Macrocosmos y microcosmos, opus magnum y opus parvum en Giegerich

Fragmento de una clase dada por Enrique Eskenazi acerca del pensamiento de Wolfgang Giegerich. 2009. Transcripción Alejandro Bica.


“La vida del alma, la dimensión en la cual toman lugar los cambios lógicos o sintácticos, se olvida cuando se cae en el plano personal. Como también el proceso de individuación de Jung el psicoanálisis tiene su lugar (e importancia) sólo en la esfera privada, en el opus parvum, pero no tienen ninguna importancia fuera de éste contexto.” (Wolfgang Giegerich en Respuesta a las Respuestas de Mogenson, Miller, Beebe y Pulver.)

Giegerich es el primero de toda la corriente de psicología profunda, y posiblemente de todo el pensamiento psicológico desde los griegos hasta ahora, que rompe con la analogía macrocosmos-microcosmos. Para todos los otros psicólogos, el proceso del individuo es correspondiente al proceso de la cultura. Y ni hablar de Jung, que creía que el proceso de individuación personal salvaba al mundo, y que ser tú mismo te llevaba a “conectar” con el mundo a gran escala. En Jung lo individual y lo colectivo están unidos. Pero ya el mismo Freud, al hablar del mecanismo de la represión personal aludía a una fase cultural que es la rebelión contra el padre, que cada uno de nosotros ha de afrontar individualmente, es decir, el individuo vive en analogía con el proceso de la cultura y “la humanidad”.

Pero en Giegerich, por primera vez en el pensamiento psicológico, el proceso microcósmico no tiene nada que ver y deja intocado el proceso macrocósmico. Son dos cosas distintas. Claro que están ligadas, en el sentido de que el macrocosmos, -el alma, que ya no tiene nada que ver con el proceso subjetivo- necesita ser reconocida por la consciencia humana, porque si no, permanece desalmada, literalizada, ciega fuerza sin interioridad. Requiere que la consciencia humana reconozca que está identificada con los hechos, pero que no es los hechos, liberando al Mercurio atrapado en la materia. De la misma manera en que la conciencia individual, a pesar de que no tiene nada que ver con ello, tiene que reconocerse como “contenida”, “empotrada”, “insertada” en la sintaxis del -alma del- mundo que permite la semántica personal. Pero no es que mi proceso personal modifique o afecte en algo el proceso de la sintaxis lógica, ni que el proceso de esta sintaxis o vida lógica del “alma” equivalga al proceso personal; pero es cierto que el proceso exterior al individuo si no es reflejado interiormente permanece “sin alma”, y el proceso personal si no es coherente con este otro, permanece puro proyecto subjetivo y egoico. Por lo tanto, en lugar de ser idéntico el uno con el otro, la relación es urobórica, infinita y recursiva; no es que el uno y el otro sean lo mismo, sino que tienen que entrar en contacto siendo distintos y preservando la diferencia.

Para usar una imagen en analogía: una cosa es hablar de la estructura del edificio (Opus Magnum) y otra muy diferente es hablar de la decoración de una vivienda de ese edificio (Opus Parvum). Si bien los cambios estructurales afectan a las viviendas particulares, los cambios en estas viviendas dejan intacta la estructura del edificio.

En este sentido Giegerich escribe:

“En la modernidad se ha producido un corte fundamental en el alma. Ahora hay dos esferas lógicamente independientes, la de la vida personal/subjetiva/privada y la de la vida del alma, pública/(en cierto sentido) “objetiva”/oficial; la del tiempo libre y la del tiempo de trabajo; la de vacaciones y trabajo; la de fe y conocimiento. Esta distinción no es nueva; lo que es nuevo es que se ha solidificado en una ruptura y por lo tanto a formado dos sistemas mayormente independientes. En los tiempos pasados había una continuidad ininterrumpida entre ambas esferas, entre la fe individual y las necesidades espirituales que sin cortes se mezclaban con las verdades públicas y las verdades públicas cubrían mayormente las necesidades personales. Si uno quiere imaginar esta disociación, uno podría verla como una duplicación vertical de un nivel de la vida en dos, como la situación de dos pisos. El de “abajo” consiste en lo que solía ser el lado privado del anterior nivel de vida. Aquí el opus parvum del alma toma lugar. Lo que ocurre y nos compromete emocionalmente aquí es lógicamente “pasado”, “obsoleto”, “desconectado”: meramente semántico, porque es la incorporación lógica/psicológica de la conciencia previamente mítica y metafísica (o del mundo) como un todo en una nueva conciencia, como un momento meramente sublado dentro del último, que a su vez representa el “piso de arriba” de la vida psicológica, en el nivel en que hoy toma lugar el opus magnum del alma. En otras palabras, es el lugar donde hoy está la acción real del alma, donde ocurren aquellas decisiones y transformaciones que no son sólo semánticas, sino que afectan precisamente la lógica o la sintaxis de todo el modo de ser-en-el-mundo.”

“Cuando Pulver objeta que: “Aún hay después de todo un significado ... si bien no es el significado de la vida en el (antiguo) sentido mítico o religioso, es sin embargo el significado de una vida que los detalles de una historia de vida individual puede proporcionar” estoy completamente de su lado. Pero cuando atribuye a este significado en minúsculas una importancia más allá de la esfera privada o del tiempo de ocio, una importancia para el todo y como una respuesta a los problemas modernos como tales, entonces estoy en total desacuerdo. Porque esto significaría ignorar el estadio de las necesidades de nuestra existencia subjetiva, es decir, que se han precipitado lógicamente del todo, por así decirlo, como un sedimento mayormente desconectado de dónde está la acción real del alma. Esto significaría aferrarse a la creencia de que todavía hay un solo nivel o una sola historia de la vida. Pero ante la experiencia de la dualidad y la alienación de las dos dimensiones, la ficción de semejante unidad de la historia, la ficción de una importancia de significado subjetivo para el todo, sólo puede ser mantenida mediante una división moralista entre falsedad por aquí (la denuncia de nuestro mundo “materialista”, “cientificista”, “sin espíritu”) y los valores verdaderos por el otro lado (la importancia inflada de “no olvidar nuestra subjetividad”). El precio de esta estrategia, el de retener contra los hechos la unidad lógica a través de una división moralista en la que en el mundo de nuestras verdades públicas, el mundo del opus magnum (de la ciencia, del capitalismo, etc.) se ve desprovisto sistemáticamente de alma y arrojado a los lobos, ipso facto se ve condenado a convertirse en, y tener que permanecer en el mismo desierto que estos autores además deploran. Lapis in via ejectus, la piedra arrojada a las calles.” (Ibid.)

Lapis in via ejectus. Lo más valioso es lo que nadie valora. Cuando se quiere decir que hay una unidad entre lo interno y lo externo, entre lo colectivo y lo personal se cae en morales (un mundo malo, que no es como debería ser, etc.) y en un mundo (bueno) privado. Y esa unidad es mantenida a través de una escisión, que además hace del mundo, donde está el opus magnum algo despreciado y muerto, que es justamente lo que se critica. Pero se lo critica y se lo ve despreciado y muerto, porque el punto de partida que se toma, inadvertidamente es considerar que ese mundo colectivo carece de alma. Para Giegerich no hay tal unidad, hay dos planos completamente aceptados, el plano de la vida subjetiva, que se ha desgajado del otro, y se ha sedimentado, y trata de vivir como si lo otro no existiera, en el cual las pequeñas verdades individuales no afectan para nada lo que ocurre en el plano superior, y aquel plano superior, despreciado, negado, pero que determina los cambios históricos, y por lo tanto, como vive cada individuo a pesar de lo que piense. Y en el momento en que se reconoce como el campo dónde está el alma del mundo, deja de ser un campo que uno se lo arroja los lobos.

Es desde esta perspectiva (la relación entre "subjetivo" y "objetivo", entre "singular" y "universal" -categorías que ya Hegel plantea dialécticamente) que vale la pena recordar el artículo "El Universal Singular y la “irrelevantificación” de W. Giegerich”, como también su brillante artículo “El error básico de la psicología de la oposición entre “individual” y “colectivo”: reflexiones sobre el Magnum Opus del Alma hoy”.