¿Esfuerzo? ¡Sí, esfuerzo!

Por Wolfgang Giegerich

Fragmento del artículo publicado en Spring 1988, en respuesta al artículo de James Hillman: “Hegel, Giegerich y los U.S.A”.


Traducción del inglés por Enrique Eskenazi. Agradezco al autor por haberme facilitado una copia de su artículo.


Ya a finales de los años 80' del pasado siglo, las discrepancias entre la psicología arquetipal de James Hillman y el pensamiento psico-lógico de Wolfgang Giegerich se hicieron sentir de manera innegable, abriendo una confrontación que acabaría en una divergencia sin reconciliación posible. El mismo Giegerich se ha referido a esto en su carta al Seminario en Brasil, en la que escribe:


“Como acaso sabréis, cuando comencé mi trabajo psicológico estaba profundamente impresionado por la nueva vida que James Hillman había infundido en la psicología junguiana, y cooperé estrechamente con él durante muchos años. En un cierto punto, su pensamiento y el mío comenzaron a separarse en direcciones levemente diferentes, aunque permanecemos conectados por un apasionado interés psicológico que compartimos. Hacia finales de los 80, me pareció que era Hillman y no yo quien se había alejado de alguna de sus posiciones tempranas, y en una dirección que yo no podía seguir. Más tarde, cuando empecé a volverme más y más independiente, también comencé a cambiar, y esta vez en una dirección que no era aceptable para Hillman.”

Podría marcarse como fecha clave para esta ruptura el festival de psicología arquetipal en la Universidad de Nôtre Dame de 1992, en el que Giegerich presenta en formato abreviado su artículo “Matanzas: el platonismo de la psicología y el eslabón perdido con la realidad”, respondido por Hillman en 1994 en su artículo “Una vez más en la batalla”, al cual replicó de manera contundente Giegerich en su “Respuesta a Hillman: Una vez más la cuestión realidad/irrealidad”.

Se asiste así al nacimiento de un nuevo nivel de pensamiento psicológico que ya no puede identificarse con la psicología imaginal de Hillman, la cual había significado un nuevo giro, o como bien expresó David L. Miller, una “nueva ola” revolucionaria en el pensamiento junguiano.

Pero ya en 1988 en la revista Spring Hillman había publicado un artículo titulado “Hegel, Giegerich y U.S.A.” en el que cuestionaba las ideas de Giegerich, que giraban alrededor de la importancia del pensar y el ingreso en la dimensión lógica del alma, que superaría así el imaginar o la dimensión cuasi-ontológica.

En el mismo número de Spring, se publicaba también la respuesta de Giegerich: “¿Esfuerzo? ¡Sí, esfuerzo!”, respuesta que muestra que ya en 1988 Giegerich había accedido a una dimensión de rigor y de originalidad que hacía que su camino fuera incompatible con la psicología imaginal.

En lo siguiente traduzco algunos fragmentos de este brillante artículo, en el que Giegerich defiende la necesidad de acceder al plano lógico (dialéctico) del pensamiento para hacer realmente justicia al “alma” tal como se manifiesta en el mundo actual y en los fenómenos contemporáneos.


¿ESFUERZO? ¡SÍ, ESFUERZO! (W. Giegerich 1988, Spring)

La lógica de Hegel ha sido terra incognita desde la muerte de Hegel en 1830. Si hubiera persuadido a la mente europea, la historia de los dos últimos siglos hubiera sido muy diferente.

...Creo que pueden salir a la superficie algunos serios problemas y acaso conflictos muy reales. Uno de estos problemas se manifiesta cuando Hillman dice: “El habla antes que el pensamiento” o (interpretando mi posición) “La lógica precede a la existencia” o “no... en el terreno del pensamiento sino en la expresión de las cosas”. El habla y el pensamiento, la lógica y la existencia, el pensamiento y las cosas, son puestos como pares de opuestos dentro de una lógica de o bien/o bien. O bien la lógica es óntica o bien la retórica es óntica. O bien el uno viene en primer lugar o bien viene en primer lugar el otro. Hillman dibuja una línea, y pone a un lado de ella como menos significativo y menos erótico el “cómo conocemos el mundo (epistemología) u ordenamos su pensamiento (lógica)”, y al otro lado el “cómo disfrutamos, celebramos, nos quejamos y debatimos el mundo”. Pero a lo que se refiere bajo la etiqueta de lógica no es la misma “lógica” de la cual yo hablo. Ni tampoco es congruente con el entendimiento que Hegel tiene de la lógica. Es otra cosa. Mi noción de lógica se ubica dentro de una lógica muy distinta de la del o bien-o bien, y ya aquí hay un primer indicio de la inevitabilidad de la lógica. Hillman emplea aquí un tipo de lógica, aun cuando está debatiendo en contra de la lógica. Y el tipo de lógica que opera en su argumento no facilita las cosas: si se comienza con una idea de lógica que sólo pertenece a un lado, y que precede al habla o a la retórica o a las cosas o al disfrute (o, si se prefiere, al revés), y si se comienza con algo a lo cual lo demás podría “reducirse”, entonces por supuesto ya se ha perdido la causa.

Si tomamos la frase acerca de “cómo conocemos el mundo y ordenamos su pensamiento” y “cómo disfrutamos, celebramos, nos quejamos y debatimos el mundo”, mi noción de lógica no se encuentra a un lado de la línea. Más bien, la lógica es la investigación del “cómo” en cualquiera y ambos de los lados. Hay muchos estilos y niveles de conocer, disfrutar, quejarse, y cada uno tiene su lógica. Nada se “reduce” a la lógica, porque aquí la lógica en cuestión está en las cosas, en la conducta, en el habla. Las cosas y las ideas no tienen que ser opuestos; después de todo, nuestra tradición nos ha enseñado que las cosas son las ideas de Dios. Ciertamente, el pensamiento viene antes que el lenguaje, pero sólo en el punto en que también el habla viene antes del pensamiento, pues nuestra tradición nos dice también que en el comienzo fue la palabra (Y Dios dijo...). Hay un “antes”, pero no debiera literalizarse y transformarse así en algo que sólo puede ser propiedad exclusiva de lo uno o lo otro.

Aquí debo insertar una breve apología de Hegel. La Lógica de Hegel no es nunca literal, y la categoría de oposición abandona la escena muy pronto en su libro. Adecuadamente ha sido considerado una obra que en tanto que genuinamente filosófica, es en sí misma poesía. Y lo que la inspira es el Amor. Hillman parece imaginar el Anstrengung des Begriffs (1) en términos de un esfuerzo heroico para hallar una salida y vencer a un monstruo llamado “la escisión entre sujeto y objeto”, o lo que sea.

Nada de eso es así. Hegel no busca una salida, sino una entrada, más y más profunda. Y no es él quien desea vencer ningún problema, es meramente el espectador que contempla el juego de las categorías lógicas, contempla cómo perecen por sus propias contradicciones internas, siempre que no se congele su juego, ni se las literalice en ningún momento. Aquí el esfuerzo se refiere a la paciencia de contemplar el “juego” entero desde el comienzo hasta el final, la paciencia de seguir los pasos muy pequeños y lentos. Hillman y la psicología arquetipal podrían hallar en la lógica de Hegel, discutidos en un nivel muy elevado de reflexión y elaborados cabalmente, muchos de sus intereses bajo diversas apariencias -pero no es asequible sin algún esfuerzo.

Lo que hasta ahora he discutido podría atribuirse en lo esencial a malentendidos y problemas semánticos (diferentes ideas conectadas con la palabra “lógica”). Pero hay más en juego. No se ha tocado el conflicto real, o acaso tan sólo cuando hallamos el esquema de pensamiento oposicional, literalista, que escinde la lógica y el habla, que no va de acuerdo con la propia posición usual de Hillman. La psique no debe ser separada de su propia lógica, ni la lógica del alma: psicología debe seguir siendo una sola palabra. Y debemos soportar la complicación, cuando no la contradicción, de que la psique se someta a un análisis del estatus lógico en que está, y la lógica se vea humedecida por la psique. La psique sola, escindida del logos, no bastará. La inocencia de la imaginación por sí misma, de las visiones originales tal como vienen, de la retórica sin conciencia lógica, sólo hacen una pobre psicología, una pobre aisthesis, una pobre poesía, y un anima mundi tísica e incluso quizás ilusoria. Ya no podemos darnos más el lujo de la inocencia -no tan sólo porque abundan las funestas señales, sino porque fallaríamos y dejaríamos pasar de largo las mismas cosas que pretendemos que nos importan, la psique y el mundo.

Una imagen hogareña, romántica: la del vendedor que promociona su producto en el escaparate casual y el calvinista de traje negro en el cuarto trasero. Acaso podría haber sido así en los buenos días de antaño. ¿Pero no os habéis dado cuenta? Ahora vivimos en la era de los supermercados con auto-servicio, cadenas de almacenes que no pertenecen a nadie, sino que sirven a un interés anónimo y abstracto. Y todos los bienes que pueden comprarse allí son los bienes de una sociedad basada en el usar y tirar. De modo que si uno dice que uno promociona el anima mundi como su producto, uno debiera saber lo que significa eso que está diciendo, y a fin de saber esto se necesita conocer la lógica de los anuncios, de la promoción de productos, de vender algo, del “todo puede devolverse”, etc. La cuestión no es simplemente si lo que uno vende es el anima mundo en lugar de cigarrillos o jabón o armas o biblias, ni si uno “está a gusto con eso” o “lo compra”. Si uno piensa así, uno ha amputado la idea del anima mundo de su contexto, en verdad del mundo (del cual después de todo se suponía que era la idea). Una idea no es sólo que es, pura y simplemente, sino que es ella misma y el contexto en el que aparece y en el cual se habla de ella.

Colocar la idea del anima mundi en el contexto de la venta y el marketing significa reducirla a un bien desechable sin valor inherente en sí mismo. No podemos trasplantar a nuestra era inocentemente y sin más, como si nada hubiese cambiado, ideas que tuvieron su lugar legítimo en una era anterior. Las ideas, las imágenes, no son sólo artículos uno al lado de otro en los estantes de un supermercado de la imaginación para que escojamos lo que nos guste y o lo devolvamos si nos equivocamos en la elección. Tienen también su propio tiempo.

Es demasiado fácil llamar a los americanos sofistas renacidos, porque el tiempo de la espléndida inocencia de un primer despertar del mito se ha ido de una vez y para siempre. Vivimos en una era que es el resultado ulterior de un largo proceso que fue comenzado por los sofistas, ciertamente, pero que ha pasado a través de muchos estadios de mediaciones. No hay camino de regreso de la cicatriz de Ulises a la herida del Puer (2) (la cicatriz, de paso, sería una buena imagen para lo que Hegel quiere decir con Aufhebung (3): la cicatriz como la aufgehobene herida -la herida superada, sublada). Y una cosa es decir “persuasión y todo vale” en el tiempo aproximado del año 500 A. C. y otra es decirlo hoy, en un tiempo donde tenemos bombas y productos químicos venenosos y manipulación genética. La gente de hoy puede jugar a ser sofistas renacidos o bebés en los bosques, pero no lo son, y probablemente harían bien en reconocerlo. El bebé no puede causar gran daño, sólo puede resultar herido en los bosques. Pero nosotros tenemos el poder real de hacer mucho daño.

Creo que la Diosa Peitho (4) se removería en su tumba si supiera que ha sido colocada, como salida del estante de una tienda de antigüedades, en el contexto de la moderna “promoción de productos”. Hay mundos de distancia entre ella y el tipo de persuasión que acaece en la publicidad y el marketing modernos. Lo que una vez fue una Diosa, se ha reducido a un mero instrumento al servicio del único Dios de esta era: el Capital (y aquí sería nuevamente indiscriminado asemejar el Capital al antiguo dios Mammon o al inofensivo dinero premoderno). La retórica y persuasión que obra en la publicidad no tiene nada que ver con el anima. Por el contrario, muestra que lo que una vez fue anima ahora está esclavizado al servicio de prácticamente su opuesto. Es una retórica que no realza verdaderamente las cosas, sino que las convierte puramente en bienes descartables e intercambiables, cuyo único valor yace en la cuestión de si uno los comprará, y si uno los apreciará y si uno puede usarlos o no. No critico o argumento “en contra” de esta situación moderna. Argumento a favor de la discriminación, de conocer la discrepancia.

Ni tampoco puedo colocar “Bóreas” (5) y “corriente a presión” o “sistema de altas presiones” en la misma frase, como si sólo fueran nombres diferentes para la misma cosa. Psicológicamente y lógicamente son realidades muy diferentes, porque pertenecen a estatus lógicos diferentes. Puede ser verdad en poesía, como en un asilo dentro de nuestro mundo, que los árboles están enmendados (Wallace Stevens). Ciertamente no es verdad en ese mundo. Y nuevamente -si se escucha con atención a lo que el poeta dice- se oirá que dice lo opuesto de lo que dice. Porque si los árboles están enmendados, no han vuelto a ser lo que una vez fueron (como sugeriría la frase a un oyente desprevenido). Así como la cicatriz es la herida superada (sublada), así la enmienda es el desgarrón sublado, superado. Los árboles enmendados pueden encontrase en películas o novelas nostálgicas. Donde todo parece bien y entero, se puede estar seguro de hallarse en un lugar de cosas enmendadas. Ciertamente: allí aparecen realzadas, notables, valiosas, de importancia aumentada. Pero la apariencia de este realce está producida deliberadamente por una lógica muy complicada en el escritor y reproducida por la misma lógica en la audiencia nostálgica, de modo tal que sin embargo esta producción lógica permanece subliminal, lo cual hace que la conciencia inocente crea que ha tenido una aisthesis directa.

El viento gélido que golpea mi pecho y sacude las colillas en el cenicero, por lo mismo, no es simplemente un “acontecimiento directamente sensible, incidiendo directamente como un auto despliegue”. Nuestra sensación ya no es tan inocente. Ha sido afectada por y ha pasado a través de numerosos estadios de mediaciones y retiene dentro de sí, en tanto que aufgehoben (sublada), una larga historia de imaginación, iluminismo, re-imaginación, nuevo iluminismo y todos los desgarrones y cicatrices que van con ello, aun cuando todo esto yace enteramente por debajo de la superficie. El viento gélido también está enmendado, cuando no desgarrado... No podemos sentir el viento como lo hacían los griegos pre-homéricos. No podemos deshacer el hecho de que nuestros ojos han mirado por telescopios y microscopios y aparatos de televisión y han estado en museos, y han visto millares de carteles, reproducciones artísticas, mapas estadísticos y diagramas científicos; y nuestros oídos han escuchado motores, el rugido de los cañones, cuartetos de cuerdas y rock, música digitalizada. No podemos deshacer el hecho de que sabemos acerca de ondas sonoras y luminosas. Mantengo que bajo estas condiciones la idea del viento gélido directamente sensible así como así, sin mayor complejidad, es una idea confortable que pasa de largo ante lo que hoy hay para ver y sentir, no advierte el autodespliegue y la poesía de hoy en las cosas de la naturaleza; el viento, el árbol, el arbusto, el ciervo están rotos, heridos, incluso muertos; son los fantasmas de lo que una vez fueron. Tal es la percepción que hoy se ofrecería a una “respuesta estética” (si tuviésemos el poder lógico de ver así), del mismo que la naturaleza se ofrecía a la percepción no disminuida de los griegos como Bóreas, ninfa, dríade, Pan, Artemisa. Pues una aisthesis plena es siempre la percepción de la imagen interior en el fenómeno, es decir, de la cosa con su aura, con todo el “mundo” (la esfera lógica) que representa, y no sólo de su forma positivo-fáctica.

Necesitamos la lógica (en el sentido de Hegel), no para complacernos en deseos académicos de una teoría del conocimiento o para averiguar si una idea tal como la de anima mundi es “lógicamente válida”. Necesitamos la lógica por el bien de una verdadera respuesta estética a nuestro mundo, por el bien de las cosas en el mundo tal como es hoy, a fin de que puedan ser vistas con alma. Necesitamos la lógica para educar y diferenciar nuestros sentidos hasta alcanzar el grado de sofisticación que iguale el estadio de sofisticación lógica ya real en las cosas de nuestro mundo ahí fuera, que es un mundo de arquitectura de acero y de cristal, de calles de asfalto, de aeroplanos y naves espaciales, de electrónica, de tomografía computerizada, de centros comerciales, etc. Han ocurrido enormes cambios desde los días del hombre mitológico: ellos son la tarea, tenemos que hacer nuestros deberes. Así como no bastaría hoy escribir poemas como Goethe o componer música como Palestrina o Bach, o pintar como Leonardo o Monet, tampoco bastará con que la gente “compre” (acepte) la visión del anima mundi así como así, por muy confortables que se encuentren en ella. Yo me siento muy confortable con Goethe o Bach, más que, por ejemplo, con composiciones muy modernas. Pero sé que no me conectan con nuestro mundo de hoy. Me mantienen en el mundo de los buenos días de antaño y a mi consciencia en el estatus lógico que había sido alcanzado entonces.

Sin elevar a la conciencia la lógica subliminal inherente en nuestra percepción de hoy; sin el doloroso esfuerzo por reconstruir paso a paso en nuestra estructura mental la historia de las transmutaciones lógicas que está condensada y colapsada en las cosas de nuestro mundo moderno y preservada en ellos, somos más o menos como los seguidores del culto de cargamento melanesio (6). No veían aquello sobre lo cual versaba su culto: aeroplanos, relojes, radios, etc. Lo que veían eran objetos concebidos dentro de una consciencia “animista” o “mitológica”, objetos sustituidos por los productos traídos a su mundo desde fuera. Su percepción no tenía los medios lógicos para ver algo tan sofisticado como una copa de plástico ni todos los demás productos de nuestra sociedad industrial y altamente tecnológica.

¡Pero tampoco los tiene nuestra percepción! Somos ciegos a los autobuses y las colillas en el cenicero, ciegos al alma en todas las cosas que salen de la línea de ensamblado, y doblemente ciegos si además creemos que las vemos. Podemos entender cómo conducir un autobús, entender la mecánica de su motor y acaso incluso la física que le subyace. Pero carecemos del poder lógico de verlo fisionómicamente por lo que es, es decir, de un modo equivalente a cómo los griegos antiguos podían ver su mundo tal como era. Cuando tratamos de ver un autobús o un aeroplano fisionómicamente, nos limitamos a aquella parte pequeña y relativamente poco importante de su realidad, es decir a ese estatus lógico inofensivo que tienen en común con las cosas naturales (su forma corpórea y su rostro), como si un avión fuese acaso un tipo de pájaro, y el autobús aparcado al sol algo así como un enorme peñón soleado, o algo por el estilo. No lo vemos junto con su esfera (toda la civilización tecnológica con sus abstracciones, producción masiva, transporte en masa, tensión...). Una percepción fisionómica reductiva. Y una especie de “monoteísmo” lógico: un único plano lógico o estadio para todo.

La lógica tal como aquí la entiendo priva a la psique de su inocencia atemporal, con la cual se encapsularía en el caleidoscopio platónico de sus propias visiones eternas. La psique sola, separada del la segunda mitad de “psicología”, también atraería el mundo a esta cápsula, asemejando plana y fácilmente (nivelando) la visión (arquetipal) y el acontecimiento (real), lo antiguo y lo moderno (anamnesis). La psique sola creería en la posibilidad de un Renacimiento simplemente por medio del intercambio de la propia visión y envolviéndose en la creencia, en un como si. El elemento lógico en “psicología” atraviesa este caparazón e inflige en la psique un sentido de un mundo real ahí afuera, sometido al Tiempo Irreversible, y por tanto un sentido de las pérdidas irreparables que a la vez son ganancias; un sentido de posible discrepancia entre el estatus lógico en que está nuestra actitud y el estatus alcanzado por el mundo objetivo que producimos para nosotros; un sentido de muchas muertes que morir y resurrecciones por las que pasar, que juntas son aquello que la palabra de Hegel aufhebung (superación, cancelación, sublación) intenta pensar a una.

“Nosotros venceremos” (We shall overcome) puede ser una traducción en norteamericano, pero ciertamente no de aufgehoben. Por el contrario, psicológicamente es el slogan en que la preservación del ego deviene una máxima. Es la declaración programática del rechazo a soportar la muerte que tiene que morir la constitución lógica presente de nuestra consciencia. Ciertamente, he oído con mucha frecuencia este slogan misterioso durante el tiempo de la guerra de Vietnam. Pero nunca escuché que la multitud cantara su segunda línea, la que continúa: “sed pereat mundus” (7). Aparentemente nadie advertía que lo que cantaban tenía una segunda línea, o mejor, un bajo continuo. En verdad, vencieron -pero la factura de esta victoria fue pagada por millones de camboyanos y vietnamitas que fueron asesinados, no por una desgracia imprevisible, sino como resultado de la traición del mundo inherente en la lógica del “nosotros venceremos”. Por supuesto, también es inherente en esta lógica que la voluntad de auto-preservación (de autopreservación de nuestra inocencia) sea sorda a su propio contrapunto. Porque si se hubiera vuelto consciente del hecho de que al decir “Nosotros venceremos” se está diciendo a la vez “sed pereat mundo”, entonces este slogan hubiera perdido su inocencia y hubiera perecido debido a su propia contradicción interna. Y entonces la voluntad de autopreservación, en cuyo nombre fue inventado este slogan, hubiera sido -podéis adivinar lo que sigue... ¡aufgehoben! (sublada). ¿Aufgehoben (sublada) en qué? Acaso en un amor por este mundo que pudiese permitirnos abrirnos a su realidad, incluso a su mitad amarga, fría y ajena, para que allí también se hiciese alma.

W. Giegerich 1988


Notas del traductor

(1) El término puede traducirse como “la labor del concepto” y también “el trabajo del concepto”, y ya se encuentra en La Fenomenología del Espíritu de Hegel, como bien puede verse aquí.

(2) Alusión al brillante artículo de 1978 de Hillman, Las heridas del puer y la cicatriz de Ulises.

(3) Este concepto hegeliano que suele traducirse como “superación” y también como “sublación” significa negación, cancelación, destrucción de una idea y preservación de su contenido original que es llevado así a un estado más sutil, semejante a la idea alquímica de sublimación.

(4) Diosa griega de la Persuasión y la Retórica, a la que Hillman alude con frecuencia en sus obras.

(5) Personificación griega del viento.

(6) Para comprender mejor esta analogía, conviene leer el artículo que Giegerich publicó en 1978, “El presente como dimensión del alma”.

(7) Aunque perezca el mundo.