Transcripción por Alejando Bica de un fragmento del curso Hegel y la Psico-Logía.



El hombre aparece después de la creación de la naturaleza y constituye lo opuesto a lo natural. Es el ser que se eleva al segundo mundo.” (Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. W. F. Hegel.)


El hombre es el ser que se eleva al segundo mundo, o al mundo invertido, al mundo de la consciencia o de la cultura -entendiendo por cultura toda elaboración a partir de la inteligencia. El hombre no es una criatura de la naturaleza, es hijo de la consciencia. El hombre no puede no habitar en la conciencia, incluso cuando habla de su “cuerpo”, su “cuerpo” es una idea -por supuesto, expresada como materialidad, pero aún no explicitada como idea. Por lo tanto, donde el ser humano vive directamente y a través de lo cual le llega todo es el pensamiento, sólo que al principio no sabe que piensa: dice que siente.

En su sentimiento hay un pensamiento que no se ha expresado explícitamente. Lo que llama “cuerpo” no es más que una idea: es la idea que tiene de lo que sea el “cuerpo”. Y naturalmente esas ideas cambian históricamente, por lo tanto, el “cuerpo” para una mujer musulmana de hace 50 años no es el mismo “cuerpo” que para una mujer occidental de la new age. Detrás de una palabra nunca hay cosas, sino, y ante todo, ideas. Pero no se sabe que hay ideas. Es curiosa la inconsciencia de la consciencia en la que vive permanentemente el ser humano.

Por ejemplo, todo lo que llamamos “natural” nos llega a través de ideas, porque incluso la expresión “naturaleza” es una idea. La idea determina el objeto. La palabra “naturaleza” no significó para Heráclito lo mismo que significa en el siglo XVIII cuando “naturaleza” es el ámbito que estudia la física de Newton. Cuando Heráclito escribe en el siglo V a. C. “la naturaleza ama esconderse”, “naturaleza” no tiene nada que ver con lo que ustedes, personas del siglo XXI, suponen que quiso decir por “naturaleza”. No se puede entender la phisis originaria de los griegos sobre-imponiendo nuestro concepto de “naturaleza” del siglo XXI, que es un lugar para ir a sacar fotos, muy bonito y de contemplación, o una especie de reservas de fuerzas materiales necesarias para la supervivencia y para la industria: eso es lo que nosotros entendemos por “naturaleza”, y no porque queramos, sino porque el concepto, la noción, ha cambiado históricamente. Heráclito no habla de paisajes para sacar fotos, con señalizaciones al borde del camino, ni tampoco habla de una reserva de minerales, vegetales y vida para mantener la industria. ¿Qué entendería Heráclito por naturaleza?

La palabra siempre apunta a una idea. De lo que vivimos sin saberlo es de ideas. “No sólo de pan vive el hombre.” (Lucas 4,1-13) Y esta fue una de las verdades del cristianismo. El cristianismo vino a instaurar un reino, a ser consciente occidente de que su reino, el reino donde se está y no se sabe que se está, es el reino del espíritu, el reino del intelecto. Y todo lo que llamamos tangible ha sido sublado. No llegamos a lo tangible, sino a través de las ideas.

Hegel era muy consciente de esto, que aún hoy mucha gente, que creen que han avanzado mucho, ni siquiera sospechan. Por supuesto, los de la publicidad sí que lo saben. Se te venden ideas. Cuando tu crees que consumes una “alimentación sana”, sólo consumes la idea de una “alimentación sana”, y esa idea ha estado perfectamente programada. Cuanto tu haces lo que se llama una “vida sana” sólo practicas una idea de lo que sea una “vida sana”, y esa idea ha estado perfectamente elaborada por equipos de publicidad. Por lo tanto, uno va al corte inglés, y lo que compra son ideas: una idea de “salud”, una idea de “vida sana”, una idea de “juventud”, una idea de “estar en forma”, etc., etc. Miren cuánto valen las ideas, porque a través de las ideas se consumen todos los demás objetos que sólo valen por la idea; desprovistos de la idea son lo que son, pura materialidad. Y éste también es un invento moderno. Eso muestra que para el occidental del siglo XXI, lo que hay realmente son ideas y materia muerta. Desprovisto de la idea todo es para usar y tirar, y lo hacemos diariamente y sin alternativa; nacimos en ésta época.

En cambio Hegel ya era consciente. Por eso dice: “El hombre aparece después de la creación de la naturaleza y constituye lo opuesto a lo natural.” Constituye la negación de la naturaleza, y la negación de la naturaleza es un mundo invertido. Nosotros, aunque no lo sepamos, estamos en el mundo al revés, en el mundo tal y como lo genera la consciencia. La consciencia no refleja un mundo, lo genera. Por eso la consciencia tiene historia y la naturaleza no. En la naturaleza los ciclos se repitan, pero en la historia no hay repetición, sino continua creación de estados que nunca habían sido imaginados antes. No digo progreso, digo transformación. La historia no se repite nunca, pero la naturaleza nos enseña primavera, verano, otoño, invierno ... primavera, verano, otoño, invierno; amanecer, mediodía, atardecer, medianoche ... amanecer, mediodía, atardecer, medianoche; eterna repetición de lo mismo. ¿Pero qué ocurre en el mundo de la historia (que es el mundo de la cultura, el mundo de la consciencia)? No hay jamás retorno a lo antiguo, hay continua recreación y transformación: sublimación y alquimia.

El anhelo egoico de permanecer envuelto en una naturaleza que lo abrace, de permanecer no-nacido en el vientre de una madre que lo contenga no es el anhelo del alma, pues el alma hace rato que dejó ese estado (El Final del Significado y el Nacimiento del Hombre). Pero el ego moderno que se encuentra viviendo en un mundo que manifiesta claramente que dios ha muerto, anhela la pertenencia envuelta en una especie de útero que le de sentido, y por lo tanto, anhela cualquier cosa que le reconfirme que hay continuidad, que no ha habido saltos bruscos, que en el fondo no hay historia, y que en el fondo sólo hay repetición ahistórica. Es como que el ego deseara no estar en el mundo invertido, pero el ego es una criatura del mundo invertido. De allí que los intereses personales de las gentes no son los que hacen la historia. Lo que hace la historia son los movimientos del alma, y el movimiento del alma no es lo que las gentes particulares quieren y piensan, sino que es el nivel más alto alcanzado de consciencia colectiva que está operando más allá de lo que las gentes particulares quieren y piensen. Eso es lo que Hegel llama el universal individual: la consciencia en su plano más alto, que es independiente de la particularidad de los individuos, y que no me lo puedo encontrar en la calle, porque es un universal, y en la calle sólo me puede encontrar particulares y singulares. Pero tampoco es un universal abstracto como una definición de diccionario, sino que es un universal viviente y singularizado porque es el motor, es el viento que mueve las alas de la historia.

Es una idea muy importante, aunque por supuesto no hoy, porque hoy pensamos que la historia es casualidad, hoy estamos tan atrapados en el nihilismo. A pesar de toda nuestra new age y retorno a los dioses antiguos y religiones primordiales -que son todos temas acerca de los que se habla-, el estilo de consciencia ya está roto. La consciencia habla de esos temas pero desde una ruptura terrible que muestra su absoluta falta de fe en lo que quiere inventarse para creer. Y es inevitable. No hay culpables. Sólo hay una especie de deshonestidad lógica, una especie de querer hablar de temas bonitos para no enfrentar qué estilo de consciencia en nosotros habla de los temas bonitos. Queremos poner programas en la tele pero no volvernos conscientes de que estamos siempre pasivos sentados frente a una tele. Queremos creer que si ponemos un programa de actividad estamos activos, o si ponemos un programa de meditación entonces estamos meditando; pero todo el tiempo esos son los temas, pero la actitud de la consciencia siempre está desde afuera no comprometida con los temas que desfilan ante ella. Ese decir “estoy vivo y siento mucho” es deshonesto porque es un total desapego ante lo que hay, es un creer estar vivo por enfocar temas que muestran vivacidad pero con una consciencia totalmente anoréxica, muerta.

Ya Hegel lo apuntaba, porque decía que el hombre es lo opuesto al mundo natural. El hombre es la negación -más allá de que lo sepa o no- de lo natural, porque donde hay hombre, hay consciencia humana, hay lo NO natural. La consciencia es el NO de la naturaleza, la consciencia es el NO de la cosa, la consciencia es el sujeto frente al objeto. Y el sujeto no es un objeto natural, es lo que a vuelto a todo lo natural en objeto. La consciencia es el NO de cualquier cosa. Cuando miras una cosa, lo que está mirando a la cosa, que no es la cosa, eso es la consciencia. La consciencia es la negatividad. El reino del alma es el reino negativo, y el reino de la naturaleza es la positividad. Por lo tanto, el hombre no es positividad, solamente es positividad cuando lo miras exteriormente, como un mamífero, como un cuerpo, como un cerebro, pero entonces estás en el exterior del hombre, no en lo que le hace específicamente hombre. Cuando entras en lo específicamente humano no es cuerpo, es la actividad continua de negación, es su pertenencia al mundo invertido, es el reino de la negatividad, que nunca se puede estudiar empíricamente, porque empíricamente sólo se pueden estudiar cosas positivas. Puedo mirar un cerebro, pero un cerebro es una criatura natural, es igual que una planta o un escarabajo que son objetos naturales, pero la peculiaridad humana no está en el cerebro, está en la consciencia. Y a la consciencia no la puedo tener al frente como a una cosa, porque no es una cosa, es un proceso, es un movimiento, es el espíritu que no cesa nunca y que nunca es objeto, en todo caso es permanentemente sujeto.

Por eso una psicología empírica será necesariamente una psicología sin alma, -si por alma entendemos éste proceso de consciencia- porque estudiará cerebros, reacciones mecánicas, impulsos, efectos externos, pero no puede entrar en el reino de la negatividad, porque no es un reino al que se pueda entrar empíricamente; jamás podrá tomar como objeto de experimentación la dinámica de una cultura que va empujando a la historia a pasar por sus distintas determinaciones. Y esto ya lo sabía Hegel, sabía que los historiadores externos que sólo buscan datos se iban a oponer a su pensamiento diciendo que lo suyo es muy especulativo. Pero es que sin especulación no hay aprehensión del universal singular. Toda su obra es poner de manifiesto esto.

Siempre hay que aclarar que el reino de la consciencia no es el reino del ego. En ti hay más consciencia de lo que tu yo determina que haya. Tu puedes elegir creer que los árboles hablan y que las personas tienen espíritus guardianes que escuchan por la noche, tu puedes, tienes el arbitrio, es tu elección personal, tienes la libertad, y precisamente porque es libre no tiene ninguna necesidad. Pero hay en ti, a pesar de eso, una consciencia que puede estar en contra de lo que tu decides creer y practicar. Y esa consciencia no es de cómo las cosas objetivamente sean, sino del estadio en el que se encuentra hoy la consciencia colectiva, y en la cual, sin que tu lo adviertas, arraiga la tuya. Tu puedes jugar a mirar a Marte, un planeta rojo, y decir “el guerrero me está hablando”, pero a pesar de ti, en ti se sabe que Marte es un planta que está constituido por elementos químicos tales, que tiene una órbita tal, que hemos mandado satélites y sondas y que está fotografiado, y en ese momento tu puedes elegir olvidar lo que sabes. Pero olvidar lo que sabes no es no saber, y eso no es cuestión de que tu lo decidas o no. Lo que en ti se sabe no tiene nada que ver con lo que tu quieras o no quieras que se sepa. Se sabe porque es parte del mundo en el que estás activo, te guste o no te guste. Tu tienes la posibilidad de decir “yo no me lo quiero creer”, pero aunque tu no te lo creas, sabes que está ahí. Vivimos en el mundo invertido de lo que es consciencia, y no podemos escapar de ahí.

Ésto es lo que Hegel ve con tanta lucidez: la inescapabilidad de la idea, la idea que se ha impuesto históricamente, la idea no personal. La grandeza de Copérnico no es que tuvo su idea, sino que ofreció ideas por la cual se impuso una nueva verdad, y a partir de entonces quedó superada la antigua verdad. Y ya no se puede vivir en un universo donde la tierra sea el centro del sistema solar, se puede jugar, pero sabemos que es un juego, sabemos que la tierra gira alrededor del sol en una órbita tal junto con otros planetas. Y es así. Y no importa que te guste o no te guste que sea así, no es algo sobre lo que haya decisión arbitraria.

Lo importante es asumir que estamos destinalmente (no voluntariamente) viviendo en este momento, no estamos viviendo en el tiempo del geocentrismo ni estamos viviendo dentro de 2000 años, del cual no sabemos nada, estamos viviendo en una época que inexorablemente se encuentra atada al heliocentrismo -por lo que toca al sistema solar-, y es más, a la idea de un universo con infinidad de galaxias en dónde ni siquiera la nuestra es la más importante. Y ésto, nos guste o no, está ahí. Estamos viviendo en una época en dónde sabemos que el ADN determina y precisa caracteres, nos guste o no. Estamos viviendo en un tiempo en donde conceptos tan arcaicos como “sólo la maternidad se impone, porque la paternidad no se puede probar” ya murió. Hoy se puede probar perfectamente la paternidad y la abuelidad y la bisabuelidad. Estas ideas arcaicas tomadas de una especie de ilusión de naturalidad en la sexualidad ya están pasadas. La sexualidad humana nunca fue natural, evidentemente: fue esa sexualidad filtrada por la consciencia, por los rituales, por los tabúes, por los anhelos, por las imágenes del alma. Nunca fue algo externo. El hombre no vive en lo externo. Lo que el hombre llama externo, está mediado por cantidad de ritos, imágenes y símbolos culturales. No existe el Robinson fuera de toda la cultura, y no ha existido nunca. El hombre es una criatura de la cultura, y su relación con lo supuestamente no cultural es cultural, es una relación cultural con lo que se imagina que hay más allá de la cultura, pero no hay nada más allá de la cultura, porque todo es cultural, todo es mundo invertido.