El sentido común y el mundo invertido

Por Enrique Eskenazi.

Transcripción hecha por Alejando Bica de parte de una clase dada el día 28 de junio del 2010 en el curso Hegel y la Psico-Logía.


El sentido común es el pensamiento más ambiguo, el más lleno de errores, de apreciaciones falsas, de aparentes verdades que en cuando se analizan se desmontan, aparentemente quiere afirmar cosas pero no dice nada en absoluto, son como prejuicios generales que se han ido repitiendo y que no se sustentan. La misma ciencia muestra que lo que el sentido común cuenta no va a misa para nada. No vemos átomos y sin embargo la ciencia nos cuenta que la realidad material está formada por átomos. La ciencia y mucho más el pensamiento riguroso destruyen el sentido común.

El sentido común no es la fuente de ningún conocimiento. Es la fuente de la charla en los bares, es la fuente de la opinión cotidiana, que es tan falaz y tan poco sostenible como lo que opina un niño acerca de la vida. Son frases repetidas como monedas, con conceptos no definidos, que todo el mundo sabe lo que es pero que nadie sabe lo que es. Así todo el mundo puede hablar de “alma” y cada cual tener en su cabeza una idea totalmente distinta del otro de lo que sea el “alma”, y todos usan la palabra como moneda corriente pero no se sabe que se da a trueque por esa palabra, porque cuando le preguntas a alguien “¿qué quieres decir por alma?”, ni sabe lo que quiere decir. Hablar de lo que ni sabes lo que quiere decir es no decir nada. Por eso cuando se hurga un poquito se ve que es insustancial.

El esfuerzo por expresar un tema claramente tiene que ver con el parir el concepto, que es lo que lleva al conocimiento, que es lo que lleva a que eso que uno creía que era verdad desaparezca, porque al definir aparece una verdad mucho más clara que la que antes uno se creía, una verdad mucho más sustancial. El conocimiento es un proceso, nunca es una cosa inmediata. Las cosas inmediatas, justamente por ser inmediatas son indefinidas.

El mundo invertido de Hegel es justamente invertido respecto al sentido común, es lo opuesto de lo que nos cuenta el sentido común. El sentido común nos cuenta que esto tal como lo vemos es lo real, pero cuando empezamos a cuestionar qué es esto, resulta que esto se desintegra para que emerja otra cosa. En cuanto empieza todo ese proceso “entramos” en el reino invertido, que es el reino de la consciencia. Y no es que entremos, sino que empezamos a darnos cuenta que siempre hemos estado ahí pero no nos enterábamos.

Lo que siempre nos pasa (y pasa mucho en el sentido común) es que creemos que hablamos de cosas (por ejemplo de la naturaleza, de la realidad social, de la psique, etc., etc.) pero no sabemos de qué hablamos, porque en realidad de lo que hablamos, sin saberlo, es de ideas. “Naturaleza”, “sociedad”, “psique” son ideas. Y mientras menos definidas están esas ideas, más hablamos de vaguedades. El problema es que creemos que las cosas existen más allá de las ideas de las cosas, algo así como que hay un mundo por un lado, que existe independientemente ahí en sí, y por otro lado que estamos nosotros, que no estamos en el mundo, que hablamos del mundo, y lo que decimos tiene que parecerse a esa cosa que hay ahí. Esta es la idea más ingenua y más acrítica de lo que sea la realidad.

El lenguaje hace a la realidad. El lenguaje es el medio en el cual aparece el mundo. Sin lenguaje ni siquiera hay mundo.

Lo que llamamos cosas, no son más que ideas no reconocidas como ideas y que aparecen coaguladas como objetos reales; tal como los síntomas. Los síntomas son manifestaciones densas de algo muy distinto de lo que aparece. Cuando la idea no está elevada al plano de la idea aparece coagulada como circunstancia inevitable, fija, como realidad incuestionable. Pero lo incuestionable es la fijeza de la mente, que da por supuesto, sin que uno lo advierta, que eso está ahí, que eso es real y que eso es incuestionable.

Vivimos en medio de ideas pero no nos damos cuenta. Es lo mismo que decía Jung: vivimos en medio del alma pero no nos damos cuenta, y creemos que vivimos “ahí”, y “ahí” no hay nada más que una envoltura anímica, pero al no ser reconocida como anímica, aparece como opaca realidad impepinable. Ni siquiera sabríamos decir que quiere decir que algo sea real. Cuando tratamos de definir qué sea real nos enredamos en el mundo invertido, que es justamente la tarea del pensamiento, la tarea de llegar a lo real; salir de lo aparentemente real, de lo que aparece en un plano muy vago, muy dormido de consciencia como real, a lo que aparece como real para una consciencia que es consciente de sí misma y que por lo tanto la realidad que aparece ahí no tiene nada que ver con el sentido común, es el proceso del conocimiento o el proceso de la consciencia.

Comemos ideas, respiramos ideas, compramos ideas y vendemos ideas. Creemos que vendemos productos, pero lo único que hace que un producto sea consumible es la idea que lo anima (la gente de la publicidad lo sabe). Cuando uno va al mercado a comprar comida sana lo que uno no sabe es que lo que está comprando es la idea de lo que sea una alimentación sana. Da por supuesto que sabe lo que es alimentarse y da por supuesto que sabe lo que es salud. Cosas que se venden, se comercian, pero nunca se definen. La gente compra ideas de salud, compra ideas de felicidad, pero no sabe que son ideas. Compra objetos, y en su inconsciencia está convencido de que esos objetos son los substitutos de la salud, de la felicidad, o de la belleza, pero no son más que nociones, nociones que no se reconocen como nociones, que no están elevadas a la altura de las nociones, están coaguladas como objetos.

En “psicología” cuando el alma se identifica con el cerebro ahí tenemos un caso concreto de una idea identificada con un objeto natural. Esto no quiere decir que la investigación sobre el cerebro esté de más. Pero cuántas ideas no reconocidas como ideas rigen lo que se llama el ámbito de la investigación. Hegel tenía razón al considerar la ciencia como muy respetable pero muy limitada por ser un conocimiento exterior, un conocimiento que no es consciente de sí mismo, un conocimiento que incluye a la consciencia pero no la reconoce como tal. La ciencia es importante, pero despertar de la ilusión del positivismo científico es mucho más importante. Sin duda, una mente entrenada científicamente es mucho más lúcida que una mente ingenua, que se traga cualquier cosa que le cuenten, que se traga cosas como que “las mujeres son sentimentales y los hombres son mentales”. La mente ingenua se traga todo tipo de prejuicios. Las llamadas “verdades del corazón” no son verdades del corazón, son meras oscuridades no formuladas que uno siente como una imposición precisamente porque uno no las ha pensado (y pensarlas da mucho trabajo). Decir “corazón” es decir el pozo oscuro en donde no se ve nada. Elevar esa supuesta verdad del corazón a la luz de la idea comunicable es la labor del concepto.


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En el prólogo a la Fenomenología del Espíritu, Hegel escribe:

El buen sentido apela al sentimiento, su oráculo interior, rompiendo con cuantos no coinciden con él; no tiene más remedio que declarar que no tiene ya nada más que decir a quien no encuentre y sienta en sí mismo lo que encuentra y siente él: en otras palabras, pisotea la raíz de la humanidad. Pues la naturaleza de ésta reside en tender apremiantemente hacia el acuerdo con los otros y su existencia se halla solamente en la comunidad de las conciencias llevada a cabo. Y lo antihumano, lo animal, consiste en querer mantenerse en el terreno del sentimiento y comunicarse solamente por medio de éste.

La humanidad consiste en el tender apremiantemente hacia el acuerdo con los demás, que es lo universal. “¿Tu verdad? No, la verdad. ... La tuya, guárdetela” decía Antonio Machado. Mis verdades y tus verdades no son nada, si tú dices mi verdad es tal y yo digo que la mía es otra cosa, san se acabó, cada cual con la suya. ¿Dónde está el apremiante acuerdo que busca lo común? Esa es la raíz de la humanidad, esa es la raíz pisoteada por las intuiciones directas, por la apelación al sentimiento, al corazón, etc., etc. Con esto se quiere apaciguar toda búsqueda de la verdad, que es inherente, según Hegel, al espíritu.

Un hombre que maltrata a su mujer y que le pega hasta reventarla también sigue a su corazón. Cuidado con los que siguen al corazón, porque todo depende de qué haya en ese corazón. Si hubiera una razón se podría discutir. La razón tiende apremiantemente al acuerdo, por eso mismo es comunicable y compartible, por eso mismo se puede aprender del seguir la razón cuando se dan razones. Pero no se puede seguir el corazón del otro, ni el vientre del otro. Lo que hay en el corazón y lo que hay en el vientre es pura oscuridad, puro torpor instintivo. Los animales también tienen corazón, y también tienen sentimientos, y por eso mismo no tienen religión, ni psicología, ni filosofía, ni constituciones, ni ciencia, ni arte, ni nada de nada.

Todo lo que caracteriza al ser humano viene justamente en lo que no tiene de “natural”, en lo que tiene por haber nacido al ámbito del concepto. Por eso el ser humano -aunque no lo sepa- es primariamente un ser que habita en el mundo invertido, no en el mundo natural. Incluso cuando habla de “naturaleza” habla de una idea. “Hay que seguir a la naturaleza” dice. ¿Qué quieres decir con “naturaleza”? La palabra “naturaleza” quiere decir tantas cosas como ideologías haya. Para algunos es el retorno a la vida primaria, para otros es el conjunto de leyes físicas que determinan el comportamiento de la materia, para otros es el automatismo biológico, y para otros la voz de Dios. Quiere decir que cada uno de ellos está usando una idea distinta, y como vive bajo una idea distinta percibe mundos distintos; el mundo es lo que aparece a la idea, mientras más turbia la idea más turbio el mundo.


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En un pasaje de su profunda, compleja y voluminosa obra sobre Nietzsche, Martín Heidegger (Nietzsche, translated by David Farrell Krell, ed. Haper Collins, 1991) hace la siguiente observación (mi traducción):

“¿Cómo puede un pensamiento (una idea) poseer una fuerza determinante? “¡Ideas!” ¿Cómo cosas tan volátiles van a ser centro de gravedad? Por el contrario, ¿no es acaso determinante para el hombre justamente lo que se agolpa a su alrededor, sus circunstancias -por ejemplo, su alimento? Recordad la famosa frase de Feuerbach: “El hombre es lo que come”. ¿Y, junto con el alimento, no es acaso determinante la localidad [el ambiente]? Recordad las enseñanzas de los sociólogos clásicos ingleses y franceses respecto al milieu- que significa tanto la atmósfera general como el orden social. ¡Pero los “pensamientos” no, ni con la mejor voluntad!

A todo ésto Nietzsche respondería que es precisamente una cuestión de ideas, puesto que son las ideas las que determinan al hombre aún más que aquellas otras cosas; ellas solas le determinan con respecto a esos mismos alimentos, con respecto a su localidad, a su atmósfera y su orden social. En el “pensamiento” se hace la decisión respecto a si los hombre y las mujeres adoptarán y mantendrán precisamente estas circunstancias o si elegirán otras; si aún interpretarán las circunstancias escogidas de este modo o de este otro; si bajo este o aquel conjunto de condiciones pueden o no hacerse cargo de tales circunstancias. El hecho de que tales decisiones con frecuencia se desplomen en la irreflexión (carencia de pensamiento) no testimonia contra el dominio del pensamiento, sino a favor suyo. Tomado por sí mismo, el milieu no explica nada; no hay milieu en sí mismo. En este sentido Nietzsche escribe (en La Voluntad de Poder, 70; de los años 1885-86): “Contra la doctrina de la influencia del milieu y de las causas extrínsecas: la fuerza interior es infinitamente superior”. La más intrínseca de las “fuerzas interiores” son las ideas.” (ps. 22-23)

O, dicho de una manera aún más clara: la más interna de las fuerzas internas es el pensamiento, la Idea. Naturalmente, no se trata aquí de “mis pensamientos” o “tus pensamientos”, “mis ideas” o “tus ideas”, sino de LA IDEA (el Concepto viviente, diría Hegel) que se abre camino, aún a través de la pobreza o incluso de la ausencia de pensamientos -y no sólo se abre camino en el ser humano, o en la realidad colectiva, sino y sobre todo en el mundo mismo. Es a esta idea a lo que Wolfgang Giegerich llama “la vida lógica del alma”.

[Ver también: La fuerza del “pensamiento”: Berkeley, Heidegger & Giegerich.]


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Si la realidad, o lo que se manifiesta como la realidad está regida por la idea y uno ni siquiera ha podido reconocer esa idea, cuando uno quiere cambiar la realidad ¿qué es lo que uno quiere cambiar sin saberlo? Uno quiere cambiar una idea de realidad por otra idea de realidad, sólo que uno no lo sabe, y uno quiere ir con programas a salvar el mundo, cuando sus programas sólo sirven para salvar, supuestamente, su implícita idea de lo que el mundo es, y de su implícita y no discutible idea de lo que el mundo debería ser.

Hegel insistió en que la filosofía (el pensamiento riguroso) es el espíritu de la época expresado en conceptos, o el alma de su tiempo expresado plenamente en conceptos. La filosofía no puede crear nada, sólo puede revelar lo que hay, y por eso el esfuerzo de Hegel es comprender el mundo. ¿Cómo vamos a cambiarlo si ni siquiera sabemos lo que es? ¿Qué es el mundo? Esa es una pregunta que nadie se hace porque todos dan por supuesto que saben lo que es el mundo. Por supuesto que lo que da por supuesto es una vaguedad que no resiste la menor crítica.


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En “El Psicólogo como Predicador del Arrepentimiento y Evangelizador. Robert Romanyshyn acerca del Derretimiento del Hielo Polar Wolfgang Giegerich escribe:

“¿Quiénes somos nosotros para decir que sabemos lo que es bueno o malo para el alma [* alma en Giegerich es la estructura viviente en la realidad, no algo mío o algo tuyo]? ¿Tiene el alma que seguir nuestros ideales, nuestras ideas normativas de salud, de integridad, de unidad de lo masculino y lo femenino, y la conexión sentimental con el cuerpo y los sentidos? ¿Somos nosotros los que decretamos el programa que el alma debería seguir en su historia, o acaso no estamos más bien en el extremo receptor, y simplemente debiéramos tomar nota de cómo se ha desarrollado y se desarrolla históricamente de hecho el alma, a fin de seguirla a partir de ahí? Creo que debemos dejar que cada nuevo acontecimiento y cada manifestación del alma nos enseñe de nuevo qué significa “alma” [y fenómeno anímico]. Cadidad [eachness] en lugar de definiciones estándares preconcebidas.”

“No hay ninguna buena razón, excepto nuestra propia ingenuidad aniñada (que no es una buena razón), por la que el alma en ciertos puntos de su historia no tendría que volverse intencionadamente unilateral e insistir, por ejemplo, en abandonar la tierra, separarse de la naturaleza, vencer la carne y los sentidos o desterrar lo femenino [que son todas cosas que los junguianos o los new ages quieren recuperar]. ¿Por qué no tendría, en algunos momentos, que marginar ciertos aspectos? Es absurdo esperar que el alma siga nuestros principios modernos de corrección política. Toda esta insistencia en el curso equivocado de la historia sólo demuestra, citando a Jung, “la intensidad de nuestro prejuicio en contra del desarrollo actual, el cual queremos obstinadamente que sea como nosotros esperamos que sea. Nosotros decidimos, como si supiéramos”. (Letters 2, p. 591, a Read, 2 Sept. 1960, adaptada). ¿No nos enseñó ya Pseudo-Demócrito que “La naturaleza se regocija en la naturaleza. La naturaleza se somete a la naturaleza. La naturaleza gobierna sobre la naturaleza”, en otras palabras, que es inherente a la dinámica misma del alma negarse y superarse, de modo que este volverse contra sí es parte de su hacer-alma?”

“Cuando se habla acerca del alma, ¿queremos decir el alma como algo realmente real en éste nuestro mundo real, en tanto que dinámica posiblemente implacable y terrorífica que sigue su camino sin preocuparse por nuestros deseos humanos y que a veces nos pone en apuros inesperados e indeseados, el alma como espíritu mercurial dinámico en el desarrollo histórico efectivo –o tan sólo queremos decir un alma imaginada e ideal aparte, por encima y en contra del desarrollo real, como un segundo mundo, como un ideal del ego –el alma como agradable y dulce, moralmente buena, con los opuestos luz y oscuridad, masculino y femenino, mente y materia siempre perfectamente equilibrados en el maravilloso sentido pop de “totalidad”, de modo que cualquier desviación de esa totalidad sólo podría ser un error humano y, por ello, psicológicamente equivocado ([o como dice Hillman] sin alma)?”

“Porque al culpar un fenómeno real o un desarrollo del alma de ser malo, equivocado, unilateral, el ego logra salvar su propio ideal, sus ilusiones, su propio programa, su sistema de valores y sus categorías a fin de que no sean refutados y sublados por el desarrollo efectivo del alma e ipso facto elude el desafío psicológico del presente, la tarea psicológica con que lo confronta su propia localización histórica.”

“Como siempre fue, lo es hoy para nosotros: tenemos que ponernos a prueba en esta nueva situación. Hic Rhodus, hic salta. Es todo lo que hay. Lo demás es deseo ilusorio y especulación ilícita.”

“¿Qué ha de hacer un psicólogo –en tanto que es realmente el representante del punto de vista del alma– si el mundo empeora o mejora? El psicólogo sabe que no es un curador, el hacedor. Tan solo acompaña y “sirve” al proceso real. Sabe que si ha de haber una curación que merezca tal nombre tiene que venir del alma, ser el trabajo del alma misma.”

“Aunque el mismo Jung no siempre esté libre del impulso a salvar el mundo, sin embargo, expresó la actitud psicológica muy claramente cuando dijo, “deseamos ver el mundo tal como es y dejar las cosas en paz. No queremos cambiar nada. El mundo está bien tal como es.” (CW 18 § 278). El mundo está bien tal como es, incluso ante el derretimiento del hielo y otros posibles desastres. Esta afirmación sobre la bondad del mundo no es ni un signo de ceguera total hacia la enfermedad, la miseria, los peligros, todo lo que está mal en el mundo, ni un dogma religioso o una afirmación metafísica, sino simplemente una articulación del principio psicológico, psicoterapéutico, metodológico, así como ético, de dejar las cosas en paz, abstenerse de inmiscuirse en el proceso entrometiéndonos con nuestras normas morales, recetas, deseos o activismo. Así como el zapatero debe dedicarse a sus zapatos, el psicólogo debe dejar que el alma haga su propio trabajo, ya sea patologizando o curando una patología. Esa máxima de Jung aplicada también al trabajo en la consulta se destaca en su repetida narración de que cuando los pacientes angustiados le preguntaban qué tenían que hacer, él solía contestar que tampoco lo sabía y que lo único que podían hacer era mirar y atender los sueños. El psicólogo no es un arreglador de entuertos, ni un político, un técnico, un ingeniero social, ni un sanador ni salvador, un educador o un reformador, no es un bienhechor. Es sólo un “cuidadoso observador” y servidor a los productos y procesos del alma, sin un programa particular de salvación.”

“Sólo el ego quiere soluciones. Sólo el ego puede pensar que nosotros tenemos o debemos desarrollar rituales. Un psicólogo sabe que los verdaderos rituales tienen que venir del alma, de la psique objetiva, a fin de que sean en primer lugar rituales. Al igual que los dioses, los rituales no están hechos por nosotros, no son invenciones nuestras.”

“Sólo se puede llegar al alma si ya se está en ella, si se ha comenzado con ella, si se ha dejado atrás el ego.”