Conciencia, autoconciencia y negatividad

Por Enrique Eskenazi.


La reorientación de Giegerich hacia “el alma” (1) en términos de negatividad (es decir, como rechazo no sólo del positivismo sino, y principalmente, de toda identificación de “alma” con algún tipo de existencia “positiva” (ente), sea física, química, biológica, psíquica, social, etc.) se pone de manifiesto en su insistencia en que “el alma” es, ante todo, vida lógica. Esencialmente en esto -y en todo lo que ésto implica- ha consistido su giro desde la ontología hacia la lógica, “de Heidegger a Hegel” (2). Con ello además se pone de manifiesto que aquí la expresión “lógica” debiera entenderse como algo muy diferente de la mera “lógica formal” o “matemática” o “razón abstracta” para aproximarla a su conexión con el logos y la dialéctica (tanto platónica como, más poderosamente aún, hegeliana).

Desde esa perspectiva, hablar de hemisferios cerebrales, de género masculino o femenino (hombres, mujeres), de relaciones (o constelaciones) familiares, de condicionamiento social, de influencia del medio, de energías, de órganos, de hormonas, etc., es permanecer anclado en la positividad y, finalmente aunque de modo inadvertido, en el positivismo. Se incurre en informar sobre hechos. Pero la conciencia (y la inconsciencia) nunca es “un hecho”, sino la negatividad de cualquier hecho y de todo hecho como razón y fundamento del “alma”. En cualquier pretendido “saber” -así como en cualquier “decir”- hay la irreconocida dualidad (y por ello identidad falsa) entre el momento del saber (el enunciar), el momento del logos, y el momento de aquello sobre lo cual tal saber (o decir) versa, el momento del ser. De modo que toda conciencia (y todo decir) es siempre conciencia de (y decir de) “lo otro”, y toda conciencia-de (y decir-de) es a su vez un acto de conciencia o un acto de decir. La autoconciencia, la conciencia de la conciencia (y de la inconciencia), al igual que el decir acerca del decir (y del no-decir), implica siempre una negación (negatividad) del objeto o tema de la conciencia o del decir, en tanto que mero “estar-ahí” como un “hecho” en sí y “separado-de” la conciencia y del decir; y ello conlleva un reconocimiento de que en ese “hecho” o tema ya está presente la conciencia misma y el mismo decir, el logos. Esto es Hegel elemental. Y el mismo Hegel, en su Fenomenología del Espíritu, muestra cómo el intento de “observar” a la conciencia (la pretensión de conocer la autoconciencia o vida del espíritu mediante la conciencia observadora de hechos, la conciencia “positivista”) como si fuese un objeto positivo o un ser-ahí-enfrente, puede conducir a la afirmación de que el ser del espíritu es un hueso. (3)

Precisamente leyendo la edición y traducción de esta obra hegeliana a cargo de Manuel Jiménez Redondo, me encuentro con esta nota del traductor, que realmente merece destacarse, en la página 1047:

“Frente a la mera afirmación abstracta del idealismo, la conciencia que ha hecho de verdad experiencia o que ha empezado a hacer en serio experiencia de la verdad del idealismo es la conciencia observadora que ha llegado a la conclusión de que el ser de la conciencia consiste en el cerebro y el cráneo, es decir que, después de reducir todo ente a explicación (a razón), se pone ella misma como inmediatez del ente. Es esa conciencia la que empieza a saber de verdad qué es eso de la categoría como unidad del ser y de lo “suyo”. (4)

Me voy a permiter llamar la atención al lector sobre la Gelassenheit, la indiferencia, que pueden producir estos textos de Hegel, que no sabría yo decir si es del todo sana, pero que en todo caso sí que resulta paradójica. Uno escucha una conferencia de un colega sobre la mente. Este reduce la mente a sus bases neurofisiológicas, y a partir de ahí emprende un ataque contra la tradición y contra el pensamiento moderno. Uno piensa para sí: tiene toda la razón; este colega mío es un gran idealista; los materialistas son aquellos que él ataca, los cuales se quedaron a medio camino; él lleva su idealismo hasta el final, sólo que no se entera.

Una indiferencia análoga es la que se seguiría de la tradición de teología negativa, leída desde Hegel. Según De mystica theologia de Dionisio Areopagita, de la “Causa de todo” no puede decirse lo que es sino lo que no es. La causa de todo, pantón aition, ni es A ni no A, ni es B ni no B, ni es C ni no C, y así sigue con todo predicado posible. Pero pantón aition, causa de todo, es también un predicado, al que hemos recurrido para tener un sujeto gramatical, pero al que también hemos de aplicar nuestra negación sistemática. La aplicamos y decimos: no hay pantón aition. Esto fue lo que, según el salmo, dijo el necio en su corazón: no hay Dios. Pero nosotros pensamos: he ahí un hombre verdaderamente piadoso, un verdadero creyente, con un verdadero barrunto de lo que Dios es, sólo que no se entera (5). Y después nos encontramos con un creyente que nos dice que Dios es A, y B, y C, y D, etc. Y pensamos: he ahí a un no creyente que se imagina ser creyente porque confunde a Dios con un ídolo, sólo que no se entera. Pero el creyente pasa a defenderse y dice que en realidad lo que él dice de Dios es que ni es A ni no A, ni B ni no B, ni C ni no C, etc. Nosotros sacamos la conclusión de esto último y pensamos: el creyente, cuando de verdad lo es, es cuando afirma aquello de lo que inmediatamente se sigue lo que dice el ateo, es decir, cuando en definitiva dice lo mismo que un ateo.”


Notas

(1) Adviértase el uso de las comillas, para indicar que aquí “alma” es más bien una imagen que no alude a ninguna “sustancia” o entidad. Si bien en Jung todavía había una concepción “naturalista” del alma, concebida como algún tipo de “realidad” (y, por tanto, concebida positivamente), ya en la psicología arquetipal de James Hillman “alma” pasa a significar una perspectiva, un punto de vista, un enfoque. En Giegerich la expresión alude más a una actividad, a un movimiento, y se usa como adjetivo más que como sustantivo.

(2) En su “Una vez más la cuestión realidad/irrealidad” Giegerich escribía: “No hablo en absoluto de realidades. Mi argumento no es ontológico; es lógico (psico-lógico). Este es uno de los cambios esenciales que hice ya hace años: ir más allá de la ontología a la lógica, más allá de ‘Heidegger’ a ‘Hegel’”.

(3) El ejemplo es del mismo Hegel. Pero podemos sustituirlo por afirmaciones al estilo de “el alma está (es) en el cerebro”.

(4) La “unidad del ser y lo suyo” alude a esa indiferenciada identidad de ser-ahí y de conciencia (o inconsciencia), de ontos -ser, entidad- y de logos -conciencia, discurso (lo suyo se refiere a lo suyo de la conciencia). En la Fenomenología Hegel muestra así la necesaria limitación inherente a toda actitud (conciencia) de observación (o conciencia “científica”) -que se coloca frente a o delante de algún hecho exterior a la conciencia o ante algún pretendido objeto en sí- a fin de aprehender la dinámica del “alma”. Si bien es necesario llegar hasta el límite en la experiencia de la observación (el ser del espíritu es un hueso), a fin de que de ese límite brote su negación y se abra paso la negatividad.

(5) Es decir, no lo advierte, no se da cuenta. El énfasis es mío.