¿Qué significa pensar?

Por Martin Heidegger, 1951.
Traducción de H. Kahmemam.

CUARTA LECCIÓN

Lo primero es: el tono de nuestra afirmación :“lo gravísimo en nuestra época grave es que todavía no estamos pensando”, no tiene nada de negativo, como podría parecer a los oídos superficiales. El aserto no parte en manera alguna de una posición calificadora, cualquiera que sea. Lo segundo se refiere a la pregunta por el carácter de enunciado de la afirmación. La modulación en que habla nuestra afirmación recién podrá vislumbrarse suficientemente cuando seamos capaces de meditar sobre lo que la afirmación dice propiamente. Esta posibilidad resultará en el mejor de los casos al fin del curso o largo tiempo después. Hasta es más probable que este mejor de los casos deje de producirse. Por esto debemos llamar la atención ya desde ahora sobre el problema que nos impone la afirmación si pensamos sobre la modulación de su decir. Esta modulación, empero, la entendemos como distinta de los términos “manera” y “modalidad”, es decir, no como un modus. Con modulación se quiere significar aquí la melodía, el sonido y el tono que no toca solamente la traducción del decir al campo fonético. La modulación del decir es el tono con el cual y conforme al cual está afinado lo que se dice. Con esto insinuamos que las dos preguntas por el “tono” de nuestra afirmación y por su carácter de enunciado guardan conexión entre sí.

Parece pues apenas posible negar que la afirmación que habla de nuestra época grave y de lo gravísimo que en ella hay, es un juicio sobre la época actual. ¿Qué hay acerca de tales juicios sobre la actualidad? Caracterizan la época, por ejemplo, como llegada a su ocaso, enferma, decadente, castigada por la “pérdida de su centro”. Lo decisivo en semejantes juicios, empero, no es que lo califican todo como negativo, sino simplemente que califican. Determinan el valor y, por así decirlo, la categoría de precios en que hay que clasificar la época. Se tiene tales tasaciones por indispensables, pero también por inevitables. Ante todo, producen inmediatamente la apariencia de estar en lo justo. Por esto obtienen también muy pronto el asentimiento de la multitud, al menos por el tiempo de vida que se concede a los juicios de esta índole. Actualmente este tiempo se va abreviando cada vez más. El que hoy vuelva a prevalecer el asentimiento al aserto de Spengler del ocaso de Occidente se debe, fuera de varios motivos extrínsecos, a que el aserto de Spengler no es más que la consecuencia negativa pero correcta de la palabra de Nietzsche. “El desierto está creciendo”. Hemos subrayado que ésta es una palabra pensada. Es una palabra verdadera.

Parece, sin embargo, que los otros juicios sobre nuestra época que van apareciendo, no tienen menos razón de ser. Y, en efecto, la tienen hasta donde son exactos, porque se ajustan a una ingente cantidad de hechos que son alegados como prueba y pueden documentarse con citas hábilmente seleccionadas de diversos escritores. Llamamos exacto al representar que se ajusta a su objeto. Hace tiempo que se equipara esta exactitud del representar a la verdad, o sea, que se define la esencia de la verdad por la exactitud del representar. Si yo digo: hoy es viernes, entonces esta afirmación es exacta, porque dirige el representar a la sucesión de los días de la semana y apunta el de hoy que es viernes. Juzgar es: representar con exactitud. Al juzgar sobre algo, por ejemplo, si decimos: “aquel árbol está en flor”, nuestro representar debe mantenerse en dirección al objeto, el árbol en flor. Pero este mantenimiento de la dirección está constantemente expuesto a la posibilidad de que alcancemos o no la dirección o la perdamos. Con esto el representar no quedará falto de dirección, pero en relación al objeto será inexacto. Dicho más precisamente, el juzgar es un representar exacto y por esto mismo cabe la posibilidad de que sea inexacto. A fin de que veamos ahora cuál es el carácter de enunciado que tiene nuestra afirmación sobre la época actual, debemos exponer con más claridad qué es juzgar, es decir, qué es representar exacta o inexactamente. Si pensamos sobre ello debidamente, nos hallamos ya en medio de la cuestión: ¿qué es, ante todo, el representar?

¿Representar? ¿Quién de nosotros no habría de saber lo que es representar? Si representamos algo, por ejemplo, filológicamente un texto, una obra pictórica bajo el aspecto histórico-crítico, un proceso de oxidación de la química, entonces tenemos en cada caso una representación de los objetos nombrados. ¿Y dónde tenemos estas representaciones? Las tenemos en la cabeza. Las tenemos en la conciencia. Las tenemos en el alma. Tenemos las representaciones dentro de nosotros, entiéndase, las representaciones de los objetos. Esto sí, desde hace algunos siglos se entremetió la filosofía cuestionando si estas representaciones dentro de nosotros corresponden en alguna manera a una realidad fuera de nosotros. Unos dicen que sí, otros que no, y otros finalmente que no hay manera de decidir sobre esta cuestión y que sólo se puede decir que el mundo, que aquí significa la totalidad de real, es en cuanto sea representado por nosotros. “El mundo es mi representación”. En este aserto, Schopenhauer ha resumido el pensamiento de la filosofía moderna. Hay que mencionar aquí a Schopenhauer porque su obra principal El mundo como voluntad y representación desde su aparición en el año 1818 ha determinado de la manera más persistente el pensamiento de todo el siglo XIX y del XX; también allí donde esto no se hace inmediatamente evidente, y también allí donde su aserto es impugnado. Olvidamos con demasiada facilidad que un pensador ejerce su acción más esencialmente allí donde es impugnado, más que en el medio donde obtiene asentimiento. Ni siquiera Nietzsche se libró de una discusión con Schopenhauer en cuyo transcurso, no obstante su concepción opuesta de la voluntad, Nietzsche mantuvo firme el principio de Schopenhauer: “El mundo es mi representación”. El mismo Schopenhauer al comienzo del segundo tomo cap. 1º de su obra fundamental, dice sobre este aserto lo siguiente:

'El mundo es mi representación' es, al igual de los axiomas euclidianos, un aserto que cualquiera que lo entiende tiene que reconocer como verdadero, si bien no es un aserto que cualquiera entiende en cuanto lo oye. Haber traído este aserto a la conciencia y haber enlazado con el mismo el problema acerca de la relación de lo ideal con lo real, es decir, del mundo que está en la cabeza con el mundo que está fuera de ella, constituye, juntamente con el problema de la libertad moral, la característica sobresaliente de la filosofía de los modernos. Pues, recién al cabo de milenios transcurridos sobre las tentativas de un filosofar meramente objetivo, se acabó por descubrir que entre las muchas cosas que hacen tan enigmático y grave al mundo, una es la primera y más inmediata: que por inmenso y macizo que sea el mundo, toda su existencia está pendiente de un solo hilito que es, en cada c aso, la conciencia en que se presenta”.

Frente a la discrepancia de opiniones en la filosofía acerca de la esencia del representar, no resta según parece sino una salida: abandonar el campo de las especulaciones filosóficas para investigar primero, prolija y científicamente, qué estado de cosas se presenta respecto de las representaciones en los seres vivos, sobre todo en hombres y animales. De tales investigaciones se ocupa, entre otras cosas, la psicología, que ha llegado a ser en la actualidad una ciencia bien constituida y ramificada, cuya significación se va acrecentando de año en año. Pero dejaremos aquí a un lado los resultados de las investigaciones de la psicología sobre lo que ella llama “representación”; no porque estos resultados sean inexactos, ni menos por carecer de importancia, sino porque se trata de resultados científicos. Pues, como asertos científicos se mueven dentro de un ámbito que también para la psicología ha de permanecer de aquel otro lado antes mencionado. Por esto no puede extrañar si dentro de la psicología no se llega a aclarar en manera alguna qué es aquello en que se clasifican las representaciones; a saber, el organismo de lo viviente, la conciencia, el alma, lo subconsciente y todas las profundidades y capas en que se diversifica el ámbito de la psicología. Todo aquí permanece problemático; no obstante lo cual, los resultados científicos son exactos.

Si nosotros ahora, a propósito de nuestra cuestión de qué es el representar, no nos atenemos sin embargo a la ciencia, no nos mueve a ello la presunción del sabelotodo, sino la precaución del que no sabe nada.

Estamos situados fuera de la ciencia. En su lugar estamos, por ejemplo, delante de un árbol en flor -y el árbol está ante nosotros. Se nos presenta. El árbol y nosotros nos presentamos uno al otro, por estar el árbol ahí y nosotros frente a él. El árbol y nosotros somos, puestos en la relación de estar uno-para-el-otro / uno-frente-a-otro. En este presentarse no se trata, pues de "representaciones" que están divagando en nuestra cabeza. Detengámonos por un instante, como lo hacemos al respirar antes y después de un salto. Pues, es el caso que hemos dado un salto, saliendo del ámbito común de las ciencias y aun, como se verá, de la filosofía. ¿Y adónde nos llevó el salto? ¿Acaso a un abismo? ¡No! Antes bien sobre un suelo. ¿Un suelo? ¡No! Sobre EL suelo, aquel en que vivimos y morimos, cuando no nos estamos engañando. Cosa curiosa, y hasta inquietante, el que tengamos que saltar primero sobre el suelo en el cual propiamente nos hallamos situados. Si hace falto algo tan curioso como este salto, debe haber ocurrido algo que da que pensar. Esto sí, para el juicio científico sigue siendo el asunto más insignificante del mundo el que cualquiera de nosotros haya estado alguna vez frente a un árbol en flor. ¿Qué tiene de particular? Nos colocamos frente a un árbol, delante de él, y el árbol se nos presenta. Propiamente ¿quién se presenta aquí: el árbol o nosotros? ¿O los dos? ¿O ninguno de los dos? Nosotros nos ponemos frente al árbol en flor tales como somos, no sólo con la cabeza o con la conciencia, y el árbol se nos presenta como el que es. ¿O es que el árbol se nos adelantó? ¿Se nos presentó primero el árbol para que pudiésemos avanzar hacia el estar-en-frente de él?

¿Qué sucede aquí, que el árbol se nos presenta y nosotros nos ponemos frente al árbol? ¿Dónde transcurre este presentar al estar nosotros frente y delante de un árbol en flor? ¿Acaso en nuestra cabeza? Indudablemente; muchas cosas ocurren tal vez en nuestro cerebro cuando estamos en un prado teniendo delante y percibiendo un árbol en flor con su resplandor y su fragancia. Hasta se puede hoy día mediante aparatos de transformación y amplificación hacer perceptibles acústicamente los procesos de la cabeza como corrientes cerebrales, haciendo un gráfico de las curvas respectivas. Se puede... ¡cómo no! ¿Qué no puede el hombre actual? Hasta puede a ratos ayudar, con este poder. Y está ayudando por todas partes con las mejores intenciones. Se puede... es probable que nadie de nosotros tenga siquiera un barrunto de todo lo que el hombre podrá hacer científicamente dentro de poco. Pero ¿dónde queda, por ceñirnos al caso que nos ocupa, con esas corrientes cerebrales científicamente registrables, dónde queda el árbol en flor? ¿Dónde queda el hombre? ¿No el cerebro, sino el hombre que acaso mañana se nos vaya muriendo y que en otros tiempos venía hacia nosotros? ¿Dónde queda el presentar en el cual el árbol se presenta y el hombre se coloca en el estar frente al árbol?

Presumiblemente en el presentar recién mencionado tengan lugar también diversos procesos en lo que suele describirse como la esfera de la conciencia, considerándola como lo anímico. Pero ¿está el árbol “en la conciencia” o está en el prado? ¿Se extiende el prado como vivencia en el alma o sobre la tierra? ¿Está la tierra en nuestra cabeza o estamos nosotros en la tierra?

Objetará alguno que sobran semejantes preguntas acerca de un estado de cosas que al punto es admitido por cualquiera como cosa que corresponde en justicia, puesto que para todo el mundo es más claro que la luz del día que nosotros estamos en la tierra y, siguiendo el ejemplo elegido, frente a un árbol. Mas no nos precipitemos demasiado al hacer esta concesión y no tomemos demasiado a la ligera lo que parece más claro que la luz del día. Pues, al primer descuido damos de mano a todo esto, tan pronto como las ciencias de la física, fisiología y psicología juntamente con la filosofía científica y todo el aparato de su documentación y pruebas, nos explican que propiamente no percibimos allí ningún árbol, sino en realidad un vacío sembrado a grandes intervalos de cargas eléctricas que circulan a enormes velocidades. No basta que admitamos, por así decirlo, sólo en los momentos que escapan a la vigilancia científica, que nos hallamos naturalmente frente a un árbol en flor, para asegurar un instante después con la misma naturalidad que tal opinión representa por supuesto solamente una concepción ingenua de las cosas, por ser pre-científica. Al asegurar esto, ya hemos concedido algo a cuya trascendencia apenas prestamos atención, a saber, que propiamente son las ciencias mencionadas quienes dictaminan cuales cosas del árbol en flor pueden tenerse por realidad y cuáles no. ¿Con qué título se toman las ciencias, a las que el origen de su propia esencia tiene que permanecer oculto, las atribuciones para emitir semejantes juicios? ¿De dónde les viene a las ciencias el derecho de determinar el lugar donde está situado el hombre, erigiéndose a sí mismas en patrón y medida de tales definiciones? Esto, empero, ya tiene lugar con sólo resignarnos en silencio a que nuestro estar frente al árbol sea únicamente una relación calificada de pre-científica con lo que seguimos todavía denominando “árbol”. La verdad es que actualmente estamos más bien inclinados a repudiar el árbol en flor a favor de conocimientos físicos y fisiológicos que creemos ser superiores.

Si meditamos sobre lo que significa el que un árbol en flor se nos presente de manera que nosotros podemos ponernos en el estar frente a él, lo que importa antes que nada es dejar estar finalmente el árbol en flor allí donde está, en vez de darle de mano. ¿Por qué decimos “finalmente”? Porque hasta ahora el pensar nunca le ha dejado estar allí donde estaba.

¿Pero no nos informa la investigación científica de la historia del pensar occidental de que Aristóteles, a juzgar por su teoría del conocimiento, fue realista? Realista es un hombre que afirma la existencia y cognoscibilidad del mundo exterior. En efecto, a Aristóteles nunca se le pasó por el pensamiento negar la existencia del mundo exterior. Pero tampoco le ocurrió esto jamás a Platón, ni a Heráclito o Parménides. Empero, estos pensadores tampoco afirmaron ni demostraron jamás de modo especial la presencia del mundo exterior.