La psicología y lo Otro

Transcripción por Alejandro Bica de algunos fragmentos de la Introducción a "Soul Violence (Collected English Papers)" de Wolfgang Giegerich, leídos y comentados en el curso Psicología y Verdad dado por Enrique Eskenazi. Comentarios de Enrique Eskenazi entre corchetes.


Debiéramos comprender la psicología como la disciplina de la interioridad, no en un sentido espacial, sino en un sentido lógico o metodológico. La interioridad, aquí no se refiere a estar contenido en algo (por ejemplo, en un tipo de vasija, en nosotros mismos, etc.), sino que significa el proceso o la obra de interiorizar un fenómeno dentro de sí mismo, dentro de su concepto, y por lo tanto, dentro de su "alma".

"Externa" y "exterioridad", por lo tanto, se refieren primeramente a ese modo en que los fenómenos no son interiorizados dentro de sí mismos, sino que son tomados tal como aparecen, en su primera inmediatez, como hechos empíricos o como positividades.

[Interiorizar es lo opuesto a tomar los fenómenos tal como aparecen, empíricamente, como hechos o como datos. Cualquier hecho, si se lo eleva a su noción, está siendo interiorizado; si se lo toma como un hecho que es lo que es, permanece exterior. Ni "exterior" es espacial, ni "interior" es espacial, es la manera en que se enfoca lógicamente el tema que sea: o se lo enfoca dándole interioridad o limitándolo a un enfoque exterior o superficial. Ver "¿Es “profunda” el alma?".]

Ésto ya se ha expuesto en diferentes lugares y contextos en los dos volúmenes anteriores y en otros escritos. En éste volumen un aspecto particular de la condición de la posibilidad de la interioridad psicológica será el foco fundamental. Si la psicología es esencialmente el trabajo de interiorizar los fenómenos dentro de sí mismos, ha de ser claro que los fenómenos psicológicos tienen la estructura de un Self, [de una subjetividad, de una mismidad, de sí mismo] (sin confundir ésta noción con la expresión de Jung de Self, que es una noción substanciada). La imágen simbólica para esta forma de sí mismo es el uróboros, "el que se come su propia cola, del cual se dice que se genera, se mata y se devora a sí mismo". (C. G. Jung) La forma de sí mismo en éste sentido no necesita otra cosa, está sin ningún otro, incluso se conoce a sí mismo sin necesidad de otro. Tiene todo lo que necesita dentro de sí mismo. Hace todo y lo experimenta todo a partir de sí mismo. Es absolutamente autosuficiente. Si se genera o si se da nacimiento a sí mismo y si se mata a sí mismo, y ambas cosas en el mismo acto, entonces es autocontradictorio, dialéctico y existe como autocontradicción.


El problema de cómo entrar en la psicología como un pensamiento en términos de la forma de sí mismo -o del uróboros, o de un pensamiento autocontradictorio- nos involucra en la cuestión de cómo tratar con, o qué hacer con, o dónde poner, la cuestión de lo "Otro". Porque sólo si la psicología consigue liberarse verdaderamente y completamente a sí misma de cualquier otro, liberándose verdaderamente de manera tan completa que ya no se vea perturbada por ello y ya no tenga que estar manteniéndolo afuera, y ni siquiera tenga que estar vigilando y siendo autodefensiva con respecto a lo otro, sólo entonces, la psicología llegará a existir.

[El "Otro" de la psicología es lo que no es psicología. Una psicología que dependa de lo que no es psicología es una psicología que está vinculada a un otro. Por ejemplo, cuando decimos que la psicología depende de los instintos y que los instintos son la base biológica, esa psicología necesita a la biología para sostenerse: está siendo esclava o hija de algo no psicológico. Una psicología ha de ser verdaderamente psicología cuando no esté dependiendo de la información que viene de fuera de la psicología. Ver "¡Sin coartada!"]

Ésta tarea de liberarse a sí misma de lo "Otro", produciéndose así la interioridad de la psicología, requiere un tipo de violencia, un acto violento, o mejor dicho, varios actos violentos, y el primero de todos consiste en "matar al niño".


El concepto de "niño" representa en forma imaginal el principio de la lógica de toda exterioridad y alteridad.

[La imagen del "niño" siempre espera algo fuera de la imagen misma, por ejemplo, el llegar a ser cuando sea grande, y por lo tanto, cuando deje de ser niño. El niño siempre está referido a un otro, pero el otro al que el niño tiende está fuera del niño mismo, y por lo tanto, desde el concepto de niño el otro siempre está literalizado como un afuera, por ejemplo como un futuro. El niño espera el futuro y el futuro es justamente lo que no hay en el presente. Toda expectativa de futuro, aunque no se lo advierta, automáticamente está tratando de desencarnarse del presente. El niño como futuridad ve el futuro como lo otro de lo que hay, y por lo tanto literalizado como algo que no está siendo ahora, cuando bien pensado, ese futuro que se aguarda existe presentemente en el alma y por eso se lo imagina como futuro. Por lo tanto, toda expectativa temible o deseable de un futuro no se relaciona con el futuro sino con lo que ya está presente en uno pero no reconocido como en uno sino puesto literalmente afuera. Giegerich está hablando de que esta imagen del niño se caracteriza en que siempre se remite a un otro que literalmente es puesto afuera y nunca es reconocido como el otro de sí mismo. En éste sentido esta imagen no tiene en sí todo lo que necesita cuando se la vive literalmente, y siempre remite a otra cosa.]

Uno sólo puede comenzar a hacer psicología si "¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!" (La Divina Comedia. Infierno. Dante).

[Si no se abandona la esperanza uno nunca está donde está, sino que está donde está para ir allí. El "ir allí" ciega ante lo que hay aquí. Toda expectativa de algún futuro es una manera no advertida de no hacerse cargo de lo único que hay, lo que ahora mismo hay.]

El deseo y la esperanza tienen en sí mismos la estructura de la exterioridad, tienen sus objetos, aquello que desean o esperan, lógicamente fuera de sí mismos. Así, por definición, son impotentes, son como un mero soñar acerca del futuro.

[En lugar de volver sobre sí mismos, el deseo y la esperanza siempre es deseo y esperanza de lo que no hay. La esperanza no espera esperanza, espera algo para calmar la esperanza, por lo tanto busca algo que no es esperanza misma, sino algo que calme la esperanza. Lógicamente el deseo y la esperanza remiten a otra cosa.]

Ésto está completamente en contraposición con el querer. La voluntad dentro de sí misma tiene un enganche en aquello que quiere, porque quiere los medios reales que se requieren para alcanzar su objetivo. La voluntad está dispuesta a hacer lo que se requiera, es obediente a sí misma.

[Una cosa es "me gustaría ser médico" y otra cosa distinta es "estoy dispuesto a pasar por todo lo que haya que pasar para llegar a ser médico: las horas sin dormir, las fiestas a las que no iré, los veranos que tendré que sacrificar". Hay una diferencia entre el fantaseo y la voluntad que está dispuesta a ponerse en acción. Querer algo es querer todas las limitaciones y toda la auto-negación que implica llegar a ese algo. Fantasear es jugar a eso sin renunciar a nada.]

Desear, esperar y soñar acerca de algo que sería lindo, que sería bueno, que estaría bien (coniunctīvus irrealis), son actividades que están completamente de éste lado, del lado del sujeto, y tienen sus objetos, absolutamente más allá, fuera de su alcance; hablando estrictamente, uno ni siquiera podría decir que al desear, al anhelar, uno podría anhelar la realización del propio deseo, porque está en la naturaleza del deseo excluir del deseo mismo la noción de lo real.

[El deseo quiere desear, por lo tanto, si se lograra el deseo entonces desaparecería como deseo. Desear no implica nada, es fácil, en cambio la conquista de lo deseado te modificaría de tal manera que ya no serías tu. A la gente le gustarían cosas por las que no están dispuestas a hacer absolutamente nada.]

Cualquier "psicología" que arranque de la noción de deseos o anhelos como categoría primordial, puede ser descubierta como una psicología que está operando desde el punto de vista del "niño", y por lo tanto, da por supuesto que si seriamente piensa en su propio concepto (que es el concepto del deseo), tiene que llegar a la intuición fundamental (lógica) de la inalcanzabilidad del objeto de deseo, y por lo tanto tiene que ir corriendo a la noción del "Otro" irrevocable, dividido por un bache imposible de franquear, una diferencia absoluta, una carencia fundamental, porque lo Real, por definición, ha sido excluido del deseo. Ésta psicología puede llegar tan lejos como para glorificar, celebrar y festejar al "Otro" que ahora se ha vuelto absolutamente trascendente, inalcanzable, mirándolo con adoración pero con resignación. Ésta glorificación del "Otro" desde una distancia, es lo más que una psicología del deseo puede llegar a realizar en cuanto a volverse consciente de la otredad. En su mayor parte, empero, tales psicologías evitan completamente la alteridad. Inocentemente, sin advertirlo y sin expresarlo evitan al otro simplemente manteniéndolo fuera del alcance.

[Tales psicologías evitan el encuentro efectivo con el otro que les llevaría a la transformación, porque ese otro admirado y adorado nunca es encontrado. Por mucho que se habla de la alteridad, de hecho, no advertidamente, hay una defensa real contra el encuentro efectivo con un otro. Es por eso que el otro está desplazado a un punto inalcanzable.]

Tal posición, obviamente, es incompatible con una psicología con "alma", una psicología definida como interiorización absoluto negativa.

[Una psicología con alma es una psicología que está en contacto directo con el otro de sí misma en sí misma y no fuera de sí misma. Es una psicología que no tiene nada fuera de sí, el otro de esta psicología está dentro. Pero está, y por eso tiene alma. El alma es el encuentro efectivo con su otro. Por eso es con alma y no un alma allí, a la que nunca llega, y por lo tanto desalmada porque el alma está allí delante en un supuesto futuro.]

Por ésto, en el "examen de ingreso" de la psicología que ha de ser, el candidato tiene que demostrar que "el niño" -es decir, la forma lógica o la sintaxis de nuestra consciencia cotidiana habitual- ha sido expulsado, matado. No hay ningún puente que conduzca de la consciencia común a la consciencia psicológica, del "niño" a la interioridad, porque "el niño" está definido como lo que sistemáticamente excluye la interioridad: establece el bache como lo infranqueable.

[El bache es infranqueable porque está definido como un bache infranqueable. Cuando uno, por definición, dice que aquello es un objeto que jamás conocerá, no es cierto que jamás lo conocerá, sino que en la definición ya se lo pone como imposible, y no como un imposible vivido, sino como un imposible definido. Con lo cual, ese objeto que uno postula que no es cognoscible es algo curioso, porque uno lo postula, y al postularlo inadvertidamente se lo está conociendo, sí, pero se lo conoce como incognoscible. En lugar de entrar en lo que hay en la definición de un objeto que uno sabe que no es cognoscible, eso que ya está en uno, se coloca como adelante e imposible de acceder. Claro, es imposible por definición, no porque se lo haya intentado. De hecho, si lo intentáramos, veríamos que la noción se desmorona.]

Aquel que quiera entrar en el programa de entrenamiento a la psicología no puede desear rescatar el núcleo más profundo de la posición de la infancia como algo precioso inalienable y retenerlo en las condiciones de la adultez. Como dijo el Apóstol "Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño" (Epístola los Corintios 13:11). Pero la consciencia moderna ha hecho exactamente lo opuesto, se ha establecido en "el niño", habiendo destilado y transformado al "niño" en su forma lógica.

[La consciencia moderna es la continua expectativa de un futuro, de un crecimiento, de un todavía no. No es que sea el tema en el que piensa, sino que es la forma en la que piensa cualquier tema, una forma que termina siendo literalizadora, postergadora, prometedora, pero nunca entra en sí misma.]

No es meramente una cuestión de abandonar al "niño". Uno sólo puede comenzar si donde está "el niño" uno ahora ya lo ha abandonado, sólo si el deseo, el anhelo, el pensamiento fantasioso, el querer ilusorio, la esperanza, el anhelo de salvación, de liberación, incontrovertiblemente han sido dejados atrás. Para la psicología, ir más allá del principio del placer, más allá del "niño", no es una meta futura, es su punto de partida, es su pasado perfecto.

Esta translocación es un acto fundacional y tuvo que haber tomado lugar ya hace tiempo. El deseo no es un concepto psicológico, ni es un concepto sobre el cual construir una psicología. El "alma" no desea, el "alma" no es aniñada, tiene otras preocupaciones. Sólo la psique y el ego desean, sólo el niño desea.

Por supuesto, en el cuarto de consulta, el terapeuta se ve enfrentado con un ser humano real, y por lo tanto, tiene que estar atento a ambos lados de la diferencia psicológica, esto es, tiene que estar atento también a lo psíquico y al material del ego.

[La psicología no es ningún fenómeno (psíquico o físico), sino la reflexión sobre cualquier discurso acerca de los fenómenos.]


Uno de los principales deseos característicos del "niño" es permanecer firmemente, tal como lo pusieron los alquimistas, en la unio naturalis, es decir, en el punto de vista de la psique subjetiva y en el horizonte de los deseos y sentimientos de las personas humanas, lo que Jung llamó el ego. Por ésto los psicólogos junguianos con tanta frecuencia, cuando se ven enfrentados con realidades que podrían perturbar o destruir este sentido de unidad, recurren a varias técnicas para impedirlo. Por ejemplo, ante la chocante realidad arcaica de la matanza ritual de seres humanos y animales, se ven inclinados a darle a éstas matanzas una lectura meramente metafórica, y por lo tanto, quitarle la brutal realidad de su filo psicológico. En el extremo opuesto, ante la civilización tecnológica moderna, decididamente abstracta y desencantada, los psicólogos junguianos tienden a proponer tales cosas como "resistirse a tomar una distancia de la emoción y del instinto, establecer una relación con nuestras máquinas, una relación que incluya el eros, la estética, los ritmos de la naturaleza, y desarrollar una sensitividad hacia las cosas tecnológicas que mantendría a la tecnología dentro de los límites del interés humano y finalmente resultarían en una tecnología más humanizada". Las técnicas que se emplean en este segundo caso son dobles, una equivale a intentar reimaginarla después del hecho de tener nuestra experiencia real y verdadera de la tecnología, de manera tal que pueda absorber lo que primariamente es asombroso y ajeno, en el horizonte de nuestros sentimientos familiares humanos, demasiado humanos, egoicos, y de nuestras expectativas, y así quitarle a lo ajeno sus efectos alienantes y sorprendentes.

[Cuando uno habla de establecer una relación amorosa con los objetos tecnológicos y relacionarnos con la tecnología de una manera que se vuelva amorosa y familiar, lo que uno está haciendo es que a partir de algo que ya existe -que es la tecnología y que aún no la hemos afrontado- decidir que eso que existe tiene que ser ajustado a nuestras expectativas de tal manera que todo el horror, la diferencia, y lo alienante de lo tecnológico se disuelva en algo familiar. ¿Pero, es la tecnología algo familiar o tenemos que hacerlo familiar a fin de evitar el horror que en sí pueda contener? En este programa de humanizar la tecnología ya hay implícitamente un reconocimiento de que no es humana, pero también hay una decidida negación a investigar su faceta no humana bajo la premisa de que debe ser humana y por lo tanto hay una prohibición de entrar en un aspecto que ya se está reconociendo pero no se está afirmando explícitamente. Se dice una cosa que parece fantástica, pero si uno mira lo que dice, ese decir oculta una negación y un miedo, un reconocimiento no afrontado. Humanizar la tecnología no es ir a averiguar qué hay allí, sino un querer traerlo a mi terreno. Ésto es pensamiento ilusorio. No veamos la lógica que impera, no veamos todo el ser-en-el-mundo que implica que haya esas máquinas, no veamos toda la manera de pensamiento que la ha hecho posible. ¿Qué hay ahí? Una negación, una defensa. Y por lo tanto, lo que parece un acto acogedor y amoroso encubre un rechazo total. Pero no se explicita, no se dice.]

El alma objetiva, que siempre asombra y aterroriza, en este caso se asimila al concepto subjetivo e inofensivo de un almita, una dulce alma, del modo en que se la imagina el "niño", un almita sin implacabilidad, sin dureza, sin piedad alguna.

La otra técnica para preservar la unio naturalis es la reducción del fenómeno de la tecnología a la de los objetos técnicos tangibles, las entidades fácticas positivas, "nuestras máquinas", "esas cosas", en otras palabras a la reducción positivista de un fenómeno lógico o sintáctico al nivel de objetos semánticos. Los niños necesitan lo tangible, lo visible o lo imaginable.

[La tecnología no es un objeto ni una suma de objetos, es una manera entera de afrontar la realidad, que además se manifiesta en los objetos; pero no es un objeto, es un estilo, un modo-de-ser-en-el-mundo; no es una cosa, es el espíritu rector de una cultura, que determina la manera de vivir.]

Además de las reacciones más defensivas a las experiencias que amenazan la unio naturalis o el arquetipo del niño muchos junginianos pretenden tener acceso a un contramundo sustancial, positivo, que afirma la unidad primordial y el profundo deseo egoico de una continuidad sin rupturas con el pasado y la historia. Esta es la solución esotérica, hoy seguida frecuentemente en las huellas de Henry Corbin. Ahora bien, el esoterismo es la teoría o el sentimiento de que hemos perdido las verdades primordiales revelatorias pero que es posible reconquistar el acceso a ellas, por ejemplo, "encontrándonos con el Ángel". Esta posición que en última instancia es profética, que opera siempre con la amenaza de un mal inminente y que predica el regreso al camino correcto a partir del equivocado como un modo de salir de éste mundo, es incompatible y de hecho diametralmente opuesto a aquello que la psicología y la psicoterapia realmente representan: el trabajo paciente y dedicado de destilación sobre la masa confusa, que como dicen los alquimistas fue despreciada y arrojada a la calle, a fin de ser capaz de ver el "alma" operando en lo real, el oro en el lodo, en lugar del deseo de abandonar y así traicionar lo que está mal a fin de traer corrección.

Por lo que toca a la oposición de estas dos posiciones básicas y el compromiso del psicólogo con el "alma", tómese en cuenta la respuesta que le dio Jung a los comentarios críticos de un corresponsal (en la Carta 2, página 557) cuando escribió: "Estoy caminado a través del lodo en el fondo del mar tal como usted lo dice. Este lodo empero es el alma humana, tal como lo ha sido durante varios miles de años. Siendo un médico me preocupan las quejas del mundo y sus causas, pero usted en cambio es un jubiloso cristiano que está muy por encima del fondo cenagoso. Para mi de ninguna manera hay rechazo de la locura humana. El gozoso cristiano nos dice cómo deberían ser las cosas, pero tiene mucho cuidado de no tocar las cosas tal como son."

Todos estos subterfugios están impulsados por el deseo del "niño" de salvar, o más bien, restaurar regresivamente la unidad primordial del "alma" consigo misma, o con el dulce concepto de alma del "niño" o del ego. Pero al seguir la lógica del dicho alquímico que dice, "aurum nostrum non est aurum vulgi", nosotros podríamos decir que nuestra "alma", es decir, el "alma" en un entendimiento psicológico, no es el "alma" del "niño", no es el "alma" del ego. Nuestra "alma" comienza después de un implacable "distanciamiento de las emociones y de los instintos", y después de una irreversible e incesante disolución de la unio naturalis.

Ésto se ve claramente en el axioma del Pseudo Demócrito, "La naturaleza se regocija en la naturaleza. La naturaleza somete a la naturaleza. La naturaleza gobierna sobre la naturaleza". Aquí no se ve ningún intento de proteger la inicial inocencia de la naturaleza, ni de proteger su inofensividad natural consigo misma, no hay ninguna resistencia a distanciarse de la emoción o del instinto. Por el contrario, una sumisión de la naturaleza, y una sumisión no interpretada egoicamente como surgiendo de la desmesura humana como la obra del ego o de los hombres que han caído o que se han equivocado, sino más bien como que la misma naturaleza hace esta sumisión sobre sí misma.

[El camino del alquimista, el camino del psicoterapeuta, no tiene que ver con un abandono de nada, sino con un acogimiento de las cosas tal como son, tal como están, por terribles que sean, no de un intento de salir de lo terrible para ir a salvarse, trascender, despertarse, mejorar, etc.]

Respecto a la pregunta que se hace Jung dirigiéndose a varios de sus colegas psicólogos, "¿son todos parteras y nodrizas?" (Cartas), podríamos preguntarnos si Jung hubiera estado más cerca de dar en el blanco si se hubiera preguntado directamente a sí mismo, ¿no son acaso estos colegas, todos, psicológicamente niños, no están todos ellos identificados, sin saberlo con el niño?


En la realidad común los exámenes de ingreso ocurren una sola vez. Una vez que ya se ha pasado el examen uno se ve libre de continuar el entrenamiento o el curso de estudio adecuado habiendo acabado de una vez y para siempre con el examen de ingreso, dejándolo atrás. Mi énfasis en el pasado perfecto (ha ocurrido), mi conexión con el examen de ingreso a la realidad psicológica puede incluso intensificar este sentido de una vez para siempre, pero en realidad, el examen de ingreso en la verdadera psicología no es un logro temporal literal que hace que la persona avance a un estatus nuevo, sino que, como un cambio de consciencia lógico y metodológico es una tarea perpetua, porque cada vez que queremos acercarnos a un tópico particular de manera psicológica tenemos que pasar por esta prueba otra vez, e incluso, volver a pasar por todo el entrenamiento subsiguiente otra vez.

[En cada momento se vuelve a producir la prueba. Cada vez que se trate un nuevo tema hay que volver a despojarse de toda propuesta de reforma, de resurrección, de salvación, de esperanza de futuro, etc., para poder volver a acoger al fenómeno tal como es, con la convicción de que el fenómeno tiene que sí todo lo que necesita. Esto incluso implicaría la convicción de que el tiempo en que nos toca vivir -no el que queremos vivir-, tiene en sí todo lo que necesita.]

[El gran esfuerzo de Giegerich está en cómo llegar a lo real, y está tratando de romper la burbuja psicológica de que las experiencias (pensamientos, deseos, quereres) de la gente tiene algo que ver con la realidad. Giegerich está insistiendo todo el tiempo en que lo real es otra cosa. Ese reino del yo y de sus expectativas es cuculandia, y por eso insiste en que todas las psicologías New Age y todas las psicologías del crecimiento lo acunan a uno en cuculandia, no lo hacen más real, lo hacen, a pesar de todo, más desencarnado. El psicólogo ha de dejar ser, el esotérico no deja ser, quiere una transformación, quiere encaminarse hacia "los picos" y abandonar "los valles", y por lo tanto hay un repudio a algo como lo imperfecto, lo degradado, lo equivocado, y por cierto, hay implícitamente una actitud de prédica de arrepentimiento, de pecado, de error, de condenación y de salvación. Todas éstas psicologías, sin advertirlo, son teológicas. Ver "El psicólogo como predicador".]


Las ideas de un bache infranqueable, de una barrera, de una diferencia absoluta que no se puede transitar, de un velo o de una cortina detrás de la cual se oculta la verdadera realidad a la que jamás llegaremos, no son sino objetificaciones de (es decir, poner en el objeto) las resistencias del sujeto, de hecho, del rechazo por parte del sujeto a entrar (en latín intrāre = iniciación), a arriesgarse y a ponerse en juego sí mismo, a poner en juego su corazón más íntimo y su alma, o mejor dicho, de ponerlo no en, sino de ponerlo dentro del objeto mismo. Es esta auto-reserva subjetiva, este auto-centramiento teórico, lógico, así como esta timidez o temor del "niño" lo que aparece en forma cosificada en frente del sujeto como si fuera un objeto o un obstáculo realmente existente, como un velo o como una barrera. El sujeto prefiere permanecer como un observador de este lado del objeto, el cual es colocado automáticamente más allá.

[El encuentro con la verdad requiere la disponibilidad, por parte del intelecto, a perder todas las seguridades que a uno lo habían llevado hasta allí. La verdad de la psicología es la verdad del alma, es la verdad de la interioridad del alma en las cosas. Si uno va con una convicción religiosa o sectaria, esa convicción termina siendo la puerta que le cierra el camino a la verdad. La puerta no está fuera del entendimiento, sino en el entendimiento mismo. Como acaba de mostrar Giegerich, si el entendimiento en uno se preserva ante el objeto, aunque no lo advierta, el objeto va a aparecer definido como incognocible a priori, va a parece que en el objeto hay un velo que hace imposible conocerlo. Pero eso que aparece como un velo en el objeto no es más que la resistencia del sujeto a dejarse penetrar por el objeto o a penetrar en el objeto de tal manera que resulte transfigurador. Por supuesto, no se da cuenta. Ve el velo allí, pero no ve que el velo es la objetivación de la propia defensa.]