La "huida ante el pensamiento" y la pobreza de la psicología

Por Enrique Eskenazi
Barcelona, 17 Octubre 2008


Wolfgang Giegerich escribió:
“El pensamiento abstracto es lo que el alma de hoy necesita. Es el alma la que requiere más intelecto. El alma no necesita más sentimientos, emociones, trabajo corporal. Todo esto es aún material del ego” (La Vida Lógica del Alma).

Es así que David L. Miller, en su Introducción a “Dialectics and Analytical Psychology. The El Capitan Canyon Seminar” apunta:
“El problema entonces es el pensamiento inconsciente y lo que Heidegger llama die Flucht von dem Denken, la “huida ante el pensamiento”. La psicología hoy, también, está carente de ideas y participa inadvertidamente en esta “huida”. Psicológicamente esta huida indica un miedo inconsciente (lo que Freud llamaba Gendankenschreck, “miedo de pensar”), aún de la misma psicología” (1).

Hay una “huida del pensamiento” cuando se pretende hacer psicología hablando de “hemisferios cerebrales izquierdo y derecho”, o cuando se teoriza sobre “hombres” y “mujeres” -ya Giegerich apuntaba agudamente que “hombre y mujer no son conceptos psicológicos. Pertenecen a la biología, la antropología, la sociología, etc., mientras que la psicología es acerca del 'alma'”- cuando se parte de presuposiciones que no se someten a interiorización -es decir, a análisis psico-lógico-. Si la psicología es “la disciplina de la interioridad”, ¿cómo puede utilizar estas nociones tomadas a-críticamente de la antropología, de la sociología, de la física, de la química, o de una biología más que dudosa?

Hay una huída del pensamiento cuando se aceptan y se opera con ideas prefabricadas, material no examinado psicológicamente, y se hace de la psicología una extensión de cualquier otra “ciencia” o fuente de información, por no decir ideología. Entonces se transforma en una mera prolongación de la exterioridad (¡hablar de cerebro no es hacer psicología! Tampoco lo es hablar del género, de la raza, de la posición social, de la familia, de la infancia, y así sucesivamente); eso es un discurso que no entra en sí mismo (y por lo tanto no accede a interioridad alguna) y es incapaz de ponerse a prueba, de volverse recursivamente sobre su propia lógica. (2)

Cuando los sueños se toman como “hechos psíquicos” (y por tanto como fenómenos positivos) observables (¿por quién?) interpretables (¿por quién?) no hay aún dimensión psicológica (interiorización), al no entrar en la lógica misma de la interpretación y pretender en cambio “observar”, “explicar”, “interpretar” (desde “fuera” del sueño mismo, supuestamente que haya tal “fuera” y haya tal sujeto observador, también “fuera” del sueño) presuntos hechos, sin poner en juego (en cuestión) al observador, explicador, intérprete. Y, naturalmente, esos sueños son “interpretados” como advertencias para el ego, mensajes para el ego, modos de autoconocimiento (es decir: ego-conocimiento), modos de autorrealización (es decir, ego-realización). Es así que, como de costumbre, lo que pasa por psicología no atiende al alma, sino que sirve al ego y una pre-supuesta “realidad”, y queda prisionero de la fantasía de que lo anímico está al servicio del yo y de su “ganancia” , de su “provecho” para operar en la “realidad”. ¿Cómo puede esto no ser un síntoma -y alarmante, por cierto- de la miseria de la psicología? (3)

La Introducción de Miller sirve también como una introducción al pensamiento de Giegerich, y debiera leerse con atención. Recomiendo pensar y repensar sus afirmaciones, en especial cuando insiste en que “Como ha explicado Giegerich, el énfasis primario sobre la imagen puede inadvertidamente retener una escisión sujeto-objeto, es decir, la imagen o idea que yo tengo. Por el otro lado, una persona no tiene un pensamiento sin pensarlo. Si una persona “tiene” un pensamiento, es meramente una representación y no está realizado como tal pensamiento, esto es, reflexivamente. Si uno piensa un pensamiento, sujeto y objeto, consciencia y contenido son uno y lo mismo. Hay pensamiento a la vez tanto del lado del sujeto como del lado del objeto”.

Hay una huída ante el pensamiento cuando se afirman atrocidades tales como que “pensar y sentir son lo mismo” o, peor aún, “si se piensa, no se siente; si se siente, no se piensa”. Esta terrible simplificación, que utiliza el lenguaje (y, por ende, no puede evitar “pensar”, aunque lo haga “malamente”) y no se cuestiona a sí mismo, debiera contrastarse con la inteligente observación de Hegel en su Fenomenología del Espíritu, cuando apunta:

“...cuando discurre por el tranquilo cauce del sano sentido común, el filosofar natural produce, en el mejor de los casos, una retórica de verdades triviales. Y cuando se le echa en cara la insignificancia de estos resultados, nos asegura que el sentido y el contenido de ellos se hallan en su corazón y debieran hallarse también en el corazón de los demás, creyendo pronunciar algo inapelable al hablar de la inocencia del corazón, de la pureza de la conciencia y de otras cosas por el estilo, como sí contra ellas no hubiera nada que objetar ni nada que exigir. Pero lo importante no era dejar lo mejor recatado en el fondo del corazón, sino sacarlo de ese pozo a la luz del día. Hace ya largo tiempo que podían haberse ahorrado los esfuerzos de producir verdades últimas de esta clase, pues pueden encontrarse desde hace muchísimo tiempo en el catecismo, en los proverbios populares, etc. No resulta difícil captar tales verdades en lo que tienen de indeterminado o de torcido y, con frecuencia, revelar a su propia conciencia cabalmente las verdades opuestas. Y cuando esta conciencia trata de salir del embrollo en que se la ha metido, es para caer en un embrollo nuevo, diciendo tal vez que las cosas son, tal como está establecido, de tal o cual modo y que todo lo demás es puro sofisma; tópico éste a que suele recurrir el buen sentido en contra de la razón cultivada, a la manera como la ignorancia filosófica caracteriza de una vez por todas a la filosofía con el nombre de sueños de visionarios. El buen sentido apela al sentimiento, su oráculo interior, rompiendo con cuantos no coinciden con él; no tiene más remedio que declarar que no tiene ya nada más que decir a quien no encuentre y sienta en sí mismo lo que encuentra y siente él: en otras palabras, pisotea la raíz de la humanidad. Pues la naturaleza de ésta reside en tender apremiantemente hacia el acuerdo con los otros y su existencia se halla solamente en la comunidad de las conciencias llevada a cabo. Y lo antihumano, lo animal, consiste en querer mantenerse en el terreno del sentimiento y comunicarse solamente por medio de éste.”

Porque parece obvio que quien afirma “la unidad de pensamiento y sentimiento” debiera argumentar a fin de justificar semejante posición. Y argumentar, inevitablemente, implica no sólo el esfuerzo por definir (¿qué se entiende por “sentimiento” y por “pensamiento” en este contexto?) sino, y ante todo, la necesidad de apelar a razones, y el tener que atender al tema planteado. El trabajo del concepto -para usar la expresión de Hegel- aguarda, por tanto, indefectiblemente, a quien aspire a la verdad. E incluso la negación de la posibilidad de verdad requiere el trabajo del concepto. Cuando este esfuerzo se elude, bien puede hablarse de “la huida ante el pensamiento”.

En esta página, el tema del pensamiento ha sido recurrente. Cuando se intenta reducir la verdad de un argumento a un hecho o una función psicológica -la caída en el más burdo psicologismo que Husserl, entre otros, refutó hace ya tiempo- se está atropellando no sólo a la historia y al pensamiento, sino a la raíz misma de la humanidad. Indudablemente es más fácil evitar pensar la obra de Hegel (o la de cualquier gran pensador) y reducir su sistema a “hechos psíquicos” para eludir así el encuentro con la verdad de sus ideas, que sostener un diálogo con lo pensado en ese pensamiento. Se acalla y se da de lado, de este modo, “el tema del pensamiento: aquello que el pensamiento piensa”, se extirpa de raíz su indisoluble relación con la verdad, y se lo transforma en otro caso más -uno entre tantos- para la “psicología” personalista. En este terrible juego reduccionista habita sibilinamente, sin embargo, un pensamiento no expresado, una idea que avanza silenciosa e implacablemente: la manipulación tecnológica (igualadora, aplanadora, niveladora) que hace de todo un “dato”, un “hecho” (el pensamiento como “función psíquica”, las ideas como “hechos psicológicos”), al lado de otros “hechos” y del mismo “valor” que cualquiera, en tanto que un “hecho” más entre tantos otros. El miedo al pensamiento. El miedo a la verdad.


Notas

(1) David L. Miller también escribió (mi traducción):
“A lo largo de los años he intentado aliarme con James Hillman, Ed Casey, Robert Sardello, Wolfgang Giegerich, Paul Kugler y otros, en una mafia de la mente, convocando una terapia de las ideas (en los dos sentidos de la frase); no sólo en el sentido de que pensar es terapéutico; eso también, pero además en el sentido en que Hillman insistía en su “Reimaginar la psicología” ya en 1972, o sea, que “la terapia tiene una trabajo importante que hacer con las ideas, como lo tiene con los síntomas y los sentimientos”. Necesitamos también una terapia de la mente. ¿No llamó Freud a la terapia Nacherziehung, re-educación o después-de-la-educación, es decir, post-educación? Y Jung en su artículo no publicado para la Unesco dijo que más que terapeutas, lo que necesitamos son maestros.
La razón para ésto debiera haber sido sentida por todos nosotros. Jung lo puso de esta manera hace mucho tiempo: “Es verdad que las... ideas nunca son propiedad personal de su así llamado autor; por el contrario, la persona es el siervo de las ideas... La persona no hace las ideas; podríamos decir que las ideas de una persona hacen a la persona” (Obras Completas IV, 769). Las ideas no están en nosotros; nosotros estamos en las ideas. “Siempre estamos en el abrazo de una idea”, escribió Hillman en “Reimaginar la psicología”. Las ideas son autónomas, tienen su propia vida, y nosotros, pensadores todos, sabiéndolo o sin saberlo e inadvertidamente, caminamos entre ellas, como en una nube de desconocimiento. El desconocimiento es peligroso... Las ideas pueden ser peligrosas para la salud del alma y la política del cuerpo. Padecemos las ideas, individual y colectivamente.
Las ideas son como los gases inertes. No son aire cálido, pero son cruciales para la vida, y tan difíciles de cribar, de volver evidentes, aunque se combinen con otros aspectos de la vida, haciendo posible la vida; parecen ajenos, ocultos, nuevos e inactivos, cuando de hecho están tan cerca de nosotros como nuestras yugulares, antiguos como las colinas, y hacen activo nuestro mismo ser.
“Albergar ideas”, como dice Hillman, no es más fácil que descubrir los gases inertes y nobles y raros. La terapia de las ideas es afín al prístino significado de therapeia, es decir, “atender”... Las ideas no son cosas, pero afectan y efectúan todo. Esto es, por supuesto, también una idea, así como una experiencia incorporada; y es la idea opuesta a esa América anti-intelectual que Hofstadter mapeó tan cuidadosamente hace unos años, un anti-intelectualismo no sólo ligado al Junguianismo y otras espiritualidades del salud-mentalismo, sino también y especialmente a una herencia culturalmente cristiana, pietista y puritana.
Como dijo Hillman, “Una idea perdurable, como un buen poema o un personaje fuerte en una película o una novela, continúa afectando tu vida práctica sin haber sido nunca puesta allí. Las ideas que viven, viven en nosotros y a través nuestro en el mundo. Las ideas viables tienen su propio calor innato, su propia vitalidad. También son cosas vivientes” (Cien años de psicoanálisis). “Una psique con pocas ideas psicológicas es fácilmente una víctima”. “La discusión de ideas en terapia no es necesariamente una defensa contra la emoción, sino lo preliminar para la emoción y su portadora” (en Reimaginar la psicología).
Wolfgang Giegerich ha ido más allá. “No es suficiente”, dijo en Spring 1987 “proponer las ideas 'correctas'... proclamar el unus mundus, el anima mundi... Pues estas ideas 'correctas' están ubicadas en un mundo cuya lógica permanece inmodificada. Aún peor, en estas mismas ideas 'correctas' está investida la vieja lógica, e inadvertidamente perpetúan lo mismo que pretenden curar”. “Ya no es necesario evitar las grandes palabras y los así llamados conceptos abstractos. Porque ahora nos damos cuenta que como personas modernas pensamos de todos modos en esas grandes palabras, así que es mucho mejor tratar de hacer un buen trabajo con ello que esperar evadirlas” (Spring 1988). Eso es lo que quiero decir por la terapia de las ideas.
Además, pensar es una alegría, entre otras cosas, un culatazo erótico y estético. Jouisssance, tal como dijo Roland Barthes, siguiendo a Julia Kristeva, en su libro “El placer del texto”, que también es un texto de placer, placer sexual incorporado; jouissance, en verdad. ¿No fue aquella bella pensadora, Raquel Welch, quien dijo: “La mente es también una zona erógena”?”

(2) Más peligroso e insensato aún es apelar al "sano sentido común”, que no es sino un amasijo de pre-concepciones, imágenes confusas, intuiciones borrosas, ambigüedades y prejuicios. Es por ello que Giegerich insistió en que “La conciencia común desarrolló sus estructuras de pensamiento y sus modos de pensar a partir de su experiencia en y con el mundo fenoménico. Las cosas u objetos visibles y tangibles, la gente y sus comportamientos e interacciones, los procesos naturales (el fluir del agua, el viento, incendios, terremotos, etc.), las organizaciones sociales de la sociedad, la experiencia interior o emociones, pasiones, intuiciones, impulsos, intenciones, etc., eran el marco de referencia para todo pensamiento sobre cualquier cosa en la vida. El pensamiento era básicamente pensamiento pictórico modelado según lo que parecían mostrar la percepción y la intuición sensorial (Anschauung). El pensamiento no había vuelto a casa sobre su propio fundamento. Los modelos básicos de pensamiento se adquirieron durante las eras en que el hombre era cazador y agricultor, en otras palabras, hasta hace aproximadamente doscientos años atrás.Pero ahora vivimos en un nivel de realidad abstracto, totalmente diferente. Aún cuando las fuerzas de la naturaleza siguen ahí, sin embargo el nivel en que vivimos ha superado el nivel de las cosas y procesos naturales, el nivel de lo que puede ser percibido e imaginado en términos de percepción e intuición sensorial. Pero en este nuevo nivel abstracto todavía nos acercamos a la vida con las viejas categorías. Para tomar un ejemplo simple, la guerra. La palabra y la idea “guerra” se desarrollaron en un tiempo en que la lucha todavía se hacía hombre a hombre, con espadas, cuchillos, lanzas o flechas. Ahora tenemos guerras con misiles de larga distancia, con vigilancia asistida por satélite y modernos sistemas de telecomunicaciones, con armas basadas en la tecnología del láser, el radar y los ordenadores, y con todo el potencial del poder nuclear. Este es un fenómeno totalmente diferente, algo absolutamente nuevo e incomparable, pero todavía usamos para ello la misma palabra, guerra. Este es sólo un pequeño ejemplo que muestra hasta qué punto nuestra conciencia y nuestra lógica están retrasadas por detrás de lo que ha estado ocurriendo. La palabra “guerra” es una equivocación que cubre el golfo que separa la antigua situación “familiar” de lucha, de la situación radicalmente nueva y abstracta de lucha. Hace mucho que la vida se ha movido del nivel en el cual una vez tomó lugar, y ahora ocurre en un nivel fundamentalmente “superior” (o “más profundo”) mucho más abstracto. El objetivo de la equivocación es eximirnos de tener que advertir, en el pleno sentido de la palabra, que estamos confrontados con fenómenos verdaderamente novedosos, que requiere nuevos enfoques psicológicos.” (El cómo del discurso psicológico) . Y en el mismo artículo añade: “Lo que intelectualmente es tan fácil que puede ser entendido inmediatamente, ya no puede ser más verdad. Psicológicamente es prescindible, trivial, insignificante. El alma sólo puede habitar verdaderamente este mundo si ello, es decir, si nuestra conciencia, aprende a equipararse en su forma lógica al nivel de la complejidad intelectual aplicada en nuestro mundo real y en la organización social de la vida”.
Es sin embargo lamentable comprobar que muchos psicólogos aún siguen empleando la jerga de sentido común con su confusión y su falta de precisión, por no decir su mediocridad intelectual y su total carencia de rigor. Una aguda descripción de las limitaciones del sentido común se encuentra en la Fenomenología, de Hegel.

(3) Ya Hillman distinguió entre la dimensión del ego empírico y sus preocupaciones, y la dimensión del daimon, denominando “diferencia psicológica” a la que existe entre ambos planos, por analogía con lo que Heidegger llamó “la diferencia ontológica”, es decir: la diferencia entre el plano del ser y el plano del ente. Así como el ser no es un ente entre los entes, ni puede reducirse a ente -ni siquiera al “más perfecto entre los entes”, el Self no es conmensurable con el “yo”. A la confusión entre estas dimensiones la llamó “la falacia psicológica”. Se incurre en esta falacia cuando se supone que entre el ego y el daimon (o Self) no media un cambio de dimensión, y se los coloca lado a lado, como suele ser usual en la psicología junguiana “oficial”, donde se llega hablar incluso del intento de “unir” o “integrar” o “poner en contacto” ego y Self. Con ello se hace del Self o del daimon una propiedad del ego: “mi” daimon, “mi” Self. “Llegar a ser sí mismo (Self)” es una absurda fabulación egoica. Giegerich profundizó esta diferencia, especialmente en un capítulo de su “La Vida Lógica del Alma” titulado “El quién del discurso psicológico. Allí precisaba que toda necesidad de "validación", "afirmación" o "preocupación por satisfacer las demandas del yo” con su aspiración a un sentido, a un centro, al bienestar o a lo que sea, constituye en sí la puerta automáticamente cerrada que impide todo acceso al conocimiento psico-lógico. Tal supuesta psicología no es más que un asunto de “intereses” más o menos disfrazados. En esto retomaba el enunciado de Hegel de que “la filosofía debe guardarse de ser edificante”. Sin embargo, y consistentemente con el olvido de la aspiración a la verdad, la psicología hoy se ve plagada de fórmulas, recetarios, técnicas, propuestas y buenas intenciones (nosotros hemos inventado la felicidad, ver más abajo) enteramente dirigidas al plano del ego. La “diferencia psicológica” es obviada y en ese mismo descuido la psicología pierde su logos (razón, discurso, pensamiento) para volverse un artículo más de consumo y cultivo personal u otra forma de ideología, con su postulación de “ideales” y actitud defensiva ante estos, y su pre-suposición de que ya “es sabido” lo que sea “la realidad” (y que, por lo general, no es además una realidad psicológica). La misma psicología profunda se mezcla así con esa ola de “terapias” y “rituales” dudosos como la Gestalt, las Constelaciones Familiares y otras formas notables y manifiestas de “huida ante el pensamiento”.
A ésto aludía Nietzsche en su “Así hablaba Zaratustra” cuando, refiriéndose a los últimos de los hombres, escribió:
“La tierra se ha vuelto pequeña entonces, y sobre ella da saltos el último hombre, que todo lo empequeñece. Su estirpe es indestructible, como el pulgón; el último hombre es el que más tiempo vive. “Nosotros hemos inventado la felicidad” - dicen los últimos hombres, y parpadean. Enfermar y desconfiar considéranlo pecaminoso: la gente camina con cuidado. ¡Un tonto es quien sigue tropezando con piedras o con hombres! Un poco de veneno de vez en cuando: eso produce sueños agradables. Y mucho veneno al final, para tener un morir agradable..“En otro tiempo todo el mundo desvariaba” - dicen los más sutiles, y parpadean. Hoy la gente es inteligente y sabe todo lo que ha ocurrido: así no acaba nunca de burlarse. La gente continúa discutiendo, mas pronto se reconcilia - de lo contrario, ello estropea el estómago. La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche: pero honra la salud. “Nosotros hemos inventado la felicidad” - dicen los últimos hombres, y parpadean.”